Usted está aquí: Sebastián Jorgi
Volver a: Ensayos Críticos
General:
Sebastián Jorgi
Sociedad Argentina de Escritores
América: objeto-cuerpo poético
Aunque América es el tema dominante que ha caracterizado al poeta Rubén Vela, su poesía va más allá de todo paisajismo en la serie de poemas americanos. Poesía, juglar y tierra se han consustanciado con el canto en un impetuoso combate, primero, en una comunión, después con América:
Canta, pájaro de la noche, que soy inmortal.
El andamiaje poético de Rubén Vela se convierte en objeto, el opuesto que crece y se afirma ante el sujeto. Pero tal objeto-cuerpo poético no ofrece especulaciones puramente intelectuales: es sangre y es látigo porque mi voz viene de adentro / de lo interior del alma y no tengo vergüenza. No tiene rebuscadas perspectivas ni envoltorio retórico. ¿Por qué? La respuesta la doy con dos versos del poeta:
Mi palabra es el maíz.
Mi alimento es la papa helada.
Si bien la poesía nombra cosas, más allá de esta cuestión semántico-nominal, la realidad que profundamente le interesa es lo histórico al mismo tiempo que su propia enunciación y lo que ésta hace presentir. Claro que existe el acto íntimo del espíritu, con la complejidad devenida. Pero si es perceptible a lo largo de los poemas americanos es una relación de combate. Es porque el lector, en esa percepción, ha sido abordado con un lenguaje original. La mediación de un lenguaje. Al respecto dice Arthur Nissim en La literatura y el lector (Nova, 1962, Traducción de Amalia Sánchez Garrido): “Cuando se examinara la relación entre el lenguaje y la obra, la primera ilusión de la que conviene resguardarse es la ilusión de inminencia: las palabras no son más que medios y no es en ellas donde reside el arte, sino en el acto que las ha juntado para que nuestra lectura, sobre sus huellas, las vuelva a juntar”. Y no es mero motivo el título de la antología de Rubén Vela: Maneras de luchar (Fundación Argentina para la Poesía, 1981, Buenos Aires). Manera como estilo y lucha como agón, con esfuerzo como trabajo. Al respecto, remito a un artículo que publiqué en La Cooperación Libre (Nro. 727 diciembre de 1981) con un título que reproducía un verso de Rubén Vela: “La poesía es un arduo trabajo”. Desde Introducción a los días, ilustrado por Luis Seoane en 1953, la actividad literaria de Rubén Vela ha sido motivo de opiniones importantes como las de Vicente Aleixandre -Premio Nobel de Literatura-:
Sus poemas tienen esa incisión, esa perforación que
uno ama en la palabra natural del poeta... Una fiesta,
en el sentido profundo, su lectura.
Ya se podía vislumbrar en aquellos tiempos del 50, que la poesía inicial del poeta en torno de la problemática del hombre -hacía poco que había terminado la Segunda Guerra Mundial- iría incorporando símbolos-palabras para conformar un corpus, un estilo y quizá lo más caro para todo escritor: la originalidad. En 1966, Rubén Vela obtiene la Faja de Honor de la Sociedad Argentina de Escritores por Poemas Australes, con referencia explícita a la punta Sur de América. Tres años más tarde, logra el premio Trienal de Poesía José Pedroni con Los secretos. Y después vendrán el Premio Municipal de Poesía de la Ciudad de Buenos Aires, el Premio Internacional Pen Club Do Brasil y sus poemas serán traducidos al griego, al inglés, al alemán y al italiano.
Desde aquella época, en que junto con Edgar Bayley y Raúl Gustavo Aguirre, integrara el grupo Poesía Buenos Aires, hasta hoy, los tres han crecido en direcciones distintivas. Delfin Leocadio Garasa que prologa Maneras de luchar con un minucioso estudio sobre la evolución temática de más de treinta años de poesía del poeta, se refiere a los Poemas americanos de esta forma:
Cantará pues al hombre sudoroso, cuyas axilas rezuman
su esfuerzo, los oficios -albañiles, peones, herreros-
que arrastran la amarga insatisfacción de su sacrificio o
el pesar de las injusticias, de las postergaciones y olvidos.
