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| La intensa concentración del lenguaje poético en la obra de Rubén Vela |
| Publicado en Vela, Rubén; Poesía y Libertad, Estudio crítico y selección de poemas a cargo de Julio César Forcat, Colección Poiesis, Buenos Aires, Ed. Almagesto, 1996. |
I- Rubén Vela y el movimiento «Poesía Buenos Aires»
Rubén Vela nació en la ciudad de Santa Fe, Argentina, en 1928 y perteneció al prestigioso movimiento literario que se congregó en torno a la revista Poesía Buenos Aires que dirigió el poeta Raúl Gustavo Aguirre (1927-1983). La preocupación fundamental de los poetas de esta corriente literaria fue la búsqueda de la pureza y la perfección en la construcción de la imagen poética. Rubén Vela nunca abandonó el cultivo de la perfección formal, que constituía el postulado central de los poetas de la así llamada «generación de 1950», pero desarrolló en su poesía los siguientes rasgos distintivos:
1- La concepción de la poesía como instrumento de conocimiento y liberación.
2- La permanente reflexión sobre la palabra poética y la autoconciencia de la escritura.
3- La expresión poética extraordinariamente sintética y precisa.
4- La incorporación de la cosmovisión de las comunidades primordiales (sobre todo la indoamericana antigua) a la poesía.
La poesía de Vela es conocimiento a través de la palabra poética. Es un conocimiento intelectual, pero más elevado que la emoción o la reflexión filosófica. Al respecto escribió Leopoldo Marechal:
«Rubén Vela está entre los pocos que hoy
reivindican para la poesía el derecho y el
deber de regresar al intelecto, hurtándose
a las exclamaciones líricas de la mera
sentimentalidad. Vela trabaja con el concep-
to poético, que no es el concepto filosófico,
sino que apunta más alto en una sabrosa
aproximación de la verdad, virtud excelsa
de la poesía que nunca le faltó en sus
mejores estaciones.» (Citado por Bella
Jozef, Universidad de Río de Janeiro, en:
«Maneras de luchar», de Rubén Vela, p. 356).
Tanto Rubén Vela como el principal teórico del grupo Poesía Buenos Aires, Raúl Gustavo Aguirre, coinciden en afirmar que el poeta «busca la verdad como el hombre de ciencia, pero no la verdad como 'adecuación del intelecto con la cosa', sino la verdad de la palabra, lo que los cristianos denominan la Revelación o, mejor aún, la Develación». (Raúl Gustavo Aguirre en Carta a Julío Forcat, Buenos Aires, 9 de abril de 1980.)
Tanto Vela como Aguirre superaron los aspectos exteriores y superficiales del surrealismo y rechazaron en consecuencia la técnica de composición automática dictada por el subconsciente. En el poema «Maneras de luchar», Vela niega que se puedan crear poemas sin
un arduo trabajo artesanal:
«Que no me digan / que escriben simple-
mente, / que dicen el poema / sin pensarlo
siquiera. / Que él nace porque sí. / Es un
arduo trabajo, / un oficio de herreros, / un
hacer proletario. / Un cansancio que
continuará mañana. / Que no me digan / que
se hacen poemas sin sudores, / sin una larga
y violenta jornada de trabajo. / Tengo las
manos como las de un labriego, / duras,
gastadas, llenas de poemas.»
También Aguirre (Carta a Julio Forcat, 9 de abril de 1980) rechaza los aspectos superficiales del surrealismo:
«Es verdad que la poesía contemporánea
(extraviada en esto como todo el siglo) ha
tanteado sombras y espejismos y, a menudo
(salvo contadísimas excepciones) prefirió la
exterioridad formal a la experiencia, no
digamos religiosa, sino por lo menos
espiritual. Es verdad que, en su extravío, ha
exaltado la destrucción y la muerte (los
suicidios, o casi, de Dylan Thomas, Silvia
Plath, Anne Sexton, por ejemplo, y - en
nuestro país - el de Alejandra Pizarnik) y - lo
que es Peor - ha mezclado experiencias
raigales y serias con bufonadas y superficia-
lidades, como ocurrió dentro del surrea-
lismo.»
En dos de los representantes más conspicuos del movimiento Poesía Buenos Aires, Vela y Aguirre, se expresa un surrealismo dialéctico en el cual lo real se halla entrelazado con lo irreal, lo racional con lo irracional, lo terrenal con lo sobrenatural. La idea de la participación simultánea en dos mundos, uno sensible, representable de modo naturalista, y otro visionario, al que se alude con medios sensibles, conduce a la concepción de un arte que es a la vez realista y suprarrealista, es decir «surrealista» (Arnold Hauser: Elmanierismo, Madrid 1965, p. 393-403). En los libros iniciales de Vela, Introducción a los días y Verano, se manifiesta un tipo de surrealismo en el cual se vuelve evidente la inseparabilidad de experiencia y visión, de conocimiento e intuición, de contenidos psicológicos racionales e irracionales.
