Cristina Pizarro

Entrevista:

UNA BÚSQUEDA DE LO PRIMORDIAL
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Cristina Pizarro

Gente de Letras, Argentina

Cristina Pizarro: ¿Cómo se fue gestando en usted la celebración por la esencialidad de la palabra? ¿Recuerda alguna vinculación con los sonidos de la naturaleza, el rumor de los paisajes, los murmullos de las personas?
Rubén Vela: Nací en el campo de la provincia de Santa Fe en 1928, en épocas en que casi todas las tareas de siembra, cosecha y recolección, se hacían a mano. Por un lado, mi madre era hija de un hombre de campo santafesino, que me enseñó a trabajar con el arado, con los caballos, con los animales. Yo aprendí , desde pequeño, a las cinco y media de la mañana a buscar a caballo, las vacas que venían para el ordeñe. Me asombraba en ese entonces la naturaleza que despertaba, el sol que comenzaba a elevarse, dibujando luces y sombras en los campos, llenándose ese intenso silencio de ruidos diversos. Todo eso fue formando dentro de mí algo vivo que no abandoné.
Mi abuelo pensaba que yo iba a ser el continuador de esa vida bucólica, esa vida ordenada del campo que dependía de la naturaleza. Me enseñó a arar, a sembrar, a manejar el arado. Por ser el más pequeño, estaba encargado de buscar las vacas en los corrales para el ordeñe a las seis de la mañana y a los siete años ya salía montado en un petiso galopando por la pampa inmensa, viendo el contraste del amanecer sobre los campos santafesinos, que se transformaba lentamente en luces y sombras maravillosas. Para mí era un goce profundo, contemplar las transformaciones del paisaje que se producía todos los días, salir en plena oscuridad de la madrugada y encontrarme de golpe con la aurora que iba tiñendo de colores el universo. Entonces comenzaban los cantos de los pájaros, los silbidos de las perdices voladoras, el ladrido de los perros. Era una vida que me fascinaba, y yo me sentía inmerso en ella. Fue allí donde adquirí el sentido de libertad ante la vida y asombro ante las cosas. Mi padre era un afamado tenor de ópera que cantó en el teatro Colón, en los EE.UU., en Italia y otros tantos países de Europa y América.
En el comienzo de mi adolescencia comencé a vivir la vida de ciudad. Habitábamos en una casa de estilo italiano de cuyas paredes colgaban las fotografías de los más grandes músicos y cantantes de la época.
Recuerdo fotos de mi padre vestido de general egipcio en la ópera Aída, el Duque de Mantua en Rigoletto, como soldado romano para Norma o como el desesperado José de Carmen. Tuve entonces que afrontar las dos realidades que gobernaban mi vida: la vida bucólica del campo a través de la figura de mi abuelo y la vida cambiante y mágica de mi padre. Pero era muy difícil para mí vivir en la ciudad. Extrañaba la libertad que me proporcionaba el campo de Santa Fe, en donde encontraba vestigios de culturas de otras épocas, de una América desconocida. Pero todo eso me llevaba la mitad de mi ser, la otra mitad era la libertad, era andar vagando por los campos de Santa Fe, encima de un caballo, por las tardes y anocheceres, donde el sol se ponía, al hallar puntas de flechas y fragmentos de vasijas de indios que habían vivido en esa zona. Todo eso me llevó a una vida muy compleja y muy enriquecedora, donde lo barroco se daba sin sobresaltos con la búsqueda de la síntesis del misterio de la palabra única.
Yo buscaba el valor de una sola palabra para definir mi universo barroco. Una palabra sola, exacta, transparente como el cristal de roca. Por eso escribí en uno de mis primeros poemas:

“La palabra / siempre temerosa / del vestido de gala / sobre su desnudez magnífica”.

Siempre experimenté la sensación de que con la poesía y las palabras pasaba algo con las matemáticas, porque en el poema cada palabra tiene que estar acomodada en el lugar exacto porque sino el poema no está terminado.