Es que Garasa ha interpretado cabalmente la consustanciación, impetuosa y precisa, entre la Palabra del poeta y el Hombre americano oliendo a familia y sacrificio. Decía Jean de Meun que trabajar en filosofía es el escribir del poeta. Ernst Robert Curtius afirma que la Filosofía se queda siempre con la última palabra, porque la poesía no responde: tiene su propia sabiduría. Y Rubén Vela, trabajando la Historia, la piedra del Inca, reproduce el canto americano al hombre y a la mujer que inventaron el nombre del maíz. Logra un lenguaje poético, un código excluyente que lo trasciende a un panorama de la poesía de América acompañado por Vallejo y por Neruda -con lo que varios críticos coinciden-, aunque mi opinión es que Rubén Vela se halla en la ruta de Vicente Huidobro, porque se aparta de frondosidades, por su síntesis abarcadora, por su golpe poético. Ocupa un podio de privilegio en el espectro nacional que sostienen con reconocida trayectoria Molina, Giannuzzi, Bayley, Armani y Girri. Y no se trata de urdir comparaciones, sino simplemente de tomar en cuenta al fin, opiniones de autorizados como César Tiempo:
Una poesía vital y virginal que escapa a todo encasillamiento y que ubica a Rubén Vela entre los grandes poetas de América, con vocación de altura.
Bella Jozef, que epiloga Maneras de luchar con un extenso estudio, escribe:
A través del mito, busca el lugar específico de la realidad Americana dentro de la realidad universal.
En el mito de la vuelta a la tierra-madre (unidad perdida) pasa de un sentimiento colectivo a lo transindividual y a lo transhistórico. De su generación es, quizás, el único que, respondiendo dentro de un purismo a las exigencias vitales, incorporó la poesía argentina al ámbito americano.
El loci comunes, el topos, definiciones latina y griega respectivamente de los temas, tienen ya en la antigüedad entre la prosa y la poesía un importante avance (por ejemplo, los Campos Elíseos, el Paraíso Terrenal y las fuerzas vitales como el amor y la amistad). La constante temática sobre América en su Prehistoria y en su Destino, es característica saliente del andamiaje poético de Rubén Vela. Así como en La Ilíada se invocaban a los dioses, a la tierra y al cielo y el Prometeo de Esquilo invocaba al éter, al mar y al sol, en los Poemas indianos (1960) y en los Poemas americanos (1963), Rubén Vela incita otros dioses, otros héroes, en el escenario de la Nueva e intacta América donde el pájaro ríe / en su casa del bosque. Acaso es el mismo sentimiento trágico porque allí están Moctezuma, Pachamama, allí están Viracocha, Macchu Picchu, Tiahuanaco y Purmamarca, allí está y permanece América, nuestra madre sobre las aguas.
El cronista indio Santa Cruz Pachacuti tradujo poemas religiosos incas del período prehispánico, del que transcribimos cuatro versos esenciales:
Del mundo de arriba
del mundo de abajo
del océano extendido
el hacedor.
Es la misma cosmogonía que en los poemas americanos Rubén Vela expresa con señales y símbolos, sin necesidad de espesores y con economía verbal que sacude como un látigo:
He dicho América. La tierra abrió su piel.
O sea, el Hacedor del poema, el Hacedor de América. Volviendo a los términos de concepto y lenguaje en productividad, debo aclarar que Roland Barthes y otros lingüistas que se reunían en torno de la revista Te-Quel, habían convenido definir el texto conceptualmente como productividad en el plano semántico, donde una misma palabra se revela conducida por varias voces hacia el cruce de otras culturas. Traigo esta asociación en el sentido de universalidad, ya que Rubén Vela ha peregrinado por el mundo en su quehacer diplomático y sus versos han dado a luz en Bolivia, Brasil, Leipzig, Australia, Costa Rica y España. Pero el epicentro ha sido Santa Fe, Buenos Aires, desde donde el poeta ha irradiado con un arduo trabajo sus poemas:
Poesía es una raza. Yo me siento y reconozco en
esa raza. Allí viven mis padres y mis madres... / seres
queridos que en delirio de cobres y bronces / crearon
la belleza del antiguo mundo.
