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 | Delfín Leocadio Garasa |
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La poesía de Rubén Vela
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Delfín Leocadio Garasa Universidad de Buenos Aires
Rubén Vela se complace en declarar que se siente integrado “espiritual e históricamente” con la limada generación poética de 1950, caracterizada más por un anhelo de sinceridad, por una serie de planteos compartidos, que por un común denominador temático o estilístico. Entre los anhelos que reunieron a un grupo de jóvenes poetas argentinos en torno de la publicación Poesía Buenos Aires podría mencionarse en primer término la afirmación de su personalidad intransferible, inmersa en su circunstancia histórica, como único medio de acceso a la universalidad, meta suprema de la obra de arte. Tal fue la preocupación acuciante de este poeta, nacido en Santa Fe en 1928, cuya trascendente trayectoria literaria corroboró en sus jalones las pautas liminares. Esta fidelidad, sostenida a lo largo de casi treinta años, se alimenta en napas muy hondas, pues no han logrado quebrantarla una insaciable avidez de conocer las manifestaciones más disímiles del pensamiento y la conducta poéticos, ni el destino trashumante impuesto por su condición de diplomático. Basta compulsar sus preferencias literarias -desde Baudelaire a Whitman, de Eliot a Ungaretti, de Vallejo a Octavio Paz, de Antonio Porchia a José Pedroni, de Molinari a Aldo Pellegrini- para mostrar la vastedad heterogénea de sus afinidades electivas. Y basta leer su obra personal para advertir la pertinacia de principios rectores -autenticidad, contención, pudoroso fervor que estalla a veces en reveladoras audacias, alquitaramiento formal concertador de esencias- a lo largo de sus sucesivos hitos.
El sentido del tiempo y de la muerte
El primer libro aparecido en 1953 se tituló Introducción a los días y supone un espigamiento entre muchos poemas de adolescencia y primera juventud. Son poemas de angustia existencial. A este sentimiento contribuían sin duda sus vivencias en un momento en que su mente alerta discernía nubarrones en el horizonte que su exuberancia vital anhelaba libre y luminoso. No era ajena a su visión una literatura desolada, impregnada de nihilismo, en la que abrevaba su premiosa avidez intelectual. De ahí que su lectura depare la impresión de que la vida transcurre a veces entre pasadizos lóbregos, entre la zozobra y el tedio. No se vislumbra un resplandor salvador, una esperanza que rescate del vago temor que se cierne como una amenaza. El fluir del tiempo es experimentado como disgregación, como inexorable etapa hacia el no-ser. El secular tema de la fugacidad de lo existente en el tiempo es sentido como comprobación cotidiana, despojado de toda reminiscencia artística o especulativa:
Estos días que se deslizan entre mis brazos y mi fuerza no basta para amarrarlos.
Contrasta con tal comprobación el sentimiento de que la vida se alimenta en cauces recónditos, en los que convergen las pulsaciones del universo,
mandando y gobernando las células humanas y vegetales con un mismo amor y un mismo secreto impenetrable.
Es, por consiguiente, el mismo fuego que crepita en los planetas de órbita remota o en el deseo que conjuga las miradas de dos seres. Visión panteísta, paliada por la convicción de que nada está librado al azar. La reiteración de algunos adjetivos -geométrico, algebraico- revela la seguridad (o el anhelo) de un orden supremo, de un paradigma esencial que regule el Todo. Son esos designios superiores -a los que no vacila en identificar con el amor- los que compelen la vida del cosmos, los que restablecen una armonía aparentemente perdida u olvidada. Surgen reminiscencias de connubios de la naturaleza, de fusiones de elementos y seres. Las metáforas apuntan a lo subyacente:
Cuando yo era mar cuando mis ojos lejanos de horizonte besaban tu horizonte.
Los momentos de quietud -de espera- sólo son pausas que el tiempo dispensa en el transcurrir de sus ciclos. Pero basta un detalle fortuito -que presenta en enumeración caótica de heterogénea plasticidad- para sentirse integrado en el eterno deseo que lo arrastra corno una brizna, una ola o un astro. La unión ansiada modifica la sustancia y los accidentes, al par que infunde conciencia de su transitoriedad, de la precariedad de la exaltación acordada. Lo dice en elocuente estrofa en la que la felicidad y el delirio se retacean y la eternidad resulta “pobre” cuando es referida a un ser humano.
