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Julio Cesar Forcat
Universidad Nacional de Rosario
Argentina
En el epígrafe de los poemas reunidos bajo el título Fragmentos americanos se incluye la siguiente frase de Mircea Eliade: «Todo fragmento significativo repite el todo». Según Eliade (rumano, sin duda el más importante historiador de las religiones del siglo XX) existe una correspondencia entre el nivel microcósmico (el ser humano) y el nivel macrocósmico (el universo), entre el fragmento (los poemas breves de Vela) y el canto total a América, suma de los cantos posibles dedicados a América. El microcosmos, el fragmento, reproduce en una escala reducida las estructuras del macrocosmos, es un reflejo del todo, un centro del mundo, un «ombligo del mundo» (omphalos), un lugar en el cual es posible la comunicación entre el Cielo y la Tierra. El poeta inspirado es un auténtico intermediario entre el Cielo y la Tierra y su poema será, por lo tanto, un espejo de la realidad última. La cita de Eliade que encabeza los Fragmentos americanos indica la intención del autor de integrar en su poesía la cosmovisión de las comunidades primordiales que ordenan su vida según los principios sagrados. Para esas comunidades «primitivas» el cosmos es una hierofanía, la manifestación de lo sagrado, de la esencia última de la realidad. La poesía de Vela se identifica con la intuición de las comunidades primordiales y se distingue en consecuencia del estilo fragmentario de la poesía moderna que revela la extremada inestablilidad y la disonancia de la época.
La poesía de Vela procura establecer la armonía entre el microcosmos poético, la miniatura compuesta de palabras, y el macrocosmos, la totalidad concebida como universo y como suma de significados lingüísticos.
El título de la colección de poemas, Fragmentos americanos, indica que Vela eligió a la antigua comunidad americana como motivo central de su canto. Fragmentos americanos representa por una parte el descubrimiento de las ocultas raíces culturales indoamericanas del autor. Este descubrimiento se produce durante la residencia del poeta en Bolivia. ¿Por qué razones no había descubierto antes Vela sus raíces culturales indoamericanas? Esto se debió a que en Argentina (donde recibió su educación el poeta), al igual que en Chile, Uruguay, Brasil, y Estados Unidos de Norteamérica, los habitantes del territorio conquistado por los europeos fueron exterminados o sobrevivieron sólo como objetos de museo. En cambio en Bolivia (donde el poeta encontró sus profundas raíces americanas), al igual que en Perú, Ecuador, Paraguay, México y Guatemala, la cultura invadida tenía una profunda historia y un largo proceso de evolución mediante el cual alcanzó un alto grado de desarrollo, lo cual le permitió hacer frente a la invasión convirtiendo a la conquista en el punto de partida de un nuevo status cultural, de una nueva historia de mestizaje, de intercambio con la cultura invasora. Esto no fue posible en Argentina, porque allí las culturas autóctonas eran débiles. Al respecto consúltese de José María Arguedas: Formación de una cultura nacional indoamericana, México 1977, Siglo XXI.
En un sentido tal vez más profundo, los Fragmentos americanos representan (más allá de la circunstanciales formas americanas) el asombro y el deslumbramiento del hombre moderno ante las manifestaciones de las culturas primordiales.
El poeta experimentó un deslumbramiento semejante en su encuentro con las culturas primordiales en Asia, África y Australia. La celebración de América es pues la celebración de la mentalidad y las formas de vida anteriores a la época moderna, es la celebración del retorno del hijo pródigo, del ser humano moderno, a los modos de vida fundados en el reconocimiento de que sólo la realización espiritual da auténtico sentido a la existencia humana. Algunos pueblos indoamericanos viven aún en un tiempo mítico, integrados en los ciclos cósmicos y mantienen aún la intuición de los valores espirituales. De allí proviene la inocencia de estos pueblos, la misma inocencia a la que se refiere Vela en el verso final del poema «Visión en el templo de Pulguksa»: «La poesía es el arte de la inocencia». La inocencia a la que alude Vela en este verso es la inocencia de los estados meditativos que han descubierto la mente natural, es la inocencia del silencio anterior a la irrupción del pensamiento conceptual. En el poema «En la selva» surge con evidencia la nostalgia de las formas de vida premodernas e incluso prehistóricas:
Comienzan las lluvias, amigos, y aquí estoy con mis
dioses ventrudos que reciben, manos en alto, al Poema.
La mulata llena de sed abre sus ojos al mundo y respira
la libertad.
He olvidado la ciudad. Me demoro aprendiendo los
largos nombres extranjeros. Y el extraño sonido de
algunas palabras que se escurren como peces.
Y las flores exudando un mismo olor a hembra.
Mulata, sólo ahora comprendo el nombre de la poesía.
Ella es mi dureza, mi nueva alegría. ¡Quién habla
de morir!... («En la selva» 94)
El poeta se siente identificado con la vida de los pueblos que viven aún in illo tempore, en el alba de los tiempos, en el mundo anterior a la historia, anterior a la ciudad. Este poema en prosa, escrito en la selva del Beni, comunica la experiencia de inmortalidad («...¡Quién habla de morir!...») qué tienen los pueblos integrados en la armonía de los ciclos cósmicos.
Existe también una preocupación social en la poesía americanista de Vela. El autor constata el presente de indigencia de los pueblos indoamericanos y retrocede luego a la época precolombina (por ejemplo en el poema «Definición») en busca de una armonía ideal ubicada más allá del tiempo:
«Esto es América», me decían, / mostrándome las altas cordilleras, / el suicidio del sol sobre los trópicos, / los grandes ríos furiosos. / Sólo vi pies descalzos, / criaturas americanas / sobre el hambre y el frío / como frutos desnudos. / «Esto es América». Sobre las tierras / indias del centro y del sur / vi desolación. Y, al borde, / las grandes ciudades opulentas, sólo / al borde.. (Fragmentos americanos)
Ella es América, un mutilado nombre, / un cuerpo llagado y su cansancio. / y qué te creías que era esta canción? / Pero nuestra fe es más grande. («Mientras canta el pájaro de la noche»)
[...]Y es de nuevo América / un hombre partido en dos / una mujer asesinada / una larga memoria de violencias. («América»)
[...] Radiante América / pez bautizado por el aire / aprendiendo a morir... («Radiante América»)
En el poema «Definición» el autor evoca a la América precolombina, a la que define mediante la negación de los aportes culturales europeos y la afirmación de los cantos que Neruda, Vallejo y Huidobro escribieron en elogio de América.
La revalorización que hace Vela de las antiguas culturas americanas es una excelente contribución para la comprensión y el desarrollo de la identidad cultural latinoamericana (o indolatina). La poesía americanista de Vela continúa la obra de discernimiento de los caracteres culturales latinoamericanos que realizaron Andrés Bello, José Martí, Rubén Darío, Enrique Rodó, Alfonso Reyes, Pedro Henríquez Ureña, José María Arguedas, Octavio Paz, Miguel Ángel Asturias, Leopoldo Marechal y otros. Desde una perspectiva aún más profunda (basada en los estudios antropológicos, en la Historia de las Religiones y en el contacto directo con la sabiduría oriental, sobre todo budista), los poemas americanistas de Vela implican una crítica de la civilización moderna y el retorno a la cosmovisión y la espiritualidad de las comunidades primordiales.
Los símbolos que utiliza Vela para describir a América surgen reiteradamente en sus textos poéticos y no poseen por lo general una connotación subjetiva: se trata de símbolos de valor universal, de verdaderos arquetipos representativos de una conciencia primordial. Uno de estos símbolos es el pájaro, que representa a la palabra en su aspecto mántrico, puramente sonoro, libre de las construcciones y limitaciones conceptuales. El pájaro es el canto puro, idéntico por lo tanto al sonido primordial y puede así «hacer salir al sol cada mañana» («América»), puede pronunciar el nombre profundo de América. Vela describe en dos líneas el nacimiento de América:
Pájaro sobre piedra. / El nacimiento de América. («Pájaro»)
El pájaro posado sobre la piedra simboliza el Canto inscripto e inmortalizado en la piedra. Con frecuencia el pájaro está embriagado, que es un modo de decir que posee la inspiración poética, que ha bebido el vino espiritual, el néctar de inmortalidad:
[...] y el pájaro embriagado / que lanza su grito jubiloso / hacia la aurora. («América»)
[...] El pájaro de la noche y su raza de suaves plumas embriagadas [...] («Radiante América»)
En el poema siguiente, titulado también América, se hace referencia al simbolismo de la serpiente arrollada alrededor del centro del mundo, alrededor del eje vertical:
La serpiente girando / hacia el centro del mundo. / La gran misteriosa. / Hacia el árbol de esmeraldas / que vive debajo de la tierra.
El eje del árbol representa la atracción de la voluntad del cielo, mientras que la serpiente arrollada alrededor del árbol representa la «tentación» de la vida, el deseo que conduce a renacimientos en los diversos estados o mundos de la existencia cíclica, samsárica.
La flora y la fauna americanas surgen cosmogónicamente en el poema, como creaciones del Verbo Divino, de la palabra pura. Nombrar las cosas equivale a crearlas. Así surgen en el poema el melón, la papaya, el plátano y el maíz; el saltamontes, la hormiga, la llama, el guanaco, la vicuña, el perro del desierto, la lagartija y el toro salvaje.
Para el poeta-demiurgo, América es un nombre, una voz que viene «de lo interior del alma», un nombre que viene del corazón («Amor americano»), «el nombre de la recién nacida», «un nombre nuevo y perfumado». El poeta sabe que el nombre de América ha sido mutilado («Mientras canta el pájaro de la noche»), que América es una entidad agonizante, una realidad amenazada por la extinción, porque ha sido separada de su elemento vital, como el pez del agua:
[...] Radiante América / pez bautizado por el aire / aprendiendo a morir [...] («Radiante América»)
¿Quién ha arrancado a América de su elemento vital, quién ha sacado el pez del agua? Los europeos que vinieron a conquistar América, dice el poeta en «Primera actitud del poeta frente a la vida»:
Mi libertad consiste en que no me gusta la tierra redonda ni el nombre de Cristóbal [...]