Recordemos que el motivo más natural en la Edad Media para poner fin a un poema era el cansancio, pues escribir era tarea fatigosa. Estos ya casi cincuenta años de hacer poesía, han sido para Rubén Vela una larga y violenta jornada de trabajo con un cansancio que continuará mañana.
Otros contornos e introspecciones
En 1951, Karl Jaspers escribía: “La técnica en forma de bomba atómica como instrumento de destrucción muestra una perspectiva completamente distinta. Todo el mundo cree hoy que la vida humana está amenazada por la bomba atómica y que, a causa de ella, no puede haber más guerras... con la bomba atómica se ha traído a la Tierra un trozo de la sustancia del Sol. Con esta sustancia acontece en la Tierra lo que hasta ahora sucedía únicamente en el Sol”. (Origen y meta de la Historia, Revista de Occidente, Madrid, traducción de Fernando Vela -casual homónimo-). Veamos como el texto poético se rebela:
Quiero hablar de los mundos obstinados
los cristales donde se doblegan los misterios
la imperceptible piel que hace distintos a
los hombres.
¿No los oyes gritar?
Ha pasado la Segunda Guerra Mundial. El hombre está en peligro de perder su vida personal e íntima, su vida espiritual, su libertad de pensamiento y de creación. Al ser humano se le exige una entrega absoluta a la clase, al estado o a la raza. Todo lo que acontece en el mundo de hoy no es fruto de un exceso de la creación feliz, sino que tiene origen en un profundo sentimiento de desesperación. Y los pensadores, como Jaspers, alertaban ya sobre la situación vulnerable del hombre, del peligro que lo acosa.
Era la época en que La Náusea de Sartre llegaba a Buenos Aires, en que se libraba la Guerra de Corea y en que nuestro país vivía la conflictiva realidad política que culminaba con el golpe militar de 1955. Aprisionado existencialmente, el poeta se confronta elípticamente con el medio:
Me persiguen los pájaros del día
me persigue el: árbol...
y se constata a sí mismo:
Me persiguen las asperezas de los dedos
el porvenir y la antigüedad.
Son estos dedos gastados de historia, en ese retorno y porvenir como búsqueda de la verdad. Aún con cierta mirada nihilista y con la certeza de la finitud vivencial, la poesía se alza con el triunfo, trocando la visión, si se quiere, prismáticamente:
Todo se veía a través del día
y es justo decir que nada cambiaba
que las horas eran las mismas
O sea, la luz, como transparencia para dar paso a un anhelo de esperanza y optimismo, transportándose a los días de infancia, donde todo era suave y tranquilo dando salida a este verso de tono creacionista:
Como hamacas tendidas en el vaivén de las tardes.
El poeta hace una parada imaginaria camina y se proyecta en la contemplación, y excava ontológicamente en la tierra - Tierra, en el sentido planetario y de sustancia. Apostádo en lo onírico, “en lo alto de la ciudad del sueño”, el poeta concluye diciendo que los horizontes se agotan. En la década del 50, cuando Rubén Vela integraba el grupo Poesía Buenos Aires, aun más notable el desgarramiento de la Historia por la proximidad de la guerra recién terminada. La inquietud y la angustia, se convertiá en desesperación, lo que Kierkegaard y Nietzsche vivieron proféticamente por adelantado en las postrimerías del siglo XIX. Sin embargo, apenas dos estrofas más adelante de los horizontes se agotan, la introspección vuelve a inventar el espejismo de una esperanza:
Duermes tu fiebre de verano en un horizonte
siempre a la vista.
A lo que se suma otra imagen de desencuentro cuando dice:
El humo, algo más que el humo
para entendernos
Ese algo más podría reemplazar al Amor. Aún suponiendo que mi interpretación del algo más no esté del todo acertada, estas dos palabras me han producido un efecto particular a pesar de su “fragmentariedad”. A modo de justificación, diré parafraseando a Arthur Nissim, que la poesía que nos alimenta esta compuesta sobre todo por fragmentos. Es increíble cuantas veces puede uno repetirse uno o dos versos. Se puede hacer entrar en ellos poco a poco todo un mundo. Y creo que la poesía de Rubén Vela nos brinda excelencias por su multivocidad y porque cada pulsación poética se renueva constantemente en el poema y multiproyecta imágenes dirigidas a una realidad coetánea, conjugando Historia como futuro y al mismo tiempo darle consistencia a la Prehistoria, acercárnosla, sobre todo en los Poemas americanos.