Es tan pequeña la medida de la felicidad y el delirio, del amor y de la juventud. que ya no alcanza el tiempo para medir nuestra pobre eternidad.
Se siente a la deriva, pero sabe (o presiente) que finalmente imperará el orden sobre el caos, al menos sobre su caos personal.
Mi caos ha de habitar un orden distinto lejos de la física y de las reglas de oro.
Un orden que no tendrá que ser controlado por lo posible o que coarte la locura o el asombro, sino un orden trascendente regido por la poesía. Cada día le depara la sorpresa de su revelación, la sugestión de su mensaje, antes de insertarse en su torbellino periódico que es compendio o imagen del tiempo o de la vida. Sabe que su vida escapa al eterno retorno de la naturaleza. ¿O acaso se sobrevive de algún modo a la desintegración? Prefiere asumir su responsabilidad de hombre concreto y que el ocaso aceche con su ineluctable obstinación. Introducción a los días es como un preludio que contiene potencialmente la temática de Vela, ya en insinuado rasgo, ya en perfil orientador. Su imaginería poética de cariz visionario, a veces no desprendida de una noble retórica, permite atisbar un trasmundo presentido que sólo su cosmovisión irá deslindando de su nebulosa. Por momentos las imágenes se crispan, como en las calles azules de sus manos o en la descripción del atardecer (un rojo felino / extendido en sus garras). Su segundo libro, Veranos, apareció en 1956. Al final del libro anterior ya se insinuaban nuevas intuiciones poéticas que aquí despliegan su alcance. En Veranos se dará una síntesis de impulsos, muchas veces en pugna en su ánimo, pugna que quiebra su serenidad, como puede advertirse en su expresión por momentos hermética y sembrada de antítesis. La idea de la lucha -del agón que servía de núcleo a la antigua tragedia- se refleja en la primera sección: Poemas en pie de guerra.
Historia de soldado de última guerra.
La ausencia del artículo determinante lo hace al soldado y a la guerra intemporales y los proyecta a un plano genérico, implicado en la enumeración siguiente:
De sol de luna de cuatro estaciones.
Se siente integrado en atávico proceso, surgido de un crisol de fuerzas telúricas y ancestrales. Alienta en su sangre la fuerza vital cósmica. Ello imprimirá sentido a su existencia. Se sabe poeta para alimentar el sueño. Y sabe también que su vida es resultado de un pacto de antinomias -palabra y soledad- que sólo el amor podrá unir en su justificación. Claro que la lucha no se librará sólo dentro de sí mismo. Apunta ya en la poesía de Vela el anhelo de fusión con los conglomerados humanos. Sólo en las creencias compartidas tienen sentido los vaticinios y temores.
Soy mi pueblo, mi raza y mi plegaria.
Sigue el extenso poema definitorio “Escena del prisionero”, en que adoptando una vieja imagen -el poeta atado a su condición humana y social, trabado en su ansia de vuelo- se enfrente con su autenticidad y su destino. “Poesía cósmica y metafísica”, ha escrito la escritora brasileña Bella Jozef con referencia a estos poemas en que el poeta dialoga con su alter ego razonante, el cual se presenta aquí como una especie de bastonero que anuncia y da pie a declaraciones.
Me complazco en presentaros al prisionero de la vida.
Y efectivamente la vida-prisión lo tortura con sus enigmas. Será menester, como en los poetas místicos, internarse en la noche de los sentidos para columbrar atajos por donde rehuir las ataduras. Lo atrae, por supuesto, el misterio, lo indescifrable, lo que no brinda ni exige explicación racional. Su “verdad” impele, aunque ninguna vislumbre conocida lo guíe en el camino que a ella conduce. Sólo comprueba su inerme desamparo,
Me estoy vistiendo ajeno. Nada de lo que tengo es mío.