II- La intensa concentración del lenguaje poético en la obra de Vela
Los libros iniciales de Rubén Vela demuestran la asimilación de un surrealismo plenamente consciente del carácter contradictorio y paradójico de la realidad. Con posterioridad a la etapa «surrealista», Vela evoluciona hacia formas en las que predomina la intensa concentración del lenguaje poético. Se trata de un tipo de poesía muy sintética y precisa que difícilmente tiene parangón en la poesía argentina, si bien es posible encontrar un antecedente en los «haikus» del guatemalteco Flavio Herrera y del mexicano Juan José Tablada. Los poemas breves de Vela representan una variedad original del aforismo. Desde Heráclito hasta hoy, bajo este nombre se agruparon diversas formas literarias breves de contenido filosófico, poético, ético, etc. Vela formula frecuentemente en sus poemas la exigencia de una expresión poética precisa y sintética. Así, por ejemplo, en «Envío» postula incluso la preeminencia de la «palabra exacta», del «ademán preciso» sobre el poema, entendido aquí seguramente como mera manifestación formal de un género literario no siempre orientado a la conquista del conocimiento:
«Hijo mío, hijo mío, / quise darte / la palabra
exacta / el ademán preciso / sólo te di el
poema/ la mitad del mundo. / ¿Cómo me
perdonarás?»
En «La palabra en armas», IV, declara:
«Ver / la palabra / pesarla / calibrarla
irritarla / violarla. / La palabra desnuda.»
Y en el número V del mismo poema se remonta al origen sin principio de la palabra:
«... La palabra / como un hueso anterior a la
lengua / como una sed anterior al agua/ como
una sal como un sol / anterior a la especie.»
En el poema «Arte poética» de su obra Maneras de luchar escribe:
«El poeta que busca la palabra exacta. / El
poeta que busca la palabra justa./ El poeta
que busca la palabra precisa. / ... »
Vela comparte con Aguirre la preocupación por el hallazgo de la palabra justa, búsqueda que conduce necesariamente a la creación de un lenguaje específicamente poético. Al respecto escribe Aguirre (en Carta a Julio Forcat del 30 de noviembre de 1979):
«En poesía, creo, pero lo creo firmemente, que no sólo importa la expresión, sino también lo expresado. Yo diría que la expresión importa por cuanto es la única manera posible de expresar lo expresado, de allí la importancia de las vías abiertas por la poesía moderna (= antigua) a un lenguaje específicamente poético, que a su vez es el único que permite expresar lo que clásicos y románticos presentían, pero tenían como 'inexpresable'.
En Nota sobre el expresionismo escribe el mismo Aguirre:
También el lenguaje sufrió las consiguientes transformaciones: la búsqueda del significado esencial de las palabras derivó en el sentido de la síntesis, de la economía de la expresión, en la ausencia de los nexos lógicos; en la depuración y afinación, en suma, del lenguaje poético, para convertirlo en instrumento de una función no descriptiva». (página 5)
El carácter extraordinariamente sintético de la expresión poética de Vela es el resultado del cultivo de diversos medios estilísticos. Uno de los más importantes es el empleo de la expresión nominal, que evita la forma conjugada del verbo y presenta al substantivo aislado. Se realza así el substantivo y su significado supera los límites que le son asignados normalmente. Esta manera de composición responde a la intención del autor de restituir a la palabra su carácter primigenio y renovar el acto del lenguaje. Ejemplos:
«El pájaro del verano / en el árbol del sol. /
Su memoria de fuego en el espacio.»
(«Pájaros»)
«Pájaro sobre piedra. / El nacimiento de
América.» («Pájaros»)
«La grieta, el aire; otra / herida con su mismo
nombre: / América.» («Tiwanaku para
recordar»)
«América mujer total, / alimento y alojo / del
hombre.» («A Gambartes, In memoriam»)
«Y su amante furioso, el jaguar de esme-
raldas, que abre sus ojos en la noche.»
(«América»)
Vela emplea con frecuencia el gerundio en sus composiciones breves y mantiene así la forma nominal, ya que el gerundio cumple sólo una función adverbial. Ejemplo:
«Un ropaje de incendios / festejando / el
comienzo del maíz ... » («América»)
Otras veces Vela utiliza el infinitivo para evitar el uso de la forma conjugada del verbo y mantener la sintética construcción nominal. Recordemos que el infinitivo es un derivado verbal substantivo. Ejemplo:
«Incendiarse / en / la / palabra /. Crecer / en /
libertad.» («Arte poética»)
En otras ocasiones Vela emplea el verbo ser, verbo substantivo que afirma del sujeto lo que significa el atributo, para construir poemas de una extremada brevedad. En estos poemas todo el significado recae en un substantivo, el cual, al carecer de una determinación precisa y al formar parte de frases telegráficas, produce una notable ampliación de su campo semántico. Ejemplo:
«Mi palabra es el maíz. / Mi alimento es la
papa helada.» («América»)
En el texto precedente es la voz de América la que habla, y declara que su palabra, es decir toda la cultura indoamericana, puede ser simbolizada por el maíz. Si investigamos esta aseveración, llegamos a la conclusión de que es rigurosamente cierta. Toda la cultura maya se basa en el maíz, aseguran los etnólogos y comprueban que esto no ha cambiado hasta la actualidad. El maíz es una importante divinidad del panteón maya. Su nombre es Yum Kaax. El signo kan, de la escritura jeroglífica maya, representa al maíz. De este modo se demuestra que existe una conexión directa entre la palabra americana (el signo kan) y el maíz. El maíz fue la materia prima con la cual se creó la humanidad verdadera, según la antropogonia mayaquiché, como se refiere en el Popol Vuh. Entre los aztecas existía una diosa del maíz muy popular, cuyo nombre es Chicahuatzli, que significa dispensadora de fuerza. También en la cultura quechua de la costa, el maíz era considerado una divinidad y representado mediante una muñeca hecha de tallos de maíz (su nombre era saramama, que significa madre del maíz). Volviendo al contexto del poema, comprobamos por otra parte que el maíz podría asociarse con el aire, el sol, el calor y la sequedad, por la posición aérea de los frutos del maíz y por el color de sus semillas (rojo, amarillo, blanco, colores de la luz). Esta asociación surge espontáneamente por oposición a la situación subterránea y por ende oscura, húmeda y fría de la papa, que connota aquí al mundo corporal, al elemento tierra, a diferencia del maíz, que connota el principio anímico y espiritual.