En Escena del prisionero, escrito en 1955, especie de dramatización en verso, el poeta parece estar arrinconado sin lograr salida, como amarrado a efectos torturantes de la vida cotidiana:
Me estoy vistiendo ajeno.
Nada de lo que tengo es mío.
La pérdida de la identidad bien podría ser la cuestión, aunque la problemática de la libertad aflora insoslayable:
Me dirán loco por este exceso de vida
porque tengo
dudas suficientes como para alimentar a un
mundo en campaña.
¿Cuál es la libertad posible, entonces? se preguntará el poeta para responderse Mi libertad consiste en que no me gusta / la tierra redonda ni el nombre de Cristóbal. Si bien aquí notamos el tema de América que después será una constante en la poesía de Rubén Vela -no excluyente, debe aclararse-, es vislumbrable el agón, la irreverencia, la rebeldía, el inconformismo. Frente al proceso histórico, el poeta coloca al hombre en su integridad, arraigado en órdenes espirituales del Ser. No proclama la libertad formal, sino la libertad como contenido mismo de la existencia del hombre. Se dirá que los problemas sociales influyen en cierta forma en todos los poetas de la generación del 50 y, en tal caso, Rubén Vela no escaparía a esas generales de la ley. Pero sí escapa estilísticamente. Su poesía, sobre todo a partir de 1960, es autónoma y su emancipación es notoria a la luz de los Poemas americanos.
Mesa de los pecados capitales
Habíamos citado antes el algo más. Metáfora del vacío existencial y apelación que va más allá del arte poético, como en Envío (de 1960):
Hijo mío, hijo mío,
quise darte la palabra exacta
el ademán preciso...
Algo más que el poema
para vivir.
Otra vez el algo más: se me ocurre como amor-instancia única y suprema, instancia elevada sobre el poema mismo para poder seguir viviendo, o sea, como un poema dentro del poema, en el sentido de meta–poema. En este poemario, Mesa de los pecados capitales, es necesario destacar tres poemas de 1969: “El inmortal”, dedicado a Manuel Mujica Láinez, “Una hermosa boa constrictora” (a Victoria Ocampo) y La inocente ( a Alejandra Pizarnik), en los que se advierten retratos de la personalidad de los escritores, cargados de alusiones cortantes. En el poema “Todo o Nada”, dedicado al artista plástico Leónidas Gambartes, escrito en 1970, el tema de América -a través de la pintura de Gambartes- sale fluido y desgarrado:
Sigues viendo criaturas que nacen como pólipos o
adherencias
sobre la tierra india herida
aferradas encimas atrapadas
como racimos de seres extraños que miramos con
desconfianza
de un planeta desconocido antiguoamérica
Homenaje sentido al pintor y que se traslada a América:
américagambartes
que soñaban américa
que lloraban américa
que gozaban américa
Recurro a algunas opiniones del Dr. Raúl Castagnino para intentar un aparte reflexivo y que mucho tiene que ver con la expresión lírica de la poesía de Rubén Vela: “La poesía, tanto como constituye elemento apropiado para la iniciación estética a cualquier edad, conlleva concepciones del mundo y de la vida que operan cuando ponen en juego -antes que los de la razón- mecanismos de sentimientos, fantasía, intuición, de recónditos estremecimientos. Porque ensancha posibilidades de captación emotiva, porque hace vibrar de corazón a corazón y procura mayor comprensión de uno mismo y de los demás, abarca lo luminoso de la conciencia y las sombras de lo irracional” (Fenomenología de lo poético, Edit. Plus Ultra, Buenos Aires, 1960). Términos suficientes para lograr una aproximación al mundo poético de Rubén Vela, proximidad que se da en la vibración, en el espacio de sensaciones entre el poeta y el lector.
Observemos “Mensaje a los hombres de este siglo”:
¿Es la poesía, acaso, el lenguaje de los impotentes,
la música celestial de los eunucos,
el ensueño de los débiles de espíritu?
