por Nina Thürler
Secretaria de Cultura
de la Sociedad Argentina de Escritores
Rubén Vela ocupa un espacio de privilegio en la poética de Hispanoamérica de la segunda mitad del siglo XX. En 1953, con apenas 24 años, publica su primer libro Introducción a los días, a instancias de Arturo Cuadrado y con dibujos de Luis Seoane. Casi simultáneamente sería invitado por Raúl Gustavo Aguirre a sumarse al grupo de Poesía Buenos Aires, constituido por entonces en el grupo más importante que encabezaba la vanguardia de la poesía argentina. Esta nueva corriente que núcleo nombres que perdurarían en la vida literaria de nuestro país, estaba formada en su mayoría por jóvenes que habiendo bebido en las fuentes invencionistas, futuristas, surrealistas y expresionistas, iban elaborando a partir de esta nueva concepción del lenguaje poético, un discurso innovador, devenido también de un pensamiento de corte existencialista que se venía produciendo en Europa a partir de los recientes sucesos bélicos y de la Era Atómica que comenzaba a surgir y que marcaría con un sello indeleble los destinos del mundo. Esta promoción juvenil interpretaba que la poesía debía tener que ver con la libertad, la dignidad y los valores humanos.
En el célebre poema Liberté, el francés Paul Éluard había fusionado en el espíritu poético el amor erótico y sensorial con el ansia de libertad.
La revista Poesía Buenos Aires, que este grupo publicó desde entonces y hasta 1960, reunió las mejores propuestas de avanzada, en las que se liberaba la palabra de todo intento de subordinación, a la vez que establecía el rechazo a lo puramente romántico del poema. Una nueva estética con una ausencia total de toda expresión enfática y una propuesta de acercamiento más directo al interlocutor, apostando a una mayor fuerza en las imágenes.
Rubén Vela es por entonces uno de los más jóvenes de este grupo y también uno de los más activos. Su excesiva juventud revela ya a un poeta de profundos sentimientos, que por entonces se manifiesta en un tempestuoso, intenso y vibrante amor sensorial, en el que piel y huesos, mente y corazón se encuentran fuertemente comprometidos y se reflejan en su libro Verano, publicado en 1954. Más tarde, enarbolando ese amor, el poeta buscaría nuevos cauces a la infinitud de esa pasión e irradiaría una proyección universalista, en la que se reflejaría una tendencia de fuerte raigambre humanística. Entonces surgirían sus poemas a América (Radiante América, 1958; Poemas Indianos, 1960; Poemas Australes, 1966; La Palabra en Armas, 1971, entre otros títulos).
Vela es acaso uno de los primeros poetas argentinos de su generación que postula una corriente poética americanista. Puede decirse que irrumpe en el panorama de la poesía de Hispanoamérica con una resonancia que parangona tal vez con Pablo Neruda, Vicente Huidobro, César Vallejo u Octavio Paz, aunque sus registros hayan sido marcadamente diferenciados.
Vela ha entrado en la raíz de América con un canto sinfónico que apartándose de lo meramente declamatorio ha elevado a nuestro continente hacia el futuro. Se ha valido para ello de sus diversos conocimientos, no sólo de Arqueología o Antropología (sus especialidades) sino también del aprovechamiento que ha hecho del estudio de diversas culturas en las que se internó, no sólo en las fuentes latinoamericanas, sino también en las africanas, en las antiguas filosofías orientales o en el estudio profundo del Budismo Zen.
Pero tampoco debe olvidarse que ha frecuentado tanto a Platón o Dante como al Siglo de Oro español, no eludiendo el contacto con los conocimientos de orientación chamánica, o las corrientes mágicas que recorrieron América, surgidas del sincretismo producido por las presencias de diversas culturas, de diferentes creencias, religiones, mitos y ritos fusionados y que fueron conformando el rostro de nuestra América actual. En ese universo en que se mezclan lo precolombino y lo reciente ha ido elaborando Vela su discurso poético, ese discurso que ha hecho que Ulises Petit de Murat manifestara que "en sus poemas amanece un ropaje de incendios festejando el comienzo del maíz o grita, abriendo con su grito en el aire enemigo una herida con su mismo nombre, o sea el de la propia América, rodeando al poeta en su entorno y en sus íntimas fuentes espirituales, delante, detrás, por debajo, por encima con su largo nombre".
