Ignacio López-Calvo California State University, Los Angeles
El poeta argentino Rubén Vela abre Maneras de luchar, colección de sus poemas escritos entre 1950 y 1980, con una advertencia: para ser poeta hay que aprender a resucitar y reencarnarse. Gran parte de su poesía podría considerarse de carácter autorreferencial, por consiguiente, la comunicación y el mensaje nacen y mueren sin llegar a abandonar los límites textuales del poema. En cierto modo, el poema puede concebirse como una plaza de toros en que el poeta-torero y su creación poética-toro luchan por descifrarse mutuamente. Como vemos en el primero de los poemas titulado “Maneras de luchar”, que da título a la recopilación, la lucha es ardua e incesante: “Que no me digan / que se hacen poemas sin sudores, / sin una larga y violenta jornada de trabajo. / Tengo las manos como las de un labriego, / duras, gastadas, llenas de poemas” (vv.10-4); cuando el lector espera la frase “llenas de callos”, aparece la significativa metáfora “poemas”. La representación del esfuerzo que significa la creación poética cobra rasgos casi masoquísticos en su obra: el poeta es “ese hombre que se incendia a sí mismo” (“Epílogo” v.1) para luchar contra el tiempo en busca de una verdad metafísica. El autor y su creación se contextualizan y devienen dependientes el uno del otro como herramientas de autoconocimiento. No obstante, el esfuerzo epistemológico queda encerrado en un círculo-plaza de toros que empieza y termina en la primera y última palabras del poema. Con el último verso de cada poema muere su autor y una nueva búsqueda introspectiva nace en el siguiente, esta vez desde un nuevo enfoque; por eso, en el primer poema, “Arte poética”, aconseja: “Aquel que no / mate y resucite / que abandone el / Arte de la Poesía” (vv.1-4). En el siguiente poema homónimo continúa con la construcción de una poética personal, que va naciendo al mismo tiempo que las palabras de cada verso. Allí lleva a cabo una apología del verso cuidado y sencillo, desnudo de retórica vana y adornos superfluos: “La palabra, / siempre / temerosa / del vestido / de / gala / sobre su desnudez / magnífica”. Según señala Bella Jozef, Rubén Vela, como miembro del grupo de “Poesía Buenos Aires”, forma parte del “invencionismo”, heredero del ultraísmo español y del creacionismo del chileno Vicente Huidobro (361). Sin duda alguna, sus teorías siguen de los magníficos versos de Huidobro en su “Arte poética”. Precisamente, debido a la influencia del creacionismo de Huidobro, la escritura o, mejor dicho, la creación de ésta, se convierte en el tema por excelencia de la poesía de Vela. En este sentido sostiene Huidobro en su “Arte poética”, que “el poeta es un pequeño Dios” que crea mundos por medio de sus palabras: “Que el verso sea como una llave / Que abra mil puertas”. (vv.1-2) Si bien es cierto que buena parte de los poemas son autorreferenciales, la coincidencia léxica, simbólica, temática e incluso metodológica, los hace estar en relación interdependiente. De hecho, la perspectiva que concede la lectura completa de la colección es indispensable para descodificar cada poema en el contexto de la evolución de su pensamiento. Si en el primer poema del libro problematizaba la actitud del poeta y en el segundo la técnica poética, en el tercero, igualmente titulado “Arte poética”, Rubén Vela nos descubre el propósito de su verso: “crecer / en / libertad” (vv. 5-7). La escritura constituye, así pues, un acto de liberación individual, una “manera de luchar,” como indica el mismo título de la colección. El acto creativo se concibe como ritual de purificación, como catarsis que emerge con el renacimiento de entre las llamas. La emancipación emana de la meditación existencial, pero también de la inmortalidad que proporciona el legado poético: “Canta, pájaro de la muerte, que / no tengo miedo. / Que construyo una casa con poemas de piedra” (“Mientras canta el pájaro de la noche” X, vv.1-4) La interpretación de sus palabras y de la propia elección de las mismas, le devolverá su identidad, su humanidad y lo salvará de la muerte. Para Jacques Lacan, la única manera de aprehender lo real es por medio del análisis lingüístico y de su significación simbólica. El proceso de escritura ordena la realidad, aunque inevitablemente se pierdan parcialmente algunos significados a causa de las ambigüedades del lenguaje. El don de la palabra nos humaniza y nos lleva, en último término, al amor como respuesta a las dudas ontológicas y autodestructivas que se aprecian en el primero de los poemas titulados “Envío”: “¿Quién me salvará de la muerte / sino el poema, / quién me salvará de mí?” (vv.1-3); en el último verso se ratifica la interrogación retórica: “Por la palabra tengo amor”. Dentro del marco de su obra metapoética, en el duodécimo poema titulado “América”, incluido en Fragmentos americanos, Vela nos descubre los avatares de su disposición creativa: escritura es automática, deja que el fluir de su conciencia avance sin una meta determinada; simplemente surge--a la manera de la poesía surrealista--para comenzar después la labor de búsqueda semántica: “Crecen las palabras sin su sentido más preciso. Es / necesario encontrar la clave del poema.