¿Se justifica realmente relacionar los poemas cortos de Vela con el haiku japonés? Antes de poder responder a este interrogante es imprescindible explicar cuáles son las características del haiku. El haiku es la forma más corta de las composiciones poéticas tradicionales japonesas. El haiku se compone de diecisiete sílabas. Haiku significa composición inicial, ya que, antes de constituirse en forma independiente, el haiku encabezaba una serie de composiciones poéticas. Los rasgos básicos del haiku son los siguientes: primero se hace referencia a la estación en que se escribe el poema; luego se introduce una palabra cargada de sugestiones (kireji), la cual, al detener el flujo del enunciado poético, da extraordinaria fuerza y dignidad al poema. El escritor de haikus más conocido y seguramente el más importante de Japón fue Matsuo Basho (1644-1694), hijo de un samurai. Basho practicó la meditación zen con un maestro espiritual japonés. A continuación transcribo un haiku de Basho:
«Furuike ya, kawazu tobikomu, mizu
no oto.»
Traducción:
«Quebrando el silencio / de un antiguo
estanque / saltó al agua una rana./ Profunda
resonancia.»
El siguiente poema de Vela, escrito en 1993 en Corea, donde el poeta practicó la meditación budista, presenta una cierta analogía con el poema de Basho, si bien la reflexión final sobre el arte poética es un rasgocaracterístico del estilo de Vela:
«El tiempo se ha detenido en el estanque. /
Sobre el ciclo azul un pájaro dorado. / Y el
resplandeciente loto que murmura: La
poesía es el arte de la inocencia.» («Visión
en el templo de Pulguksa»)
Es indudable que el poema «Visión en el templo de Pulguksa» presenta una cierta analogía con el haiku, pero no es posible afirmar lo mismo con respecto al conjunto de las composiciones cortas de Vela. La estructura de los poemas cortos de Vela posee una gran diversidad y no constituye un prototipo métrico-temático comparable al modelo japonés. Vela utiliza múltiples formas para expresar contenidos poéticos con un mínimo de recursos estilísticos, pero no se ajusta a ningún canon métrico-semántico.
III- Rubén Vela y la reflexión sobre la palabra poética. El poema, la palabra y la libertad.
La reflexión del poeta sobre la poesía en general y sobre su propia obra es un síntoma esencial de la literatura moderna. Desde Poe y Baudelaire hasta la actualidad los poetas reflexionan sobre la teoría poética mientras componen paralelamente sus textos. Estas reflexiones responden a la convicción de que la autoobservación aumenta la potencia del espíritu operante en la creación poética. Para Vela la palabra poética, la palabra desnuda, la palabra primordial, no es el lenguaje humano, sino la palabra cosmogónica, que no necesita un desarrollo discursivo para ser, ya que se basta con su propio poder, que es el poder del Verbo creador.
Para la poesía de Vela lo verdaderamente real es la palabra, no el mundo de las apariencias fenoménicas. Esta concepción halla una correspondencia histórica en las ideas de las corrientes lingüísticas contemporáneas. La posición privilegiada que tiene la palabra en la poética moderna no es en realidad nada nuevo, sino que procede de una teoría del leguaje muy antigua; según esta teoría, la palabra no es una creación casual del ser humano, sino la expresión de la unidad cósmica primigenia: al pronunciarla se establece un contacto entre quien la pronuncia y aquel origen remoto; la palabra poética destruye la trivialidad de las cosas al comunicarse con el misterio de su origen y descubre así las ocultas analogías que existen entre los múltiples estados del ser.