De su abatimiento brotará el poema, al principio desvalida criatura, aunque portadora de insaciable esperanza y circundada de destellos. Como en la gestación de todo ser, convergerán en su proceso todas las etapas cósmicas y vitales. En su seno se irán compendiando las transformaciones selectivas de las especies. Su afán captador de esencias provocará seguramente reacciones hostiles en el orden sensato. ¿Cómo tolerar ciertas indagaciones de inesperado hallazgo? No es posible usurpar impunemente prerrogativas divinas. Por algo facetas de la realidad permanecen en sombras. ¿Por qué pensar que existen? Demasiadas dudas ponen en peligro el equilibrio mental, al menos el tolerado por los bien pensantes. No es atinado emprender un descubrimiento sin saber hasta dónde se puede llegar. La alucinación acecha en las encrucijadas de las exploraciones demasiado audaces. Es pues menester embretar a los buceadores de lo insólito, a los creyentes en sus propias utopías. Sin embargo, no tardará en identificar consigo mismo las claves del misterio y en percibir la divinidad en sus propios hontanares y raíces, la eternidad en las mutaciones de su cuerpo y el aliento procreador del universo en cada poro y en cada gesto suyos. Así es como su visión penetra las cortezas y asiste
al inmenso crecimiento de las cosas.
Su definición del poeta es una página antológica. Comienza por dos interrogaciones, trasunto de la perplejidad que su presencia suscita:
¿Quién es este hombre que se incendia a sí mismo...? ¿Quién es este hombre con una mano en el tiempo... ?
Es explicable que su condición de profeta asombre, que sus campañas sembradoras de inquietud estremezcan o desconcierten. El poeta desafía a la muerte, ahuyenta su visión grotesca y se empina frente al tiempo en tanto agente destructor de su ímpetu. Sólo él posee el salvoconducto de la permanencia. El poema “Verano” había aparecido separadamente en 1952 y luego fue incorporado a este libro, que lleva su título en plural. Es un poema de punzantes antinomias, cuya atracción nutre un germen disgregador. En sus primeros versos parece plantearse una despedida que se resiste a consumarse, una negación de sentimientos que no osan manifestarse en su franca plenitud. Velados reproches se insinúan en esta confesión, pero la alternancia del pretérito y el presente en los verbos (estás conmigo, nos engañaron, se eternizan, hemos amado) muestran una supervivencia, el reconocimiento de lo que perdura bajo las recriminaciones. Todo parece asociarse al radiante esplendor y a la fugacidad del verano. Un verano se recorta con especial nitidez en la evocación, aquél en que creyó
que en la tierra éramos lo único cierto.
Un verano de olvidos y arrebatos que se pensaron para siempre, un verano de senderos mancomunados e hitos imborrables entre lo perdido y lo salvado:
por qué te amo por qué te olvido.
Es sin duda una confesión de amor, de un amor que en vano procura ocultar la angustia de su ausencia. Aquel verano que los unió en sus espasmos se asociará desde entonces a todo deseo a las radiantes expansiones, a los intransferibles instantes supremos. Claro que no podrá rehuir las desoladas imágenes de los grandes sueños muertos ni de las larvas que vuelcan su asalto a la memoria. Pero se recoge pudoroso en su intimidad, donde se atesoran las palabras no pronunciadas, las caricias inabarcables, los sueños truncos, donde proseguirá implacable la lucha implícita en todo gran amor. En Los días, los días... enfrenta el problema del tiempo, de su tiempo vivencias, de la sucesión indetenible en que sus días se inscriben. Un alto ilusorio en su fluencia permite la mirada retrospectiva sobre la infancia traspuesta, sobre las verdades que parecían inmutables, sobre los espejismos de la libertad, sobre el destino final de todo lo que alienta. Comprende así la raíz de sus insatisfacciones profundas, la no colmada ansia de amor, el reproche de impotencia e insignificancia que le producen sus rebeliones vanas o el arrepentimiento de haberse creído inexpugnable en su caducidad, imbatible en su precario refugio. Tiene al cabo que admitir sus condicionamientos, sus irredimibles dependencias, sus circunstancias apresadoras. Se reitera la imagen del