En la temática de Vela influyó fundamentalmente su estudio exhaustivo de una América que contempló con ojos admirados, bella, salvaje, exultante pero soterrada. Este conocimiento de América surgido de esa mirada profunda y de un sentimiento sólido, religioso y sensorial a la vez -que prendió en él tempranamente y que se acentuó en su andar por el mundo representando como diplomático a nuestro país desde muy joven- le fue aportando un sentimiento de añoranza y de idealización hacia la tierra que amaba y que permanentemente debía abandonar. Ese amor y ese dolor, mimetizados en su sensibilidad, se traducirían en pequeñas joyas breves, translúcidas como gotas de lágrimas, en las que se había filtrado también su aproximación a las formas estructurales de la poética orientalista, que ha llevado a algunos estudiosos de su obra a afirmar que su poesía es asimilable a las formas japonesas del haiku.
Piedra a piedra -poema a poema- Vela fue construyendo una obra que puede ser considerada como componente básico del pilar que conforma el corpus de la poesía latinoamericana.
"Que no me digan/ que escriben simplemente/ que dicen el poema / sin pensarlo siquiera. / Que él nace porque sí. / Es un arduo trabajo / un oficio de herreros / un hacer proletario. / Un cansancio que continuará mañana. / Que no me digan / que se hacen poemas sin sudores / sin una larga y violenta jornada de trabajo. / Tengo las manos como las de un labriego, / duras, gastadas, llenas de poemas. /"
El escritor rumano Mircea Eliade -estudioso de las religiones primitivas (1907-1986), a quien Rubén Vela ha tomado como uno de sus maestros-, dice que "Todo fragmento significativo repite el todo", y Heidegger, en el prólogo a las Poesías de George Trakl, señala que "Todo gran poeta poetiza a partir de una única poesía. Su grandeza se mide por el grado de fidelidad a ella". Entrando de lleno en la poesía de Rubén Vela es posible reafirmar estos conceptos. El fragmento significativo de Vela fue el continente americano. El catedrático, ensayista e importante poeta costarricense Isaac Felipe Azofeifa dice que "la poesía de Vela va a mostramos al hombre que resucita del olvido, con una profunda, religiosa, cósmica cultura incaica". Para ello emplea un ritmo de "solemne reposo, de lenguaje incantatorio y religioso, de invocación y canto, perdiendo a veces su nexo de comunicación social para quedarse con lo más puro de su nervio poético".
La carrera diplomática de Rubén Vela lo ha llevado a residir largamente en diversos países, algunos americanos, otros no; Bolivia, España, Australia, Brasil, Austria, Alemania, Costa Rica, Sudáfrica, Corea han sido algunos de sus destinos. Tal vez su estada en Bolivia, a una edad tan temprana, lo instó a contemplar una América que era a la vez un joven continente sometido y una tierra pujante, con inquietud de virgen, desarrollándose exultante. Una tierra en la que se reconocían las costumbres aborígenes y en la que se habían apareado la pujanza y la nobleza del indígena y del español.Vela traía en los ojos una infancia de cielos transparentes, una niñez y una adolescencia íntegras, extraídas de lo más sano del espíritu del hombre. Llevaba en sus vivencias primeras la visión de los extensos campos argentinos, en los que su abuelo español le había hecho disfrutar de los dorados amaneceres de la pampa santafesina, interpretar el lenguaje de los pájaros, el relincho de la yeguada, el balido indefenso de las ovejas en el tiempo de la esquila, las amplias llanuras recorridas a lomo de caballo, montando "en pelo" en las altas madrugadas, cuando el rocío y la escarcha aún amaneciente imprimen un frescor y un aroma que se infiltra en los poros y se queda en la piel y en los ojos. Esa intensa relación con la naturaleza le aportaría sus resortes expresivos. Toda aquella maravilla entraba para instalarse en el corazón del niño poeta que más tarde contemplaría y amaría a América con un sentido visceral. Para expresar aquel sentimiento de éxtasis y contemplación, Rubén Vela iría cambiando los matices de su voz, ya no sería aquélla que entonaba bellísimos cánticos a exaltación personal, sino que toda su sensibilidad se iría volcando en la preocupación por el ser humano y su dolor se haría intenso en la observación de la vida del hombre americano.