El poeta lamenta la destrucción de las culturas indoamericanas causada por los conquistadores, pero su fe y su esperanza en el futuro de América son más poderosas que la lamentación:
[...] Pero nuestra fe es más grande [...] («Mientras canta el pájaro de la noche», I)
[...] En la noche extranjera, la Cruz del Sur señala mi esperanza [...] («Mientras canta el pájaro de la noche», VI)
En Tiwanaku, Bolivia, un centro espiritual extinguido de la antigua civilización americana, el poeta encuentra otra vez «...una herida con su mismo nombre /: América...» («Tiwanaku para recordar»)
Los nombres de los lugares donde estaban establecidos los centros espirituales inspiran una serie de poemas dedicados a exaltar a las antiguas culturas americanas: Macchu Picchu, Tiwanaku, Chichen Itzá, Paracas.
Los dioses americanos Viracocha y Pachamama son evocados en el momento de su actividad cosmogónica:
[...] esos ojos que un día / vieron la primera / gestación del mundo, / esa boca que dijo / -con violento temblor / de enamorado- / el nombre más íntimo de América! («Viracocha»)
[…] las entrañas de la que es / madre de la tierra [...] («Pachamama»)
El poeta identifica a América con la mujer:
América, / mujer total, / alimento y alojo / del hombre. («A Gambartes, in memoriam»)
La «mujer total» no es sólo la mujer humana, sino sobre todo, la tierra, lugar de residencia y fuente de alimentación de todos los seres vivos. El poeta reconoce que su verdadera madre es la tierra americana. Tierra, mujer y fecundidad anuncian la esperanza básica del poeta en la capacidad de supervivencia y la creatividad limitadas de América:
Méceme como si fueras mi madre. / Bésame como si fueras mi mujer... Allí está mi patria americana («Mientras canta el pájaro de la noche», VI)
El poeta confía en la capacidad de renovación cíclica de la vegetación nutritiva de la madre-tierra-América:
Éste es el nombre de la recién nacida, / la que inventa el asombro de los maíces nuevos / cada primavera. («América»)
La atribución de rasgos humanos (piel) a la tierra enfatiza el carácter interdependiente de la tierra y la humanidad. Homo-humus significa que si el ser humano vive es gracias a la Terra Mater.
He dicho América. / La tierra abrió su piel. («Mientras canta el pájaro de la noche», III)
El poeta anhela volver a nacer de la Tellus Mater primordial americana:
Canta, azucena, voz nocturna. / Canta el nombre de América en / este país lejano. / Quiero nacer de nuevo. Nacer / de su vientre de luz. («Mientras canto el pájaro de la noche», V)
La relación fundamental del poeta es con el elemento tierra. La tierra es la verdadera madre y la verdadera esposa, ya que le brinda residencia, alimento, vida y amor.
En la piedra (o roca) se manifiesta, según ya hemos visto, el aspecto de estabilidad, permanencia y seguridad mentales del elemento tierra.
La relación del poeta con el elemento fuego es también de suma importancia. El fuego en la poesía de Vela representa la intensidad de la experiencia místico-poética obtenida mediante la autoinmolación del ego. Con frecuencia la acción del fuego se expresa con el verbo «incendiar / incendiarse», que significa prender fuego a algo que no está destinado a arder. Incendiar manifiesta por lo tanto el aspecto transgresor del fuego, la posibilidad de transformación y cambio mediante una vía de acción espontánea que no acata limites convencionales para su desarrollo. Ejemplos:
Incendiarse en / la, palabra. / Crecer / en / libertad. («Arte poética»)
Un ropaje de incendios / festejando / el comienzo de maíz. / Su amor secreto. («América»)
[...] Mi futuro incendiándose. («América»)
Los caballos incendiados / por el olor de la naturaleza. / Yo hablo para ti. / Yo invento / el incendio de tu nombre. («Homenaje a Ricardo Güiraldes», II)
Nombre de mi alegría, / Patria de mi palabra. / Su voz era el incendio, / su estatura era el bosque. («Homenaje a Güiraldes», V)
¿Quién es ese hombre que se incendia a sí mismo como un edificio al sol...? («Epílogo»)
Adentro llevarás incendio y agua [...] («Poemas inocentes», VI)
Vastos desiertos / incendiados por la palabra. («La palabra en armas», VI)
Vela será recordado por su capacidad antropológica y espiritual para introducir en sus textos poéticos la cosmovisión y la intuición de las comunidades humanas primordiales, sobre todo la americana, y por ser uno de los pocos «vanguardistas» que supo trascender el horizonte de la época moderna y crear así una poesía de valor universal y permanente.
NOTAS
1- Parte del cap. IV publicado en Poesía y libertad de Ruben Vela. "Estudio crítico y selección de poemas" de Julio Cesar Forcat. Buenos Aires: Almagesto, 1996.
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