humo, condenado a desvanecerse en un mundo de certezas compactas e impenetrables. Se siente rodeado de incomunicación y misterio, arrastrado hacia incógnitos designios, perseguido de solicitaciones innumerables. Le acometen temores de incertidumbre y frustración, desconfía de los senderos halagüeños de incierta meta, comparte las pequeñas muertes cotidianas. Pero espera compensaciones proporcionadas a su realidad, aunque no sea posible cercenar el mundo entrevisto en sus sueños. ¿Cómo resignarse a la monotonía de lo previsible, de los nombres idénticos repetidos? Si hubiera claudicado a la cordura de lo comprensible, no sentiría la capacidad de creación y recepción poéticas, no seguiría esperando la concreción de su anhelo. Sigue una serie de poemas inspirados en la muerte. En el primer grupo -La muerte y los días- la rala puntuación hace más expansivo el contraste entre el vuelo de su aspiración y los límites de su vida, aprisionada en hábitos y palabras que sirven de protectora guarida. El tiempo se agazapa dentro de su ser. La ilusión de vida disimula su carcoma, hace olvidar los embates y amenazas del abismo, que, sin embargo, cada noche el sueño prefigura. Imágenes insólitas y polivalentes (No olvides quebrar las alas de las palomas que te azotan para no volar tan pronto) acrecen la sugestión. En La muerte y el delirio expresa la extraña fascinación que le produce la liberación del tiempo, implícita en el morir. Llama a la muerte camarada y a su llegada puerto. Aunque no puede dejar de oír sus llamados, no incurrirá en la cobardía de Lázaro, que imploró retornar a vivir un nuevo plazo. Por lo contrario, invoca alborozado el resplandor hiriente y el tañir restallante de su advenimiento. Ella puede rescatar de la indigencia del siglo, del cautiverio que se niega a entrever la libertad o a resolver las grandes dudas. Ve la muerte como única criatura viable, como el horizonte expedito a su sed de comunión con la inmensidad. Su escritura poética se torna más oscura, como si la densidad de su sentir excediera las virtuales connotaciones de las palabras. Pululan las asociaciones metafóricas visionarias (verdes ademanes en el cielo, árboles para vencer los sueños), los conatos discursivos que se deshacen, las invocaciones de fúnebre erotismo, trasunto de la dualidad de su sentimiento, configurador de dolor y de hastío, de ignorancia y revelación, de inercia y duro luchar con las estrellas. Será él pues como el hijo pródigo de la muerte. Su hundimiento será cúspide, sus contradicciones armonías, su anulación nacimiento, su amargo precio recompensa. Podrá así exclamar:
El hombre es pródigo vuelvo a ti como un hijo.
Diciembre se repite expresa el renovado afán en que su vida ha consistido. El final de cada año aporta su vaciedad y abandono,
diciembre es un caballo caracol que avanza, un mes de fuego, una densa agonía.
Mes de balance irresoluto, de incomprensión y de huida, se yergue como un hito que se repite cuando se lo ha traspuesto. Una impresión de transitoriedad se desprende de estos versos de rotundidad desolada. Pero el olvido acechante en cada vivencia es un presagio de lo perdido y las seducciones del mundo ya anuncian la saciedad. La muerte se eriza en medio del tráfago, de la ciudad alienante que sepulta al hombre en su provisoriedad. Existe para él, sin embargo, el escape de la poesía, que lo redime de su pecado de adaptación. Y la exalta con imagen de erotismo elemental y fecundante, como única salvación de la tumba. La soledad será un anticipo del resistente vigor de la presencia de la muerte. Fantasías oníricas se congregan con su vulgaridad y desatino. Lo acompañan desde siempre salvándolo en su prematura fuga de la vida. Pero nunca olvida la atracción de la muerte, que lo esperaba al cabo de albas y promesas. Su belleza hierática parecería guiarlo desde su eterna atalaya. Comparada con ella, vana es la insolente desaprensión de las muchachas en flor. Aunque también la muerte buscará seguramente un amor que la haga sentirse leve. Para él será como una expansión de su ser. Lamenta no haberla encontrado cuando niño, cuando todavía no podía pensarla. Y haber tardado tanto en verla diseminada en el paisaje, integrando cada criatura viviente.