Hombres de este siglo:
Contemplad la Palabra.
Leedla
en los muros que acumulan
descifrables memorias como gritos
reclamando
el pleno ejercicio del amor,
la libertad inmensa.
Buscadla
en aquellos rostros sorprendidos
que descubren de pronto
su condición de Pueblo.
El luminoso, único destino
del hombre aquí en la tierra.
Ved la Palabra
en ese niño hambriento
devorando
los huesos que aún le quedan
de su propio esqueleto,
destrozando en llantos su futuro
al cual nunca arribará
¿Sumiso, manso, domesticado el Poeta?
He aquí su Palabra.
Su salvaje alegría.
Su porfiada esperanza.
La poesía y el Poeta. “Poetizar sobre la poesía” –cito nuevamente Fenomenología de lo poético– “ascender a la metapoesía, asediar poéticamente lo inefable de su esencia es intentar otra vía para aproximarse a lo inefable de su misterio, por qué la poesía, en su condición de poesía sobre la poesía, reclama mayor instrumentación lógica que carga emotiva o racional”. Es que hay que transformar el poema en algo más, en vida, sentir sus latidos. Escribía Vicente Huidobro:
Que el verso sea como una llave
que abra mil puertas
........
Poetas, no cantéis a la rosa
hacedla florecer en el poema!
Hacedla, buscadla, leedla: en ambos poetas el imperativo de la misión poética, un orden espiritual, una consigna.
Detengámonos ahora en otra secuencia de la Mesa de los pecados capitales (o Autobiografía del Poeta):
Un coro de ángeles
con antiguas canciones
mis más espléndidos extravíos
mi lenguaje más obsceno.
La descarga incorpora de pronto inflexiones surrealistas y el poeta se indaga, o se afirma, pero se entrega entero:
Entonces destrocé el odio y el amor
todo cuanto en mí tenía...
Así, a pesar de mi mismo
soy el dispensador de bienes no deseados
el insolente instrumento de la verdad
para probar la existencia de otra Verdad
no alcanzada.
He ahí la clave: a pesar de mí, lucha, agón, por la que el poeta se debate para llegar a la libertad, o sea la libertad de creer en esa otra Verdad.
Creación -lenguaje- autoencantamiento y magia, es acaso meta estilística para llegar a la función del término -horadar la piedra-, tornando la imagen poética en substancialidad y sugestión al mismo tiempo, a través, precisamente, de un mágico lenguaje, de adyacencias míticas:
Seré una piedra.
Seré el rostro de esa piedra.
Seré la memoria de esa piedra...
Seré también América.
La gradación aumenta por medio del anafórico paralelismo, en una personificación (quizás convenga el término identificación) histórica. No pretende, sin embargo, esta poesía medirse con la Historia. Es la Historia, arrancada del espacio y del tiempo, transmutada en líneas poéticas que sacuden, violentas, y que fluyen, en lírica dinamizante pero con emoción:
Yo trabajo
sólo con mi coraz6n
para nombrarte
América.
Este hacer poético de Rubén Vela constituye una mitografía, es decir, las palabras aunque se refieren al discurso verbal, también arman una relación simbólica independiente, relación en el sentido de relato. No es casual una cita de Mircea Eliade al comienzo de la serie de poemas americanos: “Todo fragmento significativo repite el todo”. Una manera a través de un código original, una constante lucha con una cosmovisión de retorno y de porvenir por la Palabra-Hombre pariendo Libertad.
No se puede dejar librado a su suerte al poeta en su puesto de combate, sufriendo por “América, nuestra madre sobre las aguas”.
Arte poética
Aquel que no mate y resucite
que abandone el arte de la poesía.