[…]” (vv.1-2). Es en este momento cuando desde el creacionismo inspirado en la obra del Vicente Huidobro, su discurso poético evoluciona hacia las sorprendentes metáforas herederas del surrealismo: “La serpiente girando / hacia el centro del mundo. / La gran misteriosa. / Hacia el árbol de esmeraldas / que vive debajo de la tierra”. (“América” nº25) Siguiendo el lema de Huidobro de cuidar la palabra, en “El cazador” Vela sugiere al poeta que espere paciente para acechar a las piezas (las palabras), en el momento preciso. En la línea, asimismo, del poema “El nombre conseguido de los nombres” de Juan Ramón Jiménez, el poeta elogia el valor del silencio, indispensable para saber la palabra exacta, “el verdadero / nombre de las cosas” (“El cazador” III, vv.14-5). Y es en ese nombre perfecto, en esa palabra donde reside la eternidad, el refugio de su mayor enemigo: el paso del tiempo. El amor podrá esfumarse, pero siempre quedará la palabra con que se nombró el sentimiento. No obstante, el esfuerzo del poeta es desesperado e inútil pues es consciente, como confiesa en el “Poema de las designaciones”, de que los hombres estamos “condenados a no entendernos” (v.2). En resumidas cuentas, para Rubén Vela, la poesía es la dolorosa vía del conocimiento superior, donde los contrarios fluyen armoniosamente para configurar el instante presente y capturar la temporalidad. El verso mejora al hombre, lo humaniza en su función de espejo en el que puede juzgarse en relación con la otredad. Como colofón, en “Ignorancia” ridiculiza a la crítica académica que disecciona el poema y pretende analizarlo palabra por palabra. Resulta paradójico, no obstante, que el poema que cierra la colección comience con los versos “Yo no he aprendido todavía / cómo se hace el poema”, cuando, a decir verdad, la mayor parte de su discurso se ha concentrado, precisamente, en examinar el proceso mental de la creación poética. En realidad, no sabemos a ciencia cierta si se trata de una resignación humilde que confiesa su impotencia o de un cómplice guiño burlesco al lector. En cualquier caso, insiste hasta el último momento en que el poema ha de ser puro y espontáneo, para lo que la escritura automática sirve como utensilio ideal. Sólo después habremos de dejar paso para que las propias palabras impongan su orden lógico y encuentren por sí mismas el camino poético. Pero no toda la poesía de Rubén Vela supone una autocontemplación introspectiva. En un momento histórico como el que le toca vivir, es difícil que el artista latinoamericano se abstraiga plenamente de la realidad circundante. Es entonces cuando aparece el doloroso nombre de América. En el hermoso poema “El sudor del hombre” el poeta se solidariza con el sufrimiento del herrero, del peón y el campesino, para denunciar la opresión que padece el pueblo. Exige al lector, además, que aspire el sudor del sufrimiento ajeno, que se compadezca e identifique con el Otro. De pronto, se adivinan las huellas de Pablo Neruda y de César Vallejo; lejos queda ya el sofisticado intelectualismo de los poemas mencionados al comienzo de este trabajo:
Del que vivió y murió entero en vida sin conocer el nombre de sus jefes. Del que trabajó las cosas y la tierra que siempre eran de otro. Del que no levantó jamás sus ojos y suya era la Luz! (vv.26-31)
Como si se arrepintiera por el solipsismo inicial, Vela llega, en el siguiente poema, a disculparse ante el pueblo: “no sirvo para nada / no tengo siquiera / tu derecho a ignorar / la metafísica” (vv.3-6). Justifica su actitud confesando que él también ha sufrido su parte pero, curiosamente, pronto vuelve a los derroteros de siempre y le pide permiso para nombrarle. En Fragmentos americanos, por tanto, se separa en cierto modo del lenguaje metafísico y metapoético anterior, para adentrarse en la otra gran columna temática de su obra: el cuestionamiento, tanto sincrónico como diacrónico, del ser americano. Para empezar, muestra al mundo su orgullo por haber nacido en América y trata de dar fe de la sinceridad de su verso. Con ello va surgiendo, poema a poema, su simbología personal de lo americano, que adquiere valores míticos. Primeramente, aparece el maíz, representativo de la fecundidad de la naturaleza y del apego telúrico del hombre prehispánico. Después, la piedra, donde reside el alma de sus antepasados, que es simbólica de la resistencia al genocidio o, quizás, de los restos de un naufragio de la Historia. Aparece por primera vez como único sobreviviente de la Conquista en el quinto poema titulado “América”: “tu aurora llagada / donde sólo la piedra permanece” (vv.4-5); también en el vigésimo séptimo: “Con la piedra fijé el nombre de mi raza. / Lo salvé de la segunda muerte, del olvido” (vv.1-2). De nuevo, en el poema “Macchu-Picchu” figura como símbolo del paso inexorable del tiempo y en el “América” número treinta se convierte en guardiana del futuro del continente. Otros elementos simbólicos de lo americano son la selva, como reserva de la naturaleza virgen, no manchada por la civilización; el sol ardiente, como dios indígena; animales, como el pájaro de la noche, que representa la muerte, o la serpiente, frecuentemente enmarcados en imágenes surrealistas; por último, el tabaco y la patata que, junto con el maíz, son productos originalmente americanos. La afirmación de lo americano se refuerza en su enfrentamiento hostil con Europa. En la primera estrofa de “Definición” Vela busca, por negación, la esencia de lo que implica ser América: “América sin el Arco del Triunfo, / América sin el David de Miguel Ángel, / América sin la Venus de Ampurias” (vv.1-3). En la segunda estrofa, por el contrario, trata de definirla afirmativamente: aparece entonces creada--no podía ser de otra manera--por las palabras y versos de los grandes poetas autóctonos como Pablo Neruda, César Vallejo, Vicente Huidobro o los poetas precolombinos, aunque no quede rastro de ellos. Su obra reinventó el continente y lo independizó finalmente de los colonizadores europeos. Pero, lejos de dejarse llevar por el patriotismo ciego, en el tercer poema titulado “América” Vela despierta de la idealización del pasado remoto de su pueblo, para chocar de frente con la triste realidad de las injusticias y desigualdades sociales contemporáneas: “y es de nuevo América / un hombre partido en dos / una mujer asesinada, una larga memoria de violencias” (vv.5-8). El motivo es sumamente reiterativo en su obra. En el octavo “América” repite: “hombre / con su rima fácil: / el hambre de cada día”; en otro poema del mismo libro, se niega a identificar primeramente a América con la naturaleza espléndida de sus tierras como le dicen otros, sino con los desequilibrios económicos, el hambre y la pobreza: “Sólo vi pies descalzos, / criaturas americanas / sobre el hambre y el frío / como frutos desnudos” (vv.5-8). Y, versos más tarde, “vi desolación. Y, al borde, / las grandes ciudades opulentas, sólo al borde…” (vv.11-3). En el mismo contexto, en el decimosexto “América” se lamenta: “Ella cambia de piel en los bordes del trópico. Se derrama en miserias y es entonces la Inmunda, la Madre / de los desperdicios”. (vv.1-3) Sin embargo, por encima de la asunción de un presente trágico, sobrevuela un mensaje de esperanza en su poesía. Vela confía en un porvenir más próspero, cuyo secreto se encuentra encerrado en las piedras ancestrales de los templos indígenas. Una y otra vez, retrocede a los tiempos prehispánicos en busca de respuestas y de la solidaridad continental: ¿Cómo eras, patria de mi patria, antes de llamarte / América? (vv.3-4). Al igual que Miguel de Unamuno en el poema “Ávila, Málaga, Cáceres”, que enumera pueblos con nombres castizos que le inspiran la intrahistoria y la espiritualidad de lo español; o como el mexicano Miguel Lira, quien en 1958 identifica los topónimos de su tierra con la sabia de su pueblo. Rubén Vela, dos años más tarde, ofrece su propia lista de topónimos y nombres de dioses telúricos como la Pachamama, el caudillo azteca Moctezuma, el araucano Caupolicán, el fantasma Viracocha Inca, etc. Allí precisamente, en las palabras, en los nombres propios está la esencia de lo americano. Como punto final, la expresión de su devoción por América llega al paroxismo en “Mientras canta el pájaro de la noche” (XI), en donde el poeta ama tanto a su continente que decide hacerle el amor como si fuera una mujer; su cuerpo postrado cubre los cuatro puntos cardinales del continente. Procede, igualmente, del surrealismo la actitud abierta ante el tema de la sexualidad. Los versos de Rubén Vela vienen cargados a veces de un erotismo con frecuencia violento:
Bébele las sorprendidas palomas de su sexo, florécele sus pechos en poemas, destroza con el más terrible, tierno amor, su piel más íntima. Que se incendie / en urgencias el sol negro que guarda celosamente para ti entre sus piernas. Y ya dentro de ella, ha- bitante de un pueblo que continuará tu nombre, revienta tu enloquecida granada de carne en aguas crispadas y profundas, en aullidos de gozo en donde resida el porvenir, el rostro confiado de tus hijos. (“De mi raza” V, vv.4-13)
Con este apunte termino mi aproximación a un largo ejercicio de psicoanálisis en el que Rubén Vela participa, a un mismo tiempo, como psicoanalista y como paciente. Su herramienta, muy al estilo de Lacan, es su propia escritura, como testimonio de la conciencia de su propia temporalidad. El simbolismo de sus palabras y la misma selección subconsciente de éstas, habrán de constituir su propia lógica que ordene de algún mundo tanto la realidad como su propia identidad. Sus esfuerzos de interpretación de la historia y del momento presente, constituyen, por ende, una herramienta más con la que trata de profetizar su propio futuro.