C.P.: ¿Cómo surge el sentimiento, pasión amalgamiento con la tierra? ¿Como van apareciendo las huellas que fueron forjando la dimensión social del hombre de América?
R.V.: Mi amor por la tierra, mi curiosidad por la existencia de tribus que habían residido en la zona me llevaron a pensar en un mundo misterioso, lleno de fantasmas y de hechicerías. Una de las razones por las cuales estudié Antropología con el gran profesor Ibarra Grasso en el Museo Arqueológico de la Universidad de Cochabamba fue esa curiosidad que siempre tuve por saber cómo era la América que habían contemplado y vivido los pueblos de la América precolombina. Estudié las grandes civilizaciones andinas ,comencé a volcar mis sensaciones en poemas que trataban de apresar raíces íntimas de la vieja madre América.
Recuerdo una frase de mis maestro Mircea Eliade, que escuché en un curso sobre Historia de las religiones, dado en España. Decía Mircea Eliade: "Todo fragmento significativo repite el todo ". Entonces pensé que no era necesario escribir el gran poema que pretendiera abarcar la totalidad de América, cosa imposible por otra parte, pero en cambio intuí que con pequeños poemas a través de una síntesis muy elaborada podía juntarlos como las barajas de un naipe, mezclarlos en un quehacer aleatorio y convertir el mismo poema, en poemas diferentes.
Así a partir de pequeñas impresiones, llegaba a un poema de constante crecimiento como un árbol que cambiaba de apariencia según la ubicación de sus hojas. De ese modo, el pequeño poema siempre quedaba intacto, lo que cambiaba era su relativa posición dentro del poema mayor. Poemas aleatorios con gran poder de síntesis como tratando de llegar a lo esencial. Alguna vez lo lograba, otras, no. Pero ese ha sido mi propósito y mi modo de entender la poesía. Una poesía que se reconstituye a través de sí misma.

C.P.: Señor Rubén Vela, ¿de qué forma usted se fue iniciando en la escritura de la poesía de manera más sistemática, se acercó a algún grupo literario que estaba próximo a sus posibilidades?
R.V.: La poesía siempre me entusiasmó, fue para mí una forma de vida. Desde pequeño leía poemas, comentados por mi madre, que tenía una muy buena colección de Rubén Darío y Amado Nervo. Ella desde pequeño me leía poemas. Y siempre a mí me llamó la atención ese lenguaje tan especial, tan necesario que era la poesía.
En el colegio secundario, ya en Buenos Aires, conocí a Horacio Jorge de Becco que formaba parte de la revista colegial, allá en 1944. Después hice títeres con Mané Bernardo en 1948.
Cuando me tocó el servicio militar en 1949 comencé a escribir mis primeros poemas bajo la influencia de Walt Whitman y Novalis; Walt Whitman me maravilló y Novalis me entusiasmó porque eran los dos costados de mi ser: el ser barroco de W.W. y el ser casi filosófico de Novalis.
En 1953, unos amigos de mi padre, Luis Seone y Arturo Cuadrado, me sugirieron publicar mi primer libro Introducción a los días.
Y una vez publicado, mandé el libro a Raúl Gustavo Aguirre que era el director del grupo de Poesía Buenos Aires, que había comenzado en el 50 quien me mandó una carta muy conceptuosa invitándome a participar en el grupo Poesía de Buenos Aires. Eso fue para mí lo que define toda mi poesía posterior, lo más importante que me sucedió en poesía este contacto con Raúl Gustavo Aguirre, integrarme al Grupo de Poesía Buenos Aires, uno de los grupos de vanguardia más importantes de Argentina que trasciende las barreras del país y se extiende por toda la poesía nueva de América Latina.
Según Julio César Forcat, que hace tan buen estudio sobre mi poesía en mi libro Poesía y libertad un estudio que yo considero de gran importancia para entender la concepción de mi poesía, la preocupación
fundamental de los poetas de esta corriente literaria fue la búsqueda de la pureza y la perfección en la construcción de la imagen poética. Además señala que "Rubén Vela nunca abandonó el cultivo de la perfección forma, que constituía el postulado central de los poetas de la así llamada "generación de 1950", pero desarrolló en su poesía los siguientes rasgos distintivos:

1. La concepción de la poesía como instrumento de conocimiento y liberación.
2. La permanente reflexión sobre la palabra poética y la autoconciencia de la escritura.
3. La expresión poética extraordinariamente sintética y precisa.
4. La incorporación de la cosmovisión de las comunidades primordiales a la poesía.

C.P.: Además de sentirse poeta, ¿qué representa para usted el ejercicio de la poesía?
R.V.: Para mí algo vital. No concibo vivir sin poesía. No sé si la poesía constituye un ejercicio literario, pero sí sé que en lo referido a mi persona se trata de algo que lo llevo dentro de mí como la respiración.


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