Autopropuesta, autoproyección hacia la Palabra desdoblada en el hacer poético, hacia la palabra / siempre / temerosa / del vestido / de / gala / sobre su desnudez magnífica. La preocupación por el lenguaje ha sido el bastión de la generación del 50 y más precisamente, la del núcleo que convocó Raúl Gustavo Aguirre en Poesía Buenos Aires, entre los que se contaba Rubén Vela. Y viene al caso extractar de Las poéticas del siglo XX (Ediciones Culturales Argentinas, 1983), “La poesía de hoy, en sus niveles más altos, más auténticos, más representativos, es el resultado de una dramática, profunda, seria, azarosa, difícil, aventura una odisea personal”. Si rescatamos dos términos de este aserto de Raúl Gustavo Aguirre, los que traducen dramatismo y profundidad, se podrá deducir en cierto modo la apelación dialéctica que identificó a este movimiento y tan especialmente a Rubén Vela:
Incendiarse
en
la
palabra.
Crecer
en
libertad.
Lo dramático se inserta en la profundidad de la tierra, esa tierra que todo lo sustenta como dice Mircea Eliade. Y sí, la tierra -América es la sustentación de los Poemas Americanos en Rubén Vela, la Palabra surge luchando por la propia gloria de la purificación y de la libertad. Palabra devenida y sufrida preinstancialmente: mi voz viene de adentro / de lo interior del alma / y no tengo vergüenzas, interior que se patentizará en ánima- halo, en poiesis, de cara al mundo. Un orbe decadente y conflictuado, como bien lo expresó Karl Jaspers en Los enemigos de la razón en nuestro tiempo. No en vano el poeta se preguntará cuál es la libertad posible, en medio de un mundo polarizado de ideologías, un mundo que parirá los conflictos de Indochina, Vietman, a los que se sumarán las intromisiones del poder soviético en Hungría y Checoslovaquia. Para tal decadencia -la de una guerra fría armada- surge la opción y el canto de “La palabra en armas”:
La palabra en armas
su porfiada vehemencia
su penetrante ardor
su insolente
su incómoda
sencillez.
(Maneras de luchar 307)
Arte poética revelada en una dialéctica denodada, luchada en ese común lenguaje y terrible / de los hombres / que han sabido ganar su libertad. Porque la palabra es germen, semilla de la tierra, de ahí que el poeta nos brinde la palabra / como un hueso anterior a la lengua / como una sed anterior al agua / como un sol / anterior a la especie. Cosmos-Creación y, en medio, la palabra sazonada por el lenguaje y cobijada por el sol. Pero la palabra se torna en reflexión y en vigilia ética:
¿Quién profana la palabra?
¿Quién confunde?
¿Quién hiere?
El poeta desliza su ironía, hemos construido días perfectos sobre la abundancia de palabras dichas en silencio. Es que los silencios (estilísticamente, refiero) incentivan el ritmo de la poesía en Rubén Vela, su golpe poético, su Manera de luchar, la peculiar forma de una poesía exponencial, casi oral, narrada:
Hemos olvidado la ciudad. Me demoro aprendiendo los
largos nombres extranjeros. Y el extraño sonido de
algunas palabras que escurren como peces.
Arte poética de la imposibilidad de asir el lenguaje. Modestia en el aprendizaje y en el aprender el extraño sonido tantas veces vedado al poeta.
La palabra exacta
Soy testigo de una improvisada Arte Poética. Estábamos en su oficina de la Cancillería conversando sobre varios temas y de pronto tomó un lápiz y escribió en un papel anotador:
El poeta que busca la palabra exacta.
El poeta que busca la palabra justa.
El poeta que busca la palabra precisa.
Todos somos pobres.
Obstinación en grado superlativo la del poeta en lograr la palabra “exacta, precisa, justa”: humildad para reconocer que la palabra es inviolable y que el poeta es un satélite que gira en torno de la preciada precisión de la Palabra. En otro poema -“Ignorancia”- que me ha dedicado, escribe:
Recibe las palabras
con las manos desnudas.
Recibir en Libertad, casi en forma bautismal, libre de pecado intelectual, de leso “análisis estructural”, recibir la palabra con la radiante alegría / del ojo por el cual contemplas el poema / y desde donde el poema te contempla. Para mí fue este poema como la lección del maestro y aquel momento, inolvidable, grabado en mi memoria. Como bien lo ha escrito César Tiempo, Rubén Vela ha logrado un lenguaje vital con vocación de altura y que lo ubica entre los poetas más importantes de América.