La palabra cosmogónica a la que alude Vela en sus poemas no sólo ordena la construcción de un mundo, sino también la destrucción del mundo precedente. La palabra que invoca el poeta es la palabra transmutadora, la palabra en armas, la cual, después de destruir los obstáculos que se oponen a la libertad, crea un nuevo mundo. En el «Arte Poética» Vela declara que el poeta debe poseer la palabra que después de matar sepa resucitar:
«Aquel que no / mate y resucite / que
abandone el / Arte de la Poesía ... » («Arte
Poética»)
«El poema... Es ardorosa destrucción / de la
cual se alimenta / toda construcción.» («Del
poema»)
La palabra poética puede crear («hace salir el sol») o destruir («provoca el diluvio») se afirma en «La palabra en armas». ¿Para qué crear y destruir?, pregunta el poeta. Para ganar la libertad, responde:
«La libertad hay que ganarla / como la mujer /
como los hijos / como la poesía / como la
amistad ... »
El poeta que restituye a la palabra su carácter primordial, su desnudez inicial, su frescura original, se libera a sí mismo. La búsqueda de la palabra esencial es al mismo tiempo un método de liberación interior. El encuentro con la palabra esencial asume diversas formas en la poesía de Vela. Unas veces la relación del poeta con la palabra es amistosa:
« ... Por la palabra tengo amor.» («Envío»)
«Y qué mejor que este maíz florecido y car-
nal, esta palabra de lejana memoria?/ Baila,
nombre nuevo y perfumado, que en la noche
te cubriré de amor.» («América»)
«incendiarse / en / la / palabra. / Crecer / en /
libertad.» («Arte poética»)
« ... Palabras / para el amor / palabras para
nacer / palabras para vivir / palabras para
salvar / de morir ... » («La palabra en armas»,
VII)
«Para qué sirve la palabra? / Para revelarle
al hombre / su perdida / dimensión humana. /
Para devolverle / su Reino en esta tierra. / O
más sencillamente / para hacer mejor al
hombre. / ¿Mejor para qué? / Para incen-
diarse / en esta pasión común / y tan distinta /
este ejercicio cotidiano / que se alimenta de
amor / a cada instante ... » («La palabra en
armas», VIII)
Otras veces el poeta debe luchar para conquistar la palabra:
«Ver / la palabra / pesarla calibrarla / irritarla
violarla. / La palabra desnuda.» («La palabra
en armas», IV)
El poeta lucha con la palabra y en esa lucha adopta tácticas diversas («Maneras de luchar»); sin embargo ese conflicto no genera un dualismo y el poeta se identifica al fin con su palabra: «Nosotros, la palabra ... », dice en «La palabra en armas», IX.
Declara además que esa palabra debe poseer valor cognoscitivo: «Defender el poema de la mente», dice en «El espejo», XIV.
La auténtica palabra poética, la palabra cosmogónica, es la palabra precisa, la palabra exacta. Gracias a ésta logra Vela la intensa concentración del lenguaje poético. Gracias a ésta gana la libertad para crear mundos ideales:
«Y cuando... tu corazón canta con la palabra
precisa, nada del mundo te es ajeno ... »
(«Primera serie o del joven poeta»)
«El poema / es / aire, / alimento, / respiración, /
una ciudad abierta / donde todos los
hombres / se festejan. / Un universo en
libertad.» («Del poema»)
«Hombres de este siglo / :Contemplad la
Palabra. / Leedla / en los muros que
acumulan / descifrables memorias como
gritos / reclamando / el pleno ejercicio del
amor, / la libertad inmensa ... » («Mensaje a
los hombres de este siglo»)
Al principio el poeta busca la libertad sólo para sí mismo. Pretende poseer ávidamente esa bondad fundamental, la libertad (« ... Encerré mi libertad»..., dice en «Una historia», I), pero la pierde por su egocentrismo:
« ... Para su inmenso amor / la casa era muy
chica. / Su amor una ventana / más grande
que la casa. / Una ventana en libertad.» («Una
historia», II)
Para recuperar la libertad, el poeta abandona su soledad estéril y se mezcla con los seres humanos, descubre a sus hermanos. Entre todos reconquistan la libertad perdida, la libertad de todos. La enseñanza que ofrece este poema de Vela tiene un origen espiritual y se refiere a la transición que conduce al hombre de motivación inferior (preocupado sólo por su propia salvación) hacia el hombre de motivación superior, que ha superado las limitaciones del ego y se dedica en consecuencia a la salvación de todos los seres. Esta enseñanza coincide con la visión budista.
El poeta que ha encontrado la palabra primordial no copia en sus obras las apariencias fenoménicas, sino que imita el modo de obrar de la naturaleza creadora (natura naturans) para crear mundos autónomos (un universo en libertad, lo denomina Vela en «Del Poema»). Ésta es una de las realizaciones del poeta que ha encontrado la palabra esencial. La autoliberación por la palabra permite superar la impermanencia, la ceguera, la fealdad, la enfermedad, la esterilidad y el odio. Éste es el mensaje del poema «La dama que descubre el seno»:
«La poesía es el futuro de la muerte. / Los
invencibles ojos de oro / que triunfarán /
sobre su abominable ceguera. / Y al
contemplar la muerte / la irresistible belleza
de este mundo / inventará para los hombres /
juegos admirables de salud perfecta. / Será
la Madre Fascinante. / La Engendradora. / La
Total Enamorada.»
El hallazgo de la palabra que salva de la muerte se produce mediante la reminiscencia, el recuerdo de la propia naturaleza iluminada de la mente:
« ... con la memoria del deslumbrado / repetiré
los nombres de todas esas cosas / que nos
salvaban de morir.» («Otra Vez»)
La reminiscencia que salva de la muerte puede surgir de la intensa captación del presente, de la intuición del instante poético:
«... la salvación / puede llegar en el poema. /
Ser salvos en ese instante, / ser salvos por
ese Instante.» («Tablas de salvación»)
El poeta sabe que la amenaza de la muerte no procede del exterior, sino de sí mismo, de su propia obscuridad e imperfección, de su incapacidad para proferir la palabra iluminadora:
«¿Quién me salvará de la muerte / sino el
poema?, / quién me salvará de mí? ... »
(«Envío»)
« ... Pero una sombra inútil / oscureció la luz
de esa tarde australiana. / ¿Quién es?, grité
asombrado ente el torpe enemigo. / Y el dios
de piedra dijo: / Defiéndete de ti.» («El sueño
de Ulises»)
A veces la inmortalidad es concebida como una participación en la vida de la comunidad americana:
«Viviremos desnudos bajo el sol, seremos
siempre jóvenes y no habrá más memoria
que la piedra.» («América», I)
La palabra que salva de la impermanencia y la muerte encuentra su símbolo más perfecto en la piedra. De la piedra emana el poder de lo absoluto y lo inmutable. Mircea Eliade denomina cratofanía lítica a esa manifestación de poder de la roca. La piedra es uno de los símbolos fundamentales del mundo poético de Vela. El poeta se identifica con la piedra para asimilar por su intermedio la inmortalidad:
« ... Tu aurora llagada / donde sólo la piedra
permanece.» («América»)
« ... En la piedra / está escrita / la Historia.»