OBRAS CITADAS
Huidobro, Vicente. Altazor. Santiago de Chile: Editorial Universitaria, 1991. ____. Antología poética. Madrid: Ed. Hugo Montes, Castalia, 1990. Jozef, Bella. “Rubén Vela: una nueva dimensión en la poesía argentina.” Vela, Rubén. Maneras de luchar. Buenos Aires: Fundación Argentina para la Poesía, 1981. (353-98) Lacan, Jacques. The Language and the Self. The Function of Language in Psychoanalysis. Ed. Anthony Wilden. Baltimore: Maryland, Johns Hopkins University Press, 1976. Lira, Miguel N. Obra poética (1922-1961) Ed. Jeanine Gaucher-Morales and Alfredo O. Morales. México: Universidad Autónoma de Tlaxcala, 1995. Vela, Rubén. Maneras de luchar. Buenos Aires: Fundación Argentina para la Poesía, 1981.
NOTAS 1. El ansia de pureza y sencillez llega a su máxima expresión en el "Poema purificador," dedicado a Edgar Bayley, puesto que las únicas palabras que lo componen son las del título; el resto es una página en blanco. 2. "El adjetivo, cuando no da vida, mata./ Estamos en el ciclo de los nervios./ El músculo cuelga,/ como recuerdo, en los museos;/ Mas no por eso tenemos menos fuerza:/ El vigor verdadero / Reside en la cabeza. (vv.7-13). 3. La influencia del chileno se dejará ver de nuevo en la novena sección de "Mientras canta el pájaro de la noche." El poema de Huidobro "Altazor" es la base del fondo y, sobre todo, de la forma de este poema de Vela. 4. "Pero que la salvación/ puede llegar en el poema" ("Tablas de salvación," vv.7-8) 5. The psychoanalytical experience has rediscovered in man the imperative of the verbe as the law which has formed him in its image. It manipulates the poetic function of Language to give to his desire its symbolic mediation. May that experience bring you to understand at last that it is in the gift of the Word that all the reality of its effects resides; for it is by way of this gift that all reality has come to man and it is by his continued act that he maintains it. (86) 6. Además de la influencia de Huidobro, Vallejo y Neruda, cuenta con el ascendiente de la poesía de Borges, especialmente en la temática del poema "Los días": "Si de pronto yo dijese que todo ha pasado,/ que vivimos una repetición de cosas iguales,/ que el nacer y el morir no alcanzan/ a llenar un día/ y que un día lleno es solamente un sueño/ sin gestación ni fin" (vv.8-13) 7. Obsérvense las connotaciones míticas de los siguientes versos pertenecientes a "En lo alto de la alegría": "Para matar el pájaro embriagado/ que acecha a las doncellas/ por las noches" (vv.4-6). 8. Como ya ocurría en Hombres de maíz del guatemalteco Miguel Ángel Asturias. 9. En el poema de Pablo Neruda "Alturas de Macchu Picchu" la piedra trae a la mente del poeta el sufrimiento de los indígenas que construyeron la ciudad. 10.Del undécimo poema titulado "América" en Fragmentos americanos. 11."Pasan los parajes con nombres que suenan a epopeya y que golpean en mi memoria: Tepeyanco, Zacatelco, Panzacola" (429), del libro Itinerario hasta el Tacaná (notas de viaje) (1958). 12.La interpretación de la sexualidad en esta línea cruda y delicada a un mismo tiempo, continúa en otros poemas como "La inocente" o el sexto y el vigésimo séptimo "América."
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