2da Parte
Entrevista
CODA 2005
Alberto Baeza Flores

Un testimonio al americanismo y americanización en la poesía de Rubén Vela



Alberto Baeza Flores
Asociación de Escritores de Chile
 


El tema de América tiene un largo andar en nuestra poesía, pero este viaje está lleno de tanteos en la sombra, en la incertidumbre, en el vacío. Sólo en unos pocos poetas el asunto cristaliza con una rara plenitud. El americanismo y la americanización en la poesía de Rubén Vela es uno de esos pocos casos en que la lírica logra una resolución personalísima, de sensitiva inteligencia y acertada resonancia.
Al igual que Gabriela Mistral, Pablo Neruda, Miguel Angel Asturias, Jorge Carrera Andrade, Antonio de Undarraga, Octavio Paz, Paul Claudel, Saint John Perse y otros poetas notables en América y Europa, Rubén Vela ha sido un poeta viajero y un diplomático. A su obra de gran ascendiente continental, se debe agregar la calidad de varios premios con los que ha sido destacado este poeta.
La cita inicial de Maneras de Luchar (1950-1980), tomada de Goethe, es significativa: “El poeta por venir superará la idea deprimente del divorcio irreparable entre la acción y el sueño…” Rubén Vela tiene, sin duda, un claro sentido de la herencia lírica asimilada de la cultura occidental y de la prudencia que la rige pero, aún más relevante, es la profunda identificación de su poesía con la autenticidad de América –su América— desde una perspectiva geográfica y espiritual. Pensar a América, sentirla comprenderla y cantarla desde otras latitudes y escenarios planetarios será su meta lírica.
Maneras de luchar trae una fotografía en que aparecen Nina, su esposa y Rubén en Ouro Preto, Brasil. Nina es el aporte de la visión europea emocional de las raíces italianas y griegas de este poeta –nieto de los grandes pioneros santafecinos, es decir, de argentinos que hicieron de la pampa el universo habitable y deseable; e hijo de un eximio tenor— “la voz de oro” del Teatro Colón de Buenos Aires. Formado en las letras y en las tertulias familiares frecuentadas por Rafael Alberti, María Teresa León, Alejandro Casona, Margarita Xirgu, Ricardo Baeza, y otros grandes intelectuales del exilio republicano español, Vela irá extrayendo su veta de apasionado tono americanista muy tempranamente.
Aunque el abanico de asuntos o ángulos de América en nuestra poesía es muy amplio, cabe destacar tres vertientes que a través de Octavio Paz, Pablo Neruda y Rubén Vela abarcan tres maneras de ser y comprender lo que es sentir a América.
En ¿Aguila o sol? (1940-1950), Paz nombra a Tilantlán y a la Casa de los Sacrificios, de una manera mágica “Hace años, con piedrecitas, basuras y yerbas, edifiqué Tilantlán”; o en “Ser natural” y “Valle de México” encontramos nuevas notas de esta magia primera mesoamericana. Y en “Salamandra” nos araña, también, el misterio (“La otra cara del Señor de la Aurora/Xólotl el ajolote”). Pero a partir de Ladera Este (1962-1968) el misterio se va tiñendo de otros asuntos planetarios y del predominio de la vieja cultura de la India. El poeta como embajador de su patria, conocerá a fondo ese gran escenario, pero el tema de América, en Paz se ha circunscrito en México. Y, a lo sumo, a Mesoamérica.
Rubén Vela, a diferencia de Octavio Paz, nos ofrece un vasto escenario temático pletórico de la presencia americana y muy dilatado en espacio geográfico. Tiwanaku, Macchu Picchu, la Necrópolis de Paracas, Chichén –Itzá y la selva de Beni no son temas tangenciales para Vela. Tampoco lo son las magnas figuras de Viracocha. Moctezuma, Pachamama y Caupolicán.
Paz, en sus breves impresiones, quiere ser fugaz. Vela, en cambio, intenta permanecer, asirse a la simbología americana y profundizar en su cosmología. Ello me parece una diferencia importante en los modos de sentir América. Para Paz, América es México. Para Vela, América es lo preincaico, lo Inca y lo Mesoamericano.
En América y en Europa, Vela ha estudiado al hombre y sus obras; a ahondado en la actuación humana, en la antropología cultural, en la arqueología, etnografía y psicología de las razas. Ha recorrido los caminos de la sociología a través de la antropología cultural y, al analizar la vida social del hombre primitivo, su visión tiene que ser, y lo es, diversa a los enfoques de un poeta como Paz.
A su vez, Neruda es un poeta caudaloso, oceánico, de tempestades, de sacudimientos sociopolíticos, socioculturales y, a partir de Tercer Residencia (1935-1945), tremendo y fortísimo cronista de la política contemporánea en la que ha tomado partido concreto, terminante; y, dado su pasión y combatividad antifranquista, por momento poco imparcial.
Ruben Vela es un poeta vigoroso como Neruda pero, a diferencia del poeta chileno, Vela enfoca a su América desde una emoción distinta basada, a mi ver, en una concepción arqueológica, cultural y humana de una antropología que camina junto a la sociología.