(«América»)
«Con la piedra fijé el nombre de mi raza. / Lo
salvé de la segunda muerte, del olvido. / ... »
(«América»)
«Sólo la piedra conoce el porvenir.»
(«América», II)
En el poema «Chichén Itzá» se hace referencia a la permanencia de Chichén Itzá, uno de los centros culturales más poderosos de América. El elogio de Chichén Itzá implica el elogio de la piedra, base de las esculturas y los monumentos de este centro maya:
«Has vencido a la lluvia / y al viento de esa
lluvia. / Has vencido a la muerte / y al viento
de esa muerte. / Y las hojas de los árboles
nuevos / te cubren de amor.» («Chichén ltzá»)
La piedra sirve para «fijar» el alma de los muertos y evitar que éstos dañen a la comunidad de los vivos («con la piedra fijé el nombre de mi raza»). La piedra funeraria es un elemento del culto a los antepasados mediante el cual se apacigua el alma de los difuntos y se emplea su energía para fertilizar a las mujeres y los campos. En el falo funerario de piedra coinciden los poderes de la vida y de la muerte. Este es el significado ritual del poema «América» que transcribimos más abajo.
El poeta recomienda venerar las culturas indoamericanas antiguas, a nuestros antepasados americanos, como medio ineludible para conjurar catástrofes sociales e históricas y posibilitar un porvenir fructífero a las nuevas generaciones americanas. Éste es el mensaje esencial que contienen los poemas de Vela dedicados a América. La obra de reparación histórica de las injusticias cometidas contra las comunidades indoamericanas aún no ha sido realizada. Es urgente llevar a cabo la obra que propone Vela.
«Con la piedra fijé el nombre de mi raza. /
Lo salvé de la segunda muerte, del olvido. /
Con la piedra hice el falo funerario, su
arrogancia y su orgullo. / Esta es la piedra
viva que fecunda los campos y las mujeres. /
Esta es la piedra hembra, ésta es la piedra
macho, donde frotan su vientre los recién
casados. / Es la piedra de lluvias. / El alma
de mis muertos.» («América»)
La piedra es un centro de energía espiritual del cual emana una fuente de música y poesía:
«Tengo un jardín de piedras. / Cada piedra /
es una música abierta hacia el futuro, /
una preciosa flor. / Es mi jardín de Tiempo ... »
(«A Antonio Porchia»)
«Entonces, Poeta, la Piedra cantará.» («De
mi raza»,VI)
La palabra permite recuperar al tiempo perdido y salva del olvido, que se parece mucho a la muerte. Antes de buscar el tiempo perdido, el poeta reconoce su situación inmersa en la impermanencia:
«Encerrado en la detestable celda. / En el
infame tiempo.» («El Poema», I)
«Me persiguen los pájaros del día, me
persigue el árbol, me persiguen las
asperezas de los dedos, el porvenir y la
antigüedad ... » («Los días, los días ... », III)
« ... Hablo de lo que me rodea. Un tapete gris
donde desaparecen las horas, con el rostro
del mundo vuelto solamente hacia una
dirección.» («Primera actitud del poeta
frente a la vida»)
Reconoce también cuál es el origen de la impermanencia: « ... no nos hemos rozado con los dioses ... » («Primera actitud del poeta frente a la vida»). Los «dioses» representan aquí la posibilidad de realización espiritual. La liberación con respecto a la tiranía del tiempo se concibe como una intensa captación del presente:
« ... Don Juan, Don Juan ¡Hemos amado
muchos momentos, hemos amado la
libertad!» («Quinta serie o De la libertad»)
« ... Pero que la salvación / puede llegar en el
poema. / Ser salvos en ese instante. / Ser sal-
vos por ese instante.» («Tablas de salvación»)
Estos versos proclaman la idea de que la eternidad se manifiesta en lo transitorio, expresan la intuición de que lo inmutable no es obscurecido, sino revelado por lo transitorio, que es posible ver el infinito en un grano de arena, lo increado en cada nacimiento y la inmortalidad en la muerte. Esta intuición coincide con la teoría estética del budismo zen. En conversaciones sostenidas con Vela pude comprobar que éste conocía muy bien la doctrina budista y que había practicado asiduamente la meditación con maestros budistas en Corea.