La pasión americana
En la década del 60 se produce en la poesía de Rubén Vela una evolución temática que constituirá importante hito de trascendencia continental. En 1963 publica sus Poemas americanos, en que selecciona composiciones escritas entre 1957 y 1962, lapso de su residencia en Bolivia. Fueron poemas inspirados en su contacto con el Altiplano, en el estremecimiento que suscitaron su aire diáfano y su horizonte abrupto. Y también en la cálida acogida de su gente -un grupo de amigos es invocado en la dedicatoria- que le transmitió su pasión americana. Posiblemente Rubén Vela, como tantos poetas de su generación y medio urbano, se sintió “ciudadano del mundo”, sin reflexionar demasiado en lo que esto significaba. Y así no advirtió al principio que sus raíces tremolaban en el aire sueltas, como buscando el limo donde hincarse y sorber sus zumos nutricios. Fue su estada en el Altiplano lo que le reveló el oscuro redaño de América, la arcilla primordial de que estaba forjado. Así lo ha reconocido la crítica. Francisco Tomat-Guido ha escrito que estos poemas procuran “la reconquista de una carnadura vital que como hombres nos dé una solución de un problema de desarraigo y como creadores nos brinde el poder de expresar a América en la grandeza que le corresponde”. Y Bella Jozef señala a propósito de este libro que “nos transmite la poesía como un territorio, a través de los paisajes, los océanos, las pampas, de esa América inmutable, la misma América agreste y hierática, una poesía de visiones de elementos y de realidades recién descubiertas”.
En la noche extranjera, la Cruz del Sur señala mi esperanza. Allí está mi patria americana.
Cuando Rubén Vela tuvo la revelación del continente americano, intuyó que para cantar esa nueva realidad debía transformar su palabra poética, la cual no podía seguir siendo la misma que había entonado cánticos de exaltación personal o expresado en preocupación ante los grandes enigmas existenciales. Era pues menester alquitarar su esencia para que su voz surgiera en todo el esplendor de su desnudez. Como se dijo en la revista Índice (Madrid):
Estos poemas admirables se caracterizan por su brevedad -Juan Jacobo Bajarlía los asocia a los haikus japoneses- son antiretóricos y sintéticos. El poeta los presenta desnudos de hojarasca, reducidos a su esquema significativo, que es también emocional.
La palabra siempre temerosa del vestido de gala sobre su desnudez magnífica
Había para el hombre y el poeta llegado la hora de la verdad. Claro que antes debía definir su objeto: ¿qué era realmente América? América se aparece al extraño, a veces nacido en su suelo, como grandiosa y aniquiladora. “Geografía delirante, pasmosa inmensidad”, ha dicho Fernán Diez de Medina. A primera vista, América era la ausencia de todas esas cosas prestigiosas y remotas de la tradición cultural de Occidente. Aquí no se ostentan los vestigios venerables con que los hombres de otras latitudes pretendieron desafiar la muerte, porque América está llena de Dios, América ha debido dejar que la sangre de sus venas brotara a borbotones, como un inesperado manantial entre las rocas, para que los poetas descubrieran su cauce. En su raudal abrevan sus grandes bardos: Neruda con su canto cósmico, Vallejo con su lenguaje castizo, Huidobro cuya inspiración supo sacudirse de ataduras exquisitamente exóticas. Esa fue América, tierra de armas cruentas y de ritos cuya filiación se pierde en el caos anterior a las cosmogonías de los hombres. La palabra poética de Rubén Vela tendrá el sabor agridulce del grano elemental y crepitará en su boca como las masticaciones de la tribu. El maíz y la papa, el marlo henchido y el tubérculo saciador, tal cual los entrega la tierra generosa, serán alimento de su vena poética. En estos poemas la luz se eleva a alturas cenitales y las noches penