"La poesía es una manera de luchar" Entrevista efectuada por el Diario "La Nación", Buenos Aires, Argentina.
¿Cómo se sitúa usted dentro de la literatura argentina contemporánea? Me siento identificado con la generación del 50, a la que pertenezco por razones cronológicas. Pero sobre todo me incluiría dentro del movimiento de Poesía de Buenos Aires que lideró el gran poeta Raúl Gustavo Aguirre. Se trató de un grupo que abrió muchas posibilidades de vanguardia para la Argentina. En esa década publiqué mi primer libro "Introducción a los días" editado por Botella al Mar en 1953, con un dibujo de Luis Seoane. "Manera de luchar", la antología de mis poesías que acaba de aparecer recoge las obras de aquel período y llega hasta la actualidad, abarcando una carrera de casi 30 años.
¿Qué cambios nota usted en su obra a través del tiempo? Hay un cambio fundamental que se produce entre los años 56 al 60: Es el descubrimiento de América que se da a partir de mi estadía en misión diplomática en Bolivia. Yo era hasta entonces un ciudadano de Buenos Aires abierto a un panorama universal, de tradición y matices muy europeos. Pero desde el momento en que me enfrenté a esa otra América -quizá más esencial- que se respira en una país como Bolivia, se me reveló otro continente: la desolación, el misterio, la magnificencia de una tierra dramática, exuberante, radicalmente distinta de Europa. Y eso, curiosamente, me hizo apreciar ciertos aspectos americanos de Buenos Aires y de Argentina que hasta entonces yo no había sabido ver. Los argentinos pertenecemos a Europa, a la cultura europea, pero también tenemos raíces muy vivas y muy hondas que nacen en el suelo americano y que se desarrollan en Buenos Aires, a pesar de la influencia francesa, inglesa, italiana o española. Esas raíces americanas son las grandes modificadoras de nuestro pensamiento. Los argentinos que nos preciamos de ser tan europeos no lo somos tanto, porque todo lo que nos llega del otro lado del océano lo transformamos de acuerdo con la atmósfera, el pasado, hasta diría el paisaje espiritual de América. De pronto, me ocurrió algo curioso: fue como si hubiera pasado largo tiempo, náufrago, sobre una pequeña isla en medio del mar, y súbitamente advirtiera que esa isla era el lomo de una ballena adormecida. América fue y es para mí una revelación y sobre todo una aventura interminable.
¿Cómo se manifiesta esa incorporación de notas americanas a la herencia europea? El argentino es un ser profundamente renovador de las formas, profundamente creativo. Eso lo prueban las compatriotas que triunfan en Europa. El caso de Lavelli, por ejemplo, que rompe de algún modo con el lenguaje teatral convencional, con una tradición, para continuarla en un nivel más hondo, menos superficial. Y lo mismo ocurre con una pianista excepcional como Martha Argerich, que asombra a los polacos con sus interpretaciones de Chopin. Eso sucede porque no estamos tan ligados a un pasado cultural, como les pasa a los europeos, tenemos más libertad interior para tratar los mismos temas que a ellos les interesan y podemos descubrir en ellos aspectos nuevos, insólitos en cultura europea; en suma, podemos enseñarles a ver lo suyo con ojos nuestros, con una mirada americana. En el argentino se da una conjunción muy fecunda: somos europeos y americanos, y en eso radica la originalidad del creador de estas tierras.
¿De qué modo se refleja todo esto en sus poesías? Siempre me sentí urgido por decir todo lo que me rodeaba, por cantar lo que me conmovía. Pero frente a la música de Rubén Darío, a la exaltación indígena de Vallejos, frente a la pasión de Neruda, ¿qué podía hacer y decir yo? El tema americano no apareció inmediatamente en mis obras, pero ya existía en mi vida, porque yo soy licenciado en antropología y arqueología, y consagré mi juventud a esos estudios. Fui autor de una ponencia que llevó a la restauración las ruinas de Tiahuanaco. La clave de lo que debía hacer con mi literatura me la dio el gran filósofo de las religiones Mircea Eliade, con quien estudié en España. El me dijo que yo no debía tratar de definir o de describir a América en su totalidad, sino de reconstruirla a través de fragmentos significativos. Al hablar de esas huellas, de esas imágenes aparentemente aisladas del continente, iba a poder recomponer el todo. Entonces advertí que no debía utilizar para ello las formas literarias de tradición europea. Recurrí entonces a otros paises, a otras culturas, que me proporcionaron formas mas adecuadas para mi propósito, como los hai-ku. Mi obra es, en ese sentido, casi arqueológica. Mis poemas, muchas veces, no tienen más que una linea. Son un fragmento, una imagen, un sonido, que sugiere un ámbito más amplio, el espacio alucinante de esa pagina en blanco en la que irrumpen mis palabras. Es así una contraposición de voz y de silencio, de canto y de soledad.
¿A qué atribuye el hecho de que muchos artistas americanos, y particularmente los argentinos, a pesar del ímpetu renovador y de la capacidad cultural que usted les atribuye deban dejar su patria o su continente para radicarse en Europa, y desde allí desarrollar su obra? En las sociedades nuevas, como la nuestra, se toma al artista como a un ser marginal. La labor del creador no está medida por la calidad de su obra, sino por su éxito. La poesía es una manera de luchar, sobre todo en América. Un poeta debe siempre combatir contra la marginalidad en que se debate todo artista renovador, pero esa especie de guerra es aun mas cruel en estas latitudes en principio porque el ámbito cultural es más restringido y porque las posibilidades económicas son muy pocas. El desarrollo cultural de un país depende estrechamente de la economía. La literatura del Siglo de Oro español se dio en el momento de mayor poderío de España, así como la literatura isabelina coincidió con el auge de Inglaterra. De todos modos, la poesía argentina es en estos momentos de gran importancia, aunque no tiene la difusión que se merece por razones estrictamente monetarias. El número de buenos poetas argentinos abruma. Todos ellos son luchadores que, como yo, tratan de recomponer, de reconstruir la imagen de este continente. Me gustaría terminar esta entrevista con uno de mis poemas que refleja la inquietud del tema americano, base sobre la que se asientan nuestras creaciones: "El viento de la noche para quien el hombre es un desconocido; su furiosa soledad sin medidas. / ¿Cómo eras, patria de mi patria, antes de llamarte América?".
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