IV- La visión de las culturas premodernas en la poesía de Vela
En el epígrafe de los poemas reunidos bajo el título Fragmentos americanos se incluye la siguiente frase de Mircea Eliade: «Todo fragmento significativo repite el todo». Según Eliade (rumano, sin duda el más importante historiador de las religiones del siglo XX) existe una correspondencia entre el nivel microcósmico (el ser humano) y el nivel macrocósmico (el universo), entre el fragmento (los poemas breves de Vela) y el canto total a América, suma de los cantos posibles dedicados a América. El microcosmos, el fragmento, reproduce en una escala reducida las estructuras del macrocosmos, es un reflejo del todo, un centro del mundo, un «ombligo del mundo» (omphalos), un lugar en el cual es posible la comunicación entre el Cielo y la Tierra. El poeta inspirado es un auténtico intermediario entre el Cielo y la Tierra y su poema será, por lo tanto, un espejo de la realidad última. La cita de Eliade que encabeza los Fragmentos americanos indica la intención del autor de integrar en su poesía la cosmovisión de las comunidades primordiales que ordenan su vida según los principios sagrados. Para esas comunidades «primitivas» el cosmos es una hierofanía, la manifestación de lo sagrado, de la esencia última de la realidad. La poesía de Vela se identifica con la intuición de las comunidades primordiales y se distingue en consecuencia del estilo fragmentario de la poesía moderna que revela la extremada ínestablilidad y la disonancia de la época.
La poesía de Vela procura establecer la armonía entre el microcosmos poético, la miniatura compuesta de palabras, y el macrocosmos, la totalidad concebida como universo y como suma de significados lingüísticos.
El título de la colección de poemas, Fragmentos americanos, indica que Vela eligió a la antigua comunidad americana como motivo central de su canto. Fragmentos americanos representa por una parte el descubrimiento de las ocultas raíces culturales indoamericanas del autor. Este descubrimiento se produce durante la residencia del poeta en Bolivia. ¿Por qué razones no habla descubierto antes Vela sus raíces culturales indoamericanas? Esto se debió a que en Argentina (donde recibió su educación el poeta), al igual que en Chile, Uruguay, Brasil, y Estados Unidos de Norteamérica, los habitantes del territorio conquistado por los europeos fueron exterminados o sobrevivieron sólo como objetos de museo. En cambio en Bolivia (donde el poeta encontró sus profundas raíces americanas), al igual que en Perú, Ecuador, Paraguay, México y Guatemala, la cultura invadida tenía una profunda historia y un largo proceso de evolución mediante el cual alcanzó un alto grado de desarrollo, lo cual le permitió hacer frente a la invasión convirtiendo a la conquista en el punto de partida de un nuevo status cultural, de una nueva historia de mestizaje, de intercambio con la cultura invasora. Esto no fue posible en Argentina, porque allí las culturas autóctonas eran débiles. Al respecto consúltese de José María Arguedas: Formación de una cultura nacional índoamericana, México 1977, Siglo XXI.
En un sentido tal vez más profundo, los Fragmentos americanos representan (más allá de la circunstanciales formas americanas) el asombro y el deslumbramiento del hombre moderno ante las manifestaciones de las culturas primordiales.
El poeta experimentó un deslumbramiento semejante en su encuentro con las culturas primordiales en Asia, África y Australia. La celebración de América es pues la celebración de la mentalidad y las formas de vida anteriores a la época moderna, es la celebración del retorno del hijo pródigo, del ser humano moderno, a los modos de vida fundados en el reconocimiento de que sólo la realización espiritual da auténtico sentido a la existencia humana. Algunos pueblos indoamericanos viven aún en un tiempo mítico, integrados en los ciclos cósmicos y mantienen aún la intuición de los valores espirituales. De allí proviene la inocencia de estos pueblos, la misma inocencia a la que se refiere Vela en el verso final del poema «Visión en el templo de Pulguksa»: «La poesía es el arte de la inocencia». La inocencia a la que alude Vela en este verso es la inocencia de los estados meditativos que han descubierto la mente natural, es la inocencia del silencio anterior a la irrupción del pensamiento conceptual. En el poema «En la selva» surge con evidencia la nostalgia de las formas de vida premodernas e incluso prehistóricas:
«Comienzan las lluvias, amigos, y aquí estoy
con mis dioses ventrudos que reciben,
manos en alto, al Poema. La mulata llena
de sed abre sus ojos al mundo y respira la
libertad. He olvidado la ciudad. Me demoro
aprendiendo los largos nombres extranjeros.
Y el extraño sonido de algunas palabras que
se escurren como peces. Y las flores
exudando un mismo olor a hembra.
Mulata, sólo ahora comprendo el nombre
de la poesía. Ella es mi dureza, mi nueva
alegría. ¡Quién habla de morir! ... »
«En la selva»)
El poeta se siente identificado con la vida de los pueblos que viven aún in illo tempore, en el alba de los tiempos, en el mundo anterior a la historia, anterior a la ciudad. Este poema en prosa, escrito en la selva del Beni, comunica la experiencia de inmortalidad (« ... ¡Quién habla de morir! ... ») qué tienen los pueblos integrados en la armonía de los ciclos cósmicos.