EL ESPACIO Y EL TIEMPO DE AMERICA EN LA POESIA DE VELA

¿Cómo, dónde, por qué y cuándo surge la conciencia de América en la poesía de Rubén Vela? Me he hecho estas preguntas, reiteradamente, mientras leía y releía Maneras de luchar. Finalmente, he conversado con Rubén Vela y ese largo diálogo ha iluminado algunas de mis zonas interpretativas y confirmado algunos de los caminos por donde iban los análisis de esta poesía.
La conciencia de América, en Rubén Vela, no se despertará en Buenos Aires. Es en las experiencias santafesinas de la infancia y de la juventud donde la sensación del espacio y del tiempo de América se transmutará en material activo del recuerdo. Y, luego, en poesía. La pampa santafesina será el espacio planetario ungido por humildes conjuros dispersos en el aire, la tierra y el cielo. La higuera, el huerto, los silencios de la flor, el grillo y el espino, el parral y los cambios de estaciones que lentamente giran le irán hablando de la naturaleza y su ritmo, de la respiración del pecho de la tierra y sus leyes. Santa Fe con su espacio le irá dejando un concepto whitmaniano de la vida.
Rubén Vela conocerá además, el mundo fascinante que le van mostrando los peones de la hacienda del abuelo cuando se reúnen, en las noches, para relatar cuentos de duendes e historias de brujerías y de magia. Ese fabular de terror y fantasías añadirá otra dimensión a la solidaridad con los espacios abiertos a rumores fantasiosos. A vibraciones líricas.
Isaac Felipe Azofeifa no sólo es uno de los renovadores de la poesía de Costa Rica, sino que su más importante y vigilante transformador. Al celebrar la aparición en San José de Radiante América, Azofeifa dirá: “uno está tentado de llamar a este poeta (Rubén Vela), “poeta latinoamericano”, sin más, como a Neruda, Vallejo, Darío, la Mistral y otros que han pasado hace tiempo a pertenecernos por igual a todos los que pensamos que América Latina es una sola Nación de naciones”.
Azofeifa señala y celebra el espacio que en la poesía de Vela y en Radiante América, tiene “la profunda, religiosa, cósmica cultural incaica” y su poesía va a mostrarnos el hombre que resucita del olvido. Ve Azofeifa a la poesía de Vela como visionaria, a “América como realidad geológica y natural en toda su desmesura telúrica; América como asiento de un pueblo cuya historia mítica pervive como un sueño en la piedra de sus templos y ciudades. América con su miseria y su esperanza dividida en dos: una, la profunda, y la otra, esa que se suicida en las ciudades”.
Analizando el aporte, el estilo, el modo, el friso lírico americano de Radiante América, Azofeifa declara: “son unos ritmos de solemne reposo, de jaculatorio, del lenguaje incantatario y religioso, de invocación y canto, y a veces de exorcismo en que el lenguaje pierde su nexo de comunicación social para quedarse en lo más puro de su delicado nervio poético”, y luego, mediante una breve antología para ilustrar sus juicios, añade: “la contribución de este gran poeta latinoamericano es la evolución de la literatura de nuestro continente”.
Rubén Vela en su identificación americana nos llega a decir que su palabra es el maíz. Latinoamérica es “una memoria de violencia”, un hombre partido en dos, una mujer asesinada. Es la imagen que viaja desde un continente en erupción sociopolítica, socioeconómica, socio-cultural y, también, sociomoral. Los volcanes subterráneos son expresiones externas también, y cuando llega la aurora, en las zonas conflictivas continentales “sólo la piedra permanece”, esa piedra que es la de los antiguos sacrificios prehispanos, la de los conflictos que continuarán tiñendo de sangre los enfrentamientos entre dos culturas y dos tecnologías en la Conquista occidental.