El espejo
¿Constituye El espejo un poemario “aparte” en la producción de Rubén Vela? Se puede conjeturar que sí: sobre todo, desde su pulsación aforística, ya que todo aforismo tiene un bagaje -por así decirlo- de condensaciones metapoemáticas. Contiene un profundo prólogo de Ricardo Mosquera Eastman. El poeta ha ceñido su lenguaje en síntesis de espasmos oníricos: Alucinaciones necesarias: el espejo que transforma la palabra. La palabra que modifica al espejo. Un ida y vuelta de la palabra, retroalimentada por el espejo y por la íntima alquimia del poeta, acosado en medio del espejo por la persistencia de la sed, pero llegando a un arte poética oblicua:
El poema es un acto de alarma.
Acto alumbrado por el espejo -un relámpago más bello todavía- para mirarse y saberse, constatarse en la palabra como una herida. Pero es insoslayable y clarificador el prólogo de Mosquera Eastman: “En el bosque de espejos de Vela, los espejos se convierten automáticamente en espejos paralelos y los espejos paralelos constituyen infinitos que como en todo el infinito se convierte en una esfera de centros en número infinito y en sectores infinitos... Y en ellos la palabra. El Verbo. El logos, Vac, de la tradición brahamánica.
¿Oblicuedad, rebeldía, en los “infinitos” espejos de los espejos? Acaso la posible respuesta sea el poema, como acto de alarma. El libro se inicia con “Entre la palabra y su silencio”,El espejo y luego las imágenes que se van sucediendo en ese juego de espejos confluyen en el sentido eternidad y en otras acumulaciones semánticas que desdoblan planos de rebeldía, en esa puja interior, íntima, de asir el espejo, forzarlo, construir el poema. Alguna tonalidad irónica podrá deslindarse si leemos:
En la casa del poema Dios guarda la entrada
y el diablo la salida. Un mismo espejo.
Acaso habrá que convenir con el poeta y defender el poema de la mente. Otra instancia lírica, una defensa de la emoción. Los aforismos de El espejo fueron escritos en Leipzig en 1978 y responden a un estado de ánimo - nieve que forja el paisaje lejano, para interrogarse el poeta en sucesivas comprobaciones. Escribo esto a raíz de una conversación sobre este poemario con el autor. Creo que “El espejo” es un intento de confrontación dialéctica, con inflexiones existenciales:
¿Quién ve? ¿Qué ve? ¿Qué es lo visto? ¿De qué lado
del espejo?
(Maneras de luchar 334)
Esencia y existencia. Sujeto y objeto. Juego ontológico. Ya Leopoldo Marechal había comentado al referirse a Rubén Vela: “Está entre los pocos que hoy reivindican para la poesía el derecho y el deber de regresar al intelecto, hurtándose a las exclamaciones líricas de la mera sentimentalidad. Vela trabaja con el concepto poético -que no es el concepto filosófico- sino que apunta más alto en una sabrosa aproximación de la verdad, virtud excelsa de la poesía que nunca le faltó en sus mejores estaciones”. Magister dixit. Y yo sigo, entonces, acercándome, con corazonadas: ¿el hombre finito ante el espejo? ¿La relatividad de la verdad entre sujeto y objeto? ¿Un presupuesto axiológico del hombre en el cosmos?
Nada es verificable, porque la Poesía no es una ciencia exacta y en esto de la Palabra, todos somos pobres. Debemos seguir al Poeta: éste sabe que a través del espejo se arriba al rostro de la noche cósmica, el océano primordial.
OBRAS CITADAS
Vela, Rubén. Introducción a los días. Buenos Aires: Botella al mar, 1953
____Poemas Americanos Buenos Aires: Losada, 1963
____La palabra en armas. Nuenos Aires: Losada, 1971
____El espejo. Buenos Aires: Fundación Argentina para la Poesía, 1979
____Maneras de luchar. Buenos Aires: Fundación Argentina para la Poesía, 1981
____América ed altre epigrafi. Instituto de Estudios Euro-Africanos. París: Lecce, Colección dirigida
por Pino Mariani, 1985.
____Mesa de los pecados capitales. Barcelona: Cuadernos Azor, 1985
| Volver arriba | Ir a siguiente ensayo | |
| Volver a índice de ensayos críticos | Volver a Home Page |