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Juana Alcira Arancibia
Instituto Literario y Cultural Hispánico
California
Según Heidegger, entre todos los hombres, sólo el poeta cumple la función de celebrar las esencialidades del mundo, de transferir por la palabra, para los demás hombres la verdad de su entorno visto como mundo o universo y la verdad del ser hombre, visto como humanidad. (Arte y poesía 95-96). Por lo tanto, el poeta, en cualquier lugar geográfico, asume en sí a la humanidad y la actualiza en creaciones de belleza; su obra es la respuesta a la propia circunstancia espacial -recortada por la geografía nacional o universal- y la circunstancia temporal de su presente por el que detiene en cada poema el devenir histórico de su región, del país y del cosmos.
Rubén Vela, muestra una profunda y amorosa adhesión al ámbito circundante, lo que le permite fragmentarse en cada ser y en cada cosa, penetrarlos y dejarse penetrar por ellos hasta la consustanciación. En su obra se desborda lo nacional y sus referencias abarcan otros puntos del continente, mostrando cómo la literatura abandona el localismo para ser expresión continental.
El sentimiento de lo telúrico ha sido objeto de especulaciones por numerosos ensayistas latinoaméricanos que han sabido interpretar la influencia del telurismo en Latinoamérica. El paisaje modela al hombre y afecta no sólo su índole semántica sino también su sicología y sus condiciones socio-históricas.
Alvin K. Lukashok y Kevin Lynch afirman que intrínsecamente el hombre siente la necesidad de la naturaleza, la cual parece influir hoy, hasta cierto punto “moldear” la vida del hombre. (The subversive science 86). Asimismo el escritor Julio César López comenta:
La tierra no es sólo muda geografía o simple medio de vida, sino fuente de emociones, de vida afectiva y hasta de una cosmovisión. Desde esta vertiente la tierra incita la ensoñación, la imaginación, la visión estética de las cosas y alimenta la conciencia de permanencia en el tiempo de vida. La tierra es, pues, fraguadora de un destino: escultora de una trayectoria en el mundo. (López 11)
Más adelante Julio César López afirma que “la potenciación de la tierra y el hombre como elemento estético, configura un orbe de ficción que universaliza la proyección humana del problema social. ( López 11)
Rubén Vela recorrió su América, la vio, la palpó, se llenó de ella, sintió entonces la necesidad de unirse con la tierra, consustanciarse con ella. El sentido americanista de su obra es precursora en su generación como búsqueda de su identidad. Vela vive su poesía en la que aprehende la realidad circundante. Sus poemas manifiestan esa realidad a través de su temática, imágenes e ideología: “‘Esto es América’, me decían, / mostrándome las altas cordilleras, / …Sólo vi pies descalzos, / …vi desolación. Y, al borde, / las grandes ciudades opulentas, sólo / al borde…” (Maneras de luchar 79)
Como la literatura es un termómetro de la sensibilidad colectiva, las primeras manifestaciones de rebeldía contra el espíritu europeizante, los primeros movimientos del anhelo de diferenciación estética procedieron de los escritores. Pueden encontrarse en cada uno de los países del continente novelistas y poetas que han creado obras en las que palpita la vida de la entraña americana, con sus personajes típicos, con sus ansiedades peculiares.
El americanismo, esa tendencia a acentuar valores que consideran propios de lo geográfico, social y cultural de nuestro continente se esboza ya en el asombro de Cristóbal Colón y adquiere tácita vigencia en los cronistas de Indias. Generación tras generación, los escritores americanos han acudido al paisaje para crear el ambiente adecuado al tema a tratar para externalizar, a través de su contemplación, íntimos estados de ánimo de los protagonistas, y aun para conferirle el papel protagónico. Los ejemplos son numerosos. En todos ellos hay algo en común, la preocupación por una realidad concreta que debe ser modificada y que no pueden desconocer ni como ciudadanos ni como escritores. (Relectura de Rómulo Gallegos 109)
Vela expresa con dolor y firmeza:
Hoy por ti, mi pueblo americano.
Mi raza campesina.