El drama económico, político, social, cultural, lleva al poeta a un viril gemido donde desde la angustia aflora la ternura: “Pequeña de tanta muerte, un árbol de pan/ nacía de tus labios”. En esta atmósfera sobrecargada de huracanes, el pez –“bautizado por el aire”- aprende a morir. Uno de los varios dramas de Iberoamérica es su problema ecológico donde en tanta vastedad la quema de los bosques deja heridas interminables y donde una industrialización precipitada y desequilibrada -a causa que Iberoamérica está fragmentada en la política de unidad- deja también los desequilibrios y contaminaciones que se unen a las tormentas sociales. Así, el sol, -mítico, simbólico, en la tierra de Mesoamérica y en las del trópico americano-, “se desparrama con su estruendoso / alarido”.
En medio de estos espacios donde el clima cambia y donde todo parece que se demora, el día es más largo y “la esmeralda vigila con sus ojos de tigre”. Los símbolos míticos viajan con las nubes y los ríos. Como en el dolor de Caupolicán –el indio fuerte y trágico– los cuerpos están encadenados “a la rueda del día”. Y la lluvia desencadena sus metales sobre la selva donde los dioses esperan, y los maíces nuevos vendrán en cada primavera. La piel se cambia en los bordes del trópico . La palabra es, entonces “de lejana memoria”. Lo demás son los mitos que cruzan los ríos como flechas que nadie ve y los dioses callan. Y está el arte, que tiene secretas relaciones con los misterios de la naturaleza: esa mano que dibuja el vuelo de la serpiente, la que grabó el árbol del maíz y esa piedra donde “está escrita / la Historia”.
Siempre los mitos grabados en el aire que pasa y en la piedra que olvida, y Mesoamérica que respira desde el misterio de construcciones piramidales, y desde anfiteatros sagrados y estelas que aun no dicen toda la historia (“La serpiente girando / hacia el centro del mundo. / La gran misteriosa. / Hacia el árbol de esmeraldas / que vive debajo de la tierra”). Siempre ese mundo que inventan los milagros para engañar a los dioses y a los conquistadores , como esa Fuente de la Eterna Juventud. Siempre ese nudo que escucha el vuelo secreto de las noches y que piensa que es “la sangre del pájaro que hace nacer / al sol cada mañana”.
Esta poesía de Rubén Vela, aclimatada a los grandes conjuros y a los ojos del sol y de la luna, ve La Gran Madre Callada, que puede ser la que vigila desde el interminable macizo andino, que es la muralla china, natural, que regaló el destino a América insomne o dormida. Es la creencia de los mitos que el pájaro de la noche cantará porque se tiene una sola muerte y, luego, no se morirá jamás. Y el poeta Rubén Vela se asoma, como desde la soledad de la pampa de Santa Fe de su infancia y adolescencia, “viudo de la noche” para atestiguar el “pájaro de la arena” que cruza. El pájaro es, finalmente el dueño de la muerte, como en mitos muy remotos en el tiempo.
Este breve recorrido, final, era necesario para testificar como Rubén Vela ha ido a buscar las más viejas certidumbres de su América para expresarlas en moldes de una técnica hábil, misteriosa, que no ha olvidado las conquistas y las vanguardias huidobrianas, los patetismos nerudianos, los misterios vallejianos, pero Vela ha conseguido una manera distinta a la de esos poetas del Cono Sur, sus vecinos de la también gran poesía argentina con el metafísico Borges. Vela recurre a los relámpagos de la concentración, de la síntesis, pero los carga no de las sutilidades orientalistas de la poesía de Octavio Paz sino de los golpes oscuros de la piedra de las viejas culturas andinas y mesoamericanas. También, sus experiencias pampeanas, santafecinas, -un nuevo