Existe también una preocupación social en la poesía americanista de Vela. El autor constata el presente de indigencia de los pueblos indoamericanos y retrocede luego a la época precolombina (por ejemplo en el poema «Definición») en busca de una armonía ideal ubicada más allá del tiempo:
«Esto es América», me decían, / mostrán-
dome las altas cordilleras, / el suicidio del
sol sobre los trópicos, / los grandes ríos
furiosos. / Sólo vi pies descalzos criaturas
americanas / sobre el hambre y el frío / como
frutos desnudos. / «Esto es América». Sobre
las tierras / indias del centro y del sur / vi
desolación. Y, al borde, / las grandes
ciudades opulentas, sólo / al borde ... »
(«Fragmentos americanos»)
«Ella es América, un mutilado nombre, /
un cuerpo llagado y su cansancio. / Y qué te
creías que era esta canción? / Pero nuestra
fe es más grande.» («Mientras canta el pájaro
de la noche»)
« ... Y es de nuevo América / un hombre
partido en dos / una mujer asesinada / una
larga memoria de violencias.» («América»)
« ... Radiante América / pez bautizado por el
aire / aprendiendo a morir ... » («Radiante
América»)
En el poema «Definición» el autor evoca a la América precolombina, a la que define mediante la negación de los aportes culturales europeos y la afirmación de los cantos que Neruda, Vallejo y Huidobro escribieron en elogio de América.
La revalorización que hace Vela de las antiguas culturas americanas es una excelente contribución para la comprensión y el desarrollo de la identidad cultural latinoamericana (o indolatina). La poesía americanista de Vela continúa la obra de discernimiento de los caracteres culturales latinoamericanos que realizaron Andrés Bello, José Martí, Rubén Darío, Enrique Rodó, Alfonso Reyes, Pedro Henríquez Ureña, José María Arguedas, Octavio Paz, Miguel Ángel Asturias, Leopoldo Marechal y otros. Desde una perspectiva aún más profunda (basada en los estudios antropológicos, en la Historia de las Religiones y en el contacto directo con la sabiduría oriental, sobre todo budista), los poemas americanistas de Vela implican una crítica de la civilización moderna y el retorno a la cosmovisión y la espiritualidad de las comunidades primordiales.
Los símbolos que utiliza Vela para describir a América surgen reiteradamente en sus textos poéticos y no poseen por lo general una connotación subjetiva: se trata de símbolos de valor universal, de verdaderos arquetipos representativos de una conciencia primordial. Uno de estos símbolos es el pájaro, que representa a la palabra en su aspecto mántrico, puramente sonoro, libre de las construcciones y limitaciones conceptuales. El pájaro es el canto puro, idéntico por lo tanto al sonido primordial y puede así «hacer salir al sol cada mañana» («América»), puede pronunciar el nombre profundo de América. Vela describe en dos líneas el nacimiento de América:
«Pájaro sobre piedra. / El nacimiento de
América.» («Pájaro»)
El pájaro posado sobre la piedra simboliza el Canto inscripto e inmortalizado en la piedra. Con frecuencia el pájaro está embriagado, que es un modo de decir que posee la inspiración poética, que ha bebido el vino espiritual, el néctar de inmortalidad:
«... y el pájaro embriagado / que lanza su
grito jubiloso / hacia la aurora.» («América»)
«... El pájaro de la noche y su raza de suaves
plumas embriagadas ... » («Radiante América»)
En el poema siguiente, titulado también América, se hace referencia al simbolismo de la serpiente arrollada alrededor del centro del mundo, alrededor del eje vertical:
«La serpiente girando / hacia el centro del
mundo. / La gran misteriosa. / Hacia el árbol
de esmeraldas / que vive debajo de la tierra.»
El eje del árbol representa la atracción de la voluntad del cielo, mientras que la serpiente arrollada alrededor del árbol representa la «tentación» de la vida, el deseo que conduce a renacimientos en los diversos estados o mundos de la existencia cíclica, samsárica.
La flora y la fauna americanas surgen cosmogónicamente en el poema, como creaciones del Verbo Divino, de la palabra pura. Nombrar las cosas equivale a crearlas. Así surgen en el poema el melón, la papaya, el plátano y el maíz; el saltamontes, la hormiga, la llama, el guanaco, la vicuña, el perro del desierto, la lagartija y el toro salvaje.
Para el poeta-demiurgo, América es un nombre, una voz que viene «de lo interior del alma», un nombre que viene del corazón («Amor americano»), «el nombre de la recién nacida», «un nombre nuevo y perfumado». El poeta sabe que el nombre de América ha sido mutilado («Mientras canta el pájaro de la noche»), que América es una entidad agonizante, una realidad amenazada por la extinción, porque ha sido separada de su elemento vital, como el pez del agua:
« ... Radiante América / pez bautizado por el
aire / aprendiendo a morir ... » («Radiante
América»)
¿Quién ha arrancado a América de su elemento vital, quién ha sacado el pez del agua? Los europeos que vinieron a conquistar América, dice el poeta en «Primera actitud del poeta frente a la vida»:
«Mi libertad consiste en que no me gusta la
tierra redonda ni el nombre de Cristóbal ... »
El poeta lamenta la destrucción de las culturas indoamericanas causada por los conquistadores, pero su fe y su esperanza en el futuro de América son más poderosas que la lamentación:
« ... Pero nuestra fe es más grande ... »
(«Mientras canta el pájaro de la noche», I)
« ... En la noche extranjera, la Cruz del Sur
señala mi esperanza ... » («Mientras canta el
pájaro de la noche», VI)
En Tiwanaku, Bolivia, un centro espiritual extinguido de la antigua civilización americana, el poeta encuentra otra vez «... una herida con su mismo nombre /: América ...» («Tiwanaku para recordar»)
Los nombres de los lugares donde estaban establecidos los centros espirituales inspiran una serie de poemas dedicados a exaltar a las antiguas culturas americanas: Macchu Picchu, Tiwanaku, Chichen Itzá, Paracas.