Raza entera de hombres
con los pies en la tierra
y con tanto dolor
como cabe en el mundo.
Para hablar y respirar,
sólo por eso,
hoy por ti, América, mi pueblo!… (163)
Y dirigiéndose “a los hombres de este siglo”, imperativamente manifiesta su mensaje: “Contemplad la Palabra / Leedla / en los muros…” / donde se reclama “el pleno ejercicio del amor, / la libertad inmensa / Buscadla /…” en el “Pueblo…” “Ved la palabra / en ese niño hambriento…” que destroza “en llantos su futuro…” / inalcanzable. El poeta quiere ser escuchado; esta es “Su porfiada esperanza” para lograr la toma de conciencia de la situación imperante en su América. (277-278)
Para Rubén Vela el llamado de la tierra, la fuerza que de ella emana debía subir por su médula, hacerse carne en él y transmutarse luego en poesía. Es preciso hundir las raíces en las entrañas mismas del paisaje y rescatar de él, uno a uno seres y cosas como movidos por el asombro y el deslumbramiento. Siente que es preciso crear como al comienzo. Nombrando y dando vida. Despojándose de todo lo superfluo; penetrando en el ser íntimo de cada cosa evocada en el verbo.
Si por acaso
algún día
olvido la palabra,
si por acaso
—digo—
la palabra me olvida
me volcaré a la tierra,
me llenaré las manos
con barro nutritivo,
con profundas memorias vegetales,
con raíces de pan.
Ya casi arcilla,
ya casi material para alfarero,
ya casi sangre nueva,
savia
que llega del centro de la tierra,
de la desnuda roca del orígen.
Un hombre elemental
en agua, tierra y fuego convertido.
Y en el aire, el poema. (174-175)
La poesía de Vela es vital, original y embriagante. El connubio entre el hombre y la naturaleza, la naturaleza y las bestias, las bestias y el hombre todo está en las páginas de su obra. Sus poemas nos hacen viajeros de la geografía de América, extensa y variada pero siempre con tanto poderío como para empequeñecer al hombre, mimetizarlo o condicionar su estilo de vivir. Así el hombre del pueblo, el obrero, la mujer, el niño, son motivos fácilmente reconocibles en la realidad americana. Pero son motivos poéticos, con carne, tierra y alma hecha ritmos, de imágenes, de palabras, de sonidos.
Crecen las palabras sin su sentido más preciso. Es
necesario encontrar la clave del poema. Dónde está
la belleza? (75)
Por eso la tierra, su América, lo llama como a su ser fundado por ella y le impone el mandato de dignificarla, de celebrarla en el testimonio de la palabra. América, con Rubén Vela, al transfigurarse estéticamente va revelando sus dimensiones más secretas, esas profundidades que no son privativas ya de un lugar y de un tiempo. Con sus poemas intenta interpretar poéticamente la realidad, afirmar sus auténticos valores nacionales y humanos, vaticinar una era de paz y progreso para América y dar una nueva concepción poética: no “vivir de la poesía” sino “vivir la poesía”, consustanciarse con ella, hacerla carne en su propia carne. Es por eso que sus poemas expresan sus vivencias propias, sus más íntimas experiencias, además de reflejar al hombre de América, la América de su tiempo.
Bella Jozef con acierto corrobora lo dicho anteriormente al sostener que Rubén Vela logró captar “toda la grandiosidad de América, en la que el paisaje se funde al hombre, tornándose la poesía independiente de la sumisión a aquella y a lo individual del poeta” y afirma que este poeta “incorporó la poesía argentina al ámbito americano, con poemas llenos de significación humana y social”. (Bella Jozef 392)
Rubén Vela reconoce su destino: su esqueleto sustantivo es la poesía, que es la que lo sostendrá y al mismo tiempo conducirá su vuelo:
…pájaro embriagado
que lanza su grito jubiloso
hacia la aurora. (67)
Vela ha hecho surgir de su trashumancia las imágenes de un mundo como totalidad, y a la inversa, de esa totalidad surge la visión del hombre, sólo enceguecido de inmortalidad. En esa cosmovisión es una sinécdoque el continente americano. Muchos lo han cantado buscando el “ser” americano, pero Vela es el único poeta que le ha cantado con amor raigal:
¡Miradla bien!
Una raíz. Un sueño. (82)
Y más adelante expresa:
Yo trabajo
sólo con mi corazón
para nombrarte,
América! (81)
Bastó que llegara al corazón físico, a la ríspida altura del continente, para contemplar desde allá, con palabras que arrastran inevitables trozos de sí mismo. La magia, el panteísmo, el paisaje y es con esas palabras que redescubre su fuerza simbólica y exaltadora:
No continente.
Isla su corazón
aún olvidado. (77)
Y no basta la palabra, Rubén Vela inventa metáforas para nombrar a América:
Esa música es la fiera que acecha;
esa ferocidad, el asombro mortal
de su belleza. (98)
Si tuviéramos que definir la poesía de Rubén Vela aludiendo a una sola de sus características fundamentales mencionaríamos su capacidad para hacer que el poema medite acerca de sí mismo:
Aparecen las fieras: palabras
Aparece la locura y su arco de luces girando sobre
palabras vivas. Es una flor que grita. Un dolor. La
falta de un perfume. (270)
Y, con voz grave, advierte:
Pero fijaos qué curioso:
sin el hombre
el poema
no es. (306)
Para Vela el amor es uno solo, con múltiples destinatarios, pero en todos ellos hay una carnadura, y un contacto:
¿Y qué mejor que este maíz florecido y carnal, esta
palabra de lejana memoria?
Baila, nombre nuevo y perfumado, que en la noche
te cubriré de amor. (99)
Y con seguridad afirma:
Esta es la piedra viva que fecunda los campos y las
mujeres. (109)
Amor caleidoscópico que se metamorfosea en:
La Gran Madre Callada. (111)
Y luego da la síntesis de todas las imágenes:
Méceme como si fueras mi madre.
Bésame como si fueras mi mujer. (118)
Retorna al “ser” del hombre, a su problemática metafísica, al tiempo y a la muerte:
Estos días
que se deslizan entre mis manos
y mi fuerza no basta
para amarrarlos. (195)
Los poemas de este poeta abarcador y abarcado por la gracia de recrear el mundo y de rescatar el “vuelo” y la “sed” del hombre son el reflejo de la América total y una protesta social a través de la palabra.
En la síntesis y brevedad de sus “Fragmentos americanos”, Vela evidencia su preocupación social y cito un poema compilador de la intuición total de la que surgió su libro Maneras de luchar:
Ella es América, un mutilado nombre,
un cuerpo llagado y su cansancio.
¿Y qué te creías que era el Nuevo Mundo,
y qué te creías que era esta canción?
Pero nuestra fe es más grande. (113)
En este volumen VII de la Colección Estudios Hispánicos, presentamos el estudio de la obra lírica de Rubén Vela, el poeta de América, realizado por 14 ensayistas, quienes logran penetrar en las motivaciones de su obra: su dolorido y esperanzado amor a América, su preocupación social, su lucha en pro de la identidad del hombre y de su inspirada rebeldía.
OBRAS CITADAS
De Feldman, Zulema S.; De Cywiner, María Esther S.; De Kaplan, Olga Ruth S. “Doña Bárbara:
Conciencia americana como contexto social”, Relectura de Rómulo Gallegos. Caracas:
Ediciones del Centro de Estudios Latinoaméricanos, 1980.
Heidegger, Martín. Arte y Poesía. México: Fondo de Cultura Económica, 1958.
Jozef, Bella. “Rubén Vela: Una nueva dimensión en la poesía argentina”, Maneras de luchar.
Buenos Aires: Fundación Argentina para la Poesía, 1981.
López, Julio Cesar. Temas y Estilos en Ocho Escritores. Barcelona: Ediciones Rumbos, 1957
Shepard Paul y Mc Kinley, Daniel. The Subversive Science. New York: Houghton / Mifflin
Company, 1969.
Vela, Rubén. Maneras de luchar (1950-1980). Buenos Aires: Fundación Argentina para la Poesía,
1981.
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