Un rumor de ancestros se había sumado a esta vertiente caudalosa, a través de la lectura de autores hispánicos, ya que, descendiente directo de españoles, tales autores eran lectura obligada en su casa paterna, donde se respiraba un clima de intelectualidad sin artificios. El joven poeta incorporó a su canto la herencia asimilada de la cultura occidental que bebió desde niño, no se debe olvidar que su padre, don Antonio Vela, fue un cantante lírico de proyección internacional y que en su casa se daban cita las más brillantes figuras de la cultura de la época. Con la frecuentación de espacios tan disímiles y tan distantes el poeta se abría receptivo a todos los estímulos, asumiendo una toma de conciencia del entorno que lo circundaba, pero también incorporando una realidad cósmica y haciendo del continente sudamericano una parte esplendente del universo. Es verdad que es en su núcleo ancestral donde debe rastrearse el origen de la voz poética de Rubén Vela, pero es la pampa americana, desnuda ante sus ojos juveniles, la que provoca la magnitud de su canto.
Ella le haría elaborar el lenguaje concreto con que edificaría su obra, que no fue nunca, ni de niño, tarea de improvisación, sino que corresponde a alguien que ha mamado desde las entrañas maternas un sentimiento y una nobleza que se llevan en los genes, en la sangre, o no se encuentran nunca.
El conocimiento y la contemplación de América le hicieron amar a este continente tal como se puede amar a una mujer, con las visceras mismas puestas en los sentimientos. De esa tierra devendrá su estirpe, su linaje, como una continuación de fibras intrínsecamente puras que lograrán sobrellevar la carga impuesta por los tiempos actuales y del que emergerá un continente hasta ahora aparentemente sometido, pero que lleva en sus entrañas el axioma de otro gran poeta, el nicaragüense Rubén Darío, quien decía: "...tened cuidado, vive la América española, hay mil cachorros sueltos del león español...". Rubén Vela es uno de ellos.
El símbolo en la poesía americanista de Rubén Vela
Paul Ricoeur, el gran pensador humanista francés del siglo XX, que unió en su pensamiento las vertientes metafísicas, históricas, éticas y políticas en la concepción de una cultura afín a los tiempos modernos y que ha realizado estudios profundos acerca del símbolo y su conexión con el lenguaje, ha sostenido que el símbolo debe reunir tres condiciones esenciales: cósmicas, oníricas y poéticas. El símbolo en el lenguaje de Vela reúne las tres condiciones que Paul Ricoeur plantea.
Vela ha construido una obra profunda y extensivamente simbólica. El símbolo ejerce una función religante con una realidad que se percibe y se siente. Por otra parte, hay en este poeta una memoria cósmica, onírica, esotérica, y en esa relación la palabra se instaura como una forma de trascendencia, un anhelo de absoluto, un sentimiento de eternidad, donde encuentra cauce la realidad de las fuerzas vitales, lo renovado e indestructible. La riqueza que conforma el aluvión emotivo y el brillante lenguaje poético se enviste de una forma de espiritualidad casi religiosa ante un apocalipsis -revelación- que se constata permanentemente y se refuerza en el pensamiento heracliteano, en cuanto a la continuidad de los cambios, ante la irrupción de todo lo nuevo y la constante visión de la muerte, lo que llama al poeta a un estado de rebeldía, a una ansiedad de lucha, a no quedarse ni ajeno ni sereno ante el carácter destructivo de las nuevas visiones.
Encontramos el sentimiento americanista reflejado en el decir simbólico de Vela que prioriza los pájaros, la piedra, las bestias salvajes por sobre otros elementos o sujetos. Así, cuando se refiere a los pájaros, al concebir una idea de belleza (los pájaros en nuestras latitudes tienen un plumaje de un colorido bellísimo) da también una idea de libertad y ascensión. La voz de los pájaros de América es traducida en el lenguaje de Vela como un cántico de fuerzas espirituales ascendentes, el espíritu alado que eleva a América, eternizándola. Cuando habla de los pájaros de la noche se refiere acaso al hombre de la América que conoce, sometida pero altiva.