Los dioses americanos Viracocha y Pachamama son evocados en el momento de su actividad cosmogónica:
«... esos ojos que un día / vieron la primera /
gestación del mundo, / esa boca que dijo /
-con violento temblor / de enamorado- / el
nombre más íntimo de América!»
(«Viracocha»)
«... las entrañas de la que es / madre de la
tierra ...» («Pochamama»)
El poeta identifica a América con la mujer:
«América, / mujer total, / alimento y alojo /
del hombre.» («A Gambartes, in memoriam»)
La «mujer total» no es sólo la mujer humana, sino sobre todo, la tierra, lugar de residencia y fuente de alimentación de todos los seres vivos. El poeta reconoce que su verdadera madre es la tierra americana. Tierra, mujer y fecundidad anuncian la esperanza básica del poeta en la capacidad de supervivencia y la creatividad limitadas de América:
«Méceme como si fueras mi madre. / Bésame como
si fueras mi mujer... Allí está mi patria americana»
(«Mientras canta el pájaro de la noche», VI)
El poeta confía en la capacidad de renovación cíclica de la vegetación nutritiva de la madre-tierra-América:
«Éste es el nombre de la recién nacidas, / la
que inventa el asombro de los maíces
nuevos / cada primavera.» («América»)
La atribución de rasgos humanos (piel) a la tierra enfatiza el carácter interdependiente de la tierra y la humanidad. Homo-humus significa que si el ser humano vive es gracias a la Terra Mater.
«He dicho América. / La tierra abrió su piel.»
(«Mientras canta el pájaro de la noche», III)
El poeta anhela volver a nacer de la Tellus Mater primordial americana:
«Canta, azucena, voz nocturna. / Canta el
nombre de América en / este país lejano. /
Quiero nacer de nuevo. Nacer / de su vientre
de luz.» («Mientras canto el pájaro de la
noche», V)
La relación fundamental del poeta es con el elemento tierra. La tierra es la verdadera madre y la verdadera esposa, ya que le brinda residencia, alimento, vida y amor.
En la piedra (o roca) se manifiesta, según ya hemos Visto, el aspecto de estabilidad, permanencia y seguridad mentales del elemento tierra.
La relación del poeta con el elemento fuego es también de suma importancia. El fuego en la poesía de Vela representa la intensidad de la experiencia místico-poética obtenida mediante la autoinmolación del ego. Con frecuencia la acción del fuego se expresa con el verbo «incendiar / incendiarse», que significa prender fuego a algo que no está destinado a arder. Incendiar manifiesta por lo tanto el aspecto transgresor del fuego, la posibilidad de transformación y cambio mediante una vía de acción espontánea que no acata limites convencionales para su desarrollo. Ejemplos:
«Incendiarse en / la, palabra. / Crecer / en /
libertad.» («Arte poética»)
«Un ropaje de incendios / festejando / el
comienzo de maíz. / Su amor secreto.»
(«América»)
«... Mi futuro incendiándose.» («América»)
«Los caballos incendiados / por el olor de la
naturaleza. / Yo hablo para ti. / Yo invento / el
incendio de tu nombre.» («Homenaje a
Ricardo Güiraldes», II)
«Nombre de mi alegría, / Patria de mi
palabra. / Su voz era el incendio, / su estatura
era el bosque.» («Homenaje a Güiraldes», V)
«¿Quién es ese hombre que se incendia a sí
mismo como un edificio al sol ... ?»
(«Epílogo»)
«Adentro llevarás incendio y agua ...»
(«Poemas inocentes», VI)
«Vastos desiertos / incendiados por la
palabra.» («La palabra en armas», VI)
IMPORTANCIA ACTUAL Y PERDURABILIDAD DE LA POESÍA DE VELA
La poesía de Vela se destaca dentro del panorama de la poesía argentina e hispanoamericana de las últimas décadas por su extraordinario poder de síntesis, por su precisión en el hallazgo de la palabra justa y por la creación de un lenguaje poético orientado consecuentemente a la adquisición de conocimiento.
Vela no cayó en la fácil tentación de la efusión sentimental ni imitó el estilo surrealista superficial que produjo tantos textos confusos recargados de asociaciones incongruentes, metáforas inexactas y complicaciones superfluas.
Desarrolló en cambio un método de escritura sumamente exacto capaz de expresar la inagotable sugerencia de lo infinito, lo indefinido y lo ambiguo. Se requiere una extremada intensidad, claridad y precisión para expresar lo obscuro, impreciso, borroso e inasible que reside en el nivel último y más profundo de la realidad.
Vela será recordado por su capacidad antropológica y espiritual para introducir en sus textos poéticos la cosmovisión y la intuición de las comunidades humanas primordiales, sobre todo la americana, y por ser uno de los pocos «vanguardistas» que supo trascender el horizonte de la época moderna y crear así una poesía de valor universal y permanente.
Licenciado Julio César Forcat
Profesor de la Universidad
Nacional de Rosario
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