espacio dentro del espacio distinto– no le abandonan y ve a los ríos de su América cabalgando (“Las largas crines son puro río / de asombros”). Son las traslaciones. El fulgor que anima el realismo mágico, del que también participa América, hace arder los caballos “por el olor de la naturaleza”; y lo sutil de las oleadas surrealistas hace decir al poeta: “Yo invento / el incendio de tu nombre”, de una manera próxima a Eluard. Y, también: “traigo árboles a tu ardor”. El mundo santafesino de la infancia asoma, de pronto “Dame el perfume de tu palabra, / tu olor a tierra recién descubierta”. También en el poema que dedica Rubén Vela a Antonio Porchia está presente –de comienzo a fin- el realismo mágico que reitero, es también América.
“De mi raza” nuestra otra característica del tema de la americanización en la poesía de Vela. Se trata de una América, donde el sexo, lo erótico –que viene o va para complementar la naturaleza / donde desde la gota de rocío o la hoja vibra con un acento de Eros– cuenta y canta desde la realidad inmediata de la raíz hasta la fuerza telúrica de la estrella. Y encontramos, también, que la piedra “habitada por el rayo”, sensualiza los ritos de la magia . “Todo o nada” es un poema que gira en el ojo de América como un cosmos de piedra.
La melancolía del Eclesiastés –que está, en algunos poetas nahuatl– viaja en “Poema con pueblo”. El humor, la ironía, en “Poemas con sed” se reparte en símbolos que son también un arma protestataria o contestataria. La sociedad de consumo es mirada en una radiografía, donde también la ironía sentimental es esgrimida.
“No hay luz sin el sudor del hombre” escribe Vela a propósito del ser americano. “El sudor del hombre” es un poema de eficacia social “Amor americano” – poema final – promete que por si acaso algún día olvida la palabra o la palabra lo olvida, el poeta se llenará las manos “con profundas memorias vegetales”, esas memorias que acompañan a Vela desde la pampa-mundo o desde el espacio-pampa santafesina.
En el momento de la elección, Rubén Vela ha elegido el de la contemporaneidad latinoamericana, que es también una temporalidad, un asumir todo el ayer hacia todo el mañana. Sus poemas ahorran, economizan materiales, y quieren ser una síntesis de los rayos y descargas de las grandes tormentas. Desde la dominada y variada técnica ha encontrado una voz suya, original, distinta, testificadora, valerosa y solidaria. No ha renunciado a incorporar lo mejor de la cultura europea a su mundo de poeta latinoamericano, a asumir lo social y lo futuro, desde cuando los pies sobre la tierra, de niño, hacía el inventario de la naturaleza latinoamericana.
Desde Europa este poeta testimoniador, cósmico y metafísicamente notarial, que es Rubén Vela, adquiera una dimensión personal y distinta y da a la americanización de su poesía el valor de lo que nace y muere al mismo tiempo, para volver a nacer en un espacio futuro frente a los desafíos de los nuevos espacios tiempos históricos, entre el pasado y el mañana.

NOTAS

1- Resumen realizado por Nélida Galovic Norris del artículo "Un testimonio al americanismo y americanización en la poesía de Rubén Vela", escrito por Alberto Baeza Flores en Los Arroyos, "Guadalfar" bajo la Sierra del Guadarrama, España. Invierno de 1985
2- Fue Secretario de Pablo Neruda.
3- Rubén Vela accedió a San José de Costa Rica, Centroamérica - donde es Embajador de la República Argentina - a que el 18 de junio de 1983 conversaríamos en torno a algunos puntos de vista míos sobre su poesía, para ahondar algunas de las líneas principales del análisis. La grabación me ha sido de mucha utilidad para este trabajo.



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