Dice Vela: "Canta, pájaro de la noche, que soy inmortal. / Que tengo una sola muerte y luego no moriré jamás./ Viviré en la eternidad de América".
y también: "Ataca, viudo de la noche, pájaro de la arena / Ahora que soy un hombre en celo, un macho sin piedad / Pero su nombre es América, su ternura, su asombro...".
Y luego: "Pájaro negro, cola blanca y en el pico la lluvia...".
En otro poema: "Pájaro sobre piedra, el nacimiento de América".
Y: "Pájaro sobre pájaro y una lluvia de escándalos y promesas". O también: "es la sombra del pájaro que hace nacer el sol cada mañana".
Pero: "No hay que matar al pájaro / hay que atontarlo / luego, lentamente / arrancarle las plumas. / Cuidando que no sangre / que no surja la herida / que no manche las plumas. / La crueldad es superada / por su propia maravilla".No obstante: "Asombro del paisaje / el pájaro baila / en la música del sol. / De su danza nació América /".
También las piedras recurrentes, en el lenguaje poético de Vela, simbolizan, a nuestro entender, la fuerza y la solidez de un continente con profundos arraigos telúricos, pero también el ansia y la seguridad de la supervivencia, el ímpetu de la resistencia, su confianza innegable en el futuro avanzando sin tregua en el camino de la palabra. Y porque sólo la piedra permanece, la piedra preciosa del encantamiento, la de los grandes caciques, la de los sacrificios sagrados, dice el poeta: "Es la piedra de lluvias / el alma de mis muertos".Y reafirma:
Seré una piedra, / Seré el rostro de esa piedra. / Seré la memoria de esa piedra. / Seré la esperanza de esa piedra. / Seré la inicial de un dios / Seré el relámpago de un dios / Seré la sonrisa de una pampa abierta. / Seré la hoja de un maíz. / Seré su flor y su fruto./ Seré el cansancio de un hombre americano. / Seré su sed y su alegría. /Seré un día eterno y memorable. /Seré también América
Se sabe que toda piedra es fuente de diversas energías. Vela conoce estos misterios:
"Con tu acento más íntimo / purifica una piedra / Arrójala a los aires / Que descienda la piedra / con su manto de lluvia / hacia la tierra".
O, "Sólo la piedra conoce el porvenir".
Luego también la imagen recurrente de las bestias, pujando por liberarse de sus cercos. Una especie de visión salvaje, de premonición admonitoria:
"Y su amante furioso / el jaguar de esmeraldas / que abre sus ojos •en Ja noche..."
Y más tarde: "Y en el centro de la noche / los toros salvajes".
En este breve estudio nos hemos referido a algunos de los símbolos utilizados por Vela en su poética americanista, no a todos. Por otra parte el tema de América no ha sido en su obra excluyente, aunque sí primordial. En él, Rubén Vela se ha ubicado en medio de la corriente de la vida del hombre, con un mensaje simbólico -no oscuro- para el hombre de América que vivirá en los siglos futuros. La poética de Vela no ha quedado librada al azar, sino que ha estado atenta a expresar sentimientos ineludibles: la angustia por la América que le duele, también el dolor ante la injusticia, ante el hombre sometido, sentimientos a los que antepone la solidaridad y la confianza en las fuerzas vitales del continente y, a través del poema, proclamar su deseo de hermandad y paz entre los hombres.
Dice: "Hoy por ti mi pueblo americano / Inmenso como un pájaro de alas extendidas / hacia el sol que nunca se pone. / Hoy por ti, mi pueblo americano / por los hombres que nacen desde el fondo del cobre / como orquídeas salvajes".
Y en otro fragmento: "Hoy por ti, mi pueblo americano / mi raza campesina / raza entera de hombres / con los pies en la tierra / y con tanto dolor como cabe en el mundo. / Para hablar y respirar, sólo por eso / hoy por ti, América, mi pueblo".
Vela ha asumido, acaso como nadie, su condición de poeta hispanoamericano. Ama a su continente y le es leal. Lo vio en su identidad, lo comprendió en su desamparo y sumó su palabra de luz al proyecto humanístico de la transformación del hombre. La trágica realidad del continente ha puesto a prueba su capacidad creadora, su compromiso con
la identificación del lenguaje como una forma de trascendencia.
La Palabra y la síntesis en la poética de Vela
Cuando más nos familiaricemos con la poética de Vela, mejor podremos reconocer cuáles son sus elementos discursivos, ya que ha ido fijando desde muy joven cuáles serían las pautas que conformarían su voz. Para ello se ha esforzado en adquirir ese estilo único en que la imagen se hace visible a través de una gran economía del lenguaje. La síntesis -que se tradujo en densidad y esencia- fue la característica definitiva de la obra de Rubén Vela, ya que su ansiedad por descubrir la palabra desnuda, sin artificios ni ornamentos, sin ramazones inútiles, le llevó a un despojamiento de todo lo superfluo, sin por ello restar armonía, ritmo y belleza a lo conceptual. Tarea tomada a plena conciencia de sus logros en la búsqueda de un acento propio, obteniendo como resultado final la perfección del fenómeno estético. El poeta declara que buscó siempre el valor de una sola palabra, exacta, transparente como el cristal, única, que se acomodara en su sitio en armonía con las demás. Y dice:
"La palabra / siempre temerosa del vestido de gala / sobre su desnudez magnífica".
De esta manera cumple Rubén Vela con aquella imperiosa necesidad de Paul Claudel, cuando se exigía a sí mismo: "...Reúne el mundo en un solo verso... en una sola palabra...".
Dice Delfín Leocadio Garasa en su prólogo a Maneras de Luchar que "...Rubén Vela se acerca a la palabra con veneración, con pureza de corazón, sin ánimo de utilización espúrea. La palabra pronunciada con su voz contribuye a restituir al hombre la dignidad de su condición, a hacerlo merecedor del amor que reafirma la existencia de todos y de cada uno". Y en tiempos en que la humanidad, casi en su totalidad, ha ido perdiendo el sentido de lo sagrado, efectivamente nosotros creemos que Vela le otorga a la palabra su carácter sacral, para trasmitir con ella el mensaje que deberá prevalecer por los "vastos desiertos / incendiados por la palabra / infinitos espacios / descubiertos por la palabra / la brevedad humana / salvada por la palabra".
Vela hace que la palabra se convierta en luz y obre como una lámpara encendida en la noche, iluminando la esencia de las cosas. Y esa luz se manifiesta en imágenes interiores, transformando lo que toca. Pero, por otra parte, hace posible que ella opere una función no sólo comunicativa, ya que la palabra puede ser útil también para el encantamiento, el conjuro, el exorcismo, la evocación, la invocación, constituirse en actividad mágica, en fuerza generadora del movimiento y del ritmo, por lo tanto de la vida y de la acción, como señala Corcuera Ibáñez en su libro Palabra y realidad.
El precioso-maldito, ángel de la poesía moderna, Jean Arthur Rimbaud, proponía, exigía "cambiar la vida" a través de la palabra, cambiar al hombre, haciéndole tocar lo más hondo del ser. Rubén Vela, desde otro continente y otro siglo, respalda con su autoridad la exigencia del mágico adolescente alucinado. Nada hay en él tan importante como ese instrumento, tan frágil y tan firme como es la palabra. Otro adolescente, bello, impetuoso y rebelde -Wladimiro Maiacovsky-desde sus estepas heladas y sus veintidós años, ordenaba: ¡Verbo, comandante en jefe de la fuerza humana... March...!
Rubén Vela ha puesto en marcha esa consigna y estatuye a la palabra en el espacio de privilegio, como un elemento primigenio, restituyendo la esencialidad del verbo, mediante una refinada percepción, una agudeza sensorial capaz de trocar la noche de los acontecimientos en la historia de América. Para ello ha hecho uso de un concentrado lirismo, alejado de toda ampulosidad, de toda fatua discursividad, bruñendo los poemas como gemas solitarias, hasta encontrar el brillo último de la perfección en la desnudez y la pureza. Y el símbolo le ha servido para sugerir en forma velada realidades establecidas desde antiguo en el continente americano. (Porque "La palabra en armas / crece /en la garganta de los hombres (...) revienta / en estallidos de pueblos...".) Vela se vale de claves, bellas y concisas simbolizaciones para revestir sus mensajes, para que en las lentes abiertas de quienes deban escuchar se produzca el milagro. "Quien tenga oídos, oiga", sentenciaba el divino Maestro Galileo.
"Si por acaso / algún día / olvido la palabra. / Si por acaso -digo- / la palabra me olvida / me volcaré a la tierra / me llenaré las manos / con barro nutritivo / con profundas memorias vegetales / con raíces de pan / Ya casi arcilla / ya casi material para alfarero / ya casi sangre nueva / savia / que llega desde el centro de la tierra / de la desnuda roca del origen. / Un hombre elemental / en agua y tierra convertido. / Y en el aire, el poema".
A veces, como todo ser sensible, cae en el desconcierto y la duda y se interroga:
¿Para qué sirve la palabra? / Para revelarle al hombre / su perdida / dimensión humana. / O más sencillamente / para hacer mejor al hombre. / ¿Mejor para qué? / Para incendiarse / en esta pasión común / y tan distinta / este ejercicio cotidiano / que se alimenta de amor / a cada instante. ¿Y qué es ese amor? / Es estar en la casa del hombre. / Vivir en la casa del hombre. / Ser ese hombre / Ser todos los hombres".
Vela está convencido de que la sustancia de la existencia puede ser cambiada por la fuerza de la palabra, ya que la palabra poética, gracias a los poetas esenciales, ha abierto los caminos desde antiguo, conduciendo a la develación de misterios esenciales.
En esta época en que la sociedad está acosada por divisiones y fragmentarismos, lo que ha ido produciendo una pérdida progresiva de la identidad humana, un poeta mayor, desde estas tierras americanas juega su rol y asume su función de religante, de anunciante de tiempos nuevos, instando al hombre a aceptar, a asumir y a explotar sus posibilidades, los riesgos y las consecuencias de su condición, de su maravillosa y misteriosa condición humana. Vela ha hecho suyas las palabras de Friederich Hólderlin, quien decía que "el lenguaje es el más poderoso de los bienes".Vela ha escogido sus herramientas y las cuida.
En esta época, en que el mundo parece pertenecer a los soberbios, a los violentos, corresponde a los creadores poner de manifiesto la calidad, el refinamiento, la distinción y la búsqueda sutil de lo esencial, tarea a la que Rubén Vela se ha dedicado de lleno en sus largos años de maridaje con la Poesía, arribando al logro de arrancar a la palabra un esplendor nuevo de sugerencias.
La palabra de este poeta nos hace descender a la realidad, para observar desde allí la dirección que lleva la realización, la cristalización real del proyecto humanístico, que algunos proclaman -decididamente necesario en este tiempo- y que éste vaya surgiendo en armonía, en coordinación, en la correspondencia mutua de que hablaba Baudelaire, para que este cambio se proyecte en el corazón del hombre.
El efecto fónico que causa la palabra en el oído humano se borrará indefectiblemente, pero con seguridad quedará la señal indeleble de su mensaje internalizado en el espíritu del hombre. Por esa palabra, dicha con claridad y extraordinaria lucidez, el hombre al fin podrá encontrar su raigambre, la raíz de su esencia y luchar por su ubicación en el plano que le corresponde.
La exquisita sensibilidad de este poeta le permitirá llevar -con niveles líricos de gran profundidad y vuelo metafísico-al hombre de esta América del Sur a un plano de dignidad, en una región que se presenta convulsionada y conflictiva.
Por todo lo expuesto consideramos que el canto poético de Rubén Vela no podrá ser silenciado. Para esta afirmación sustentamos nuestros dichos en la certeza de alguno de nuestros maestros; Frederich Hólderlin decía: "Wasbleibt, aber, stiften die Dichter" (Lo que dura, empero, lo fundan los poetas.).
Rubén Vela ha hecho de su poesía un mensaje claro, directo, conciso, que deberá recorrer América, trasmutando la realidad que toca, develando su afianzamiento en la tierra, su ligazón con su raza y el encuentro y el respeto hacia sus raíces. Vela conoce el enigma del corazón humano tanto como el del corazón del pueblo, y ha forjado un documento para los días del futuro, con un incesante anhelo de libertad. En esta época de revelaciones, se hace imprescindible que las nuevas generaciones poéticas recojan este mensaje y lo trasmitan, ya que este mensaje dice que América es una realidad que vislumbra un futuro de lucha por un mundo nuevo, por un hombre nuevo.
Publicado en Rubén Vela: Poemas Americanos, Ediciones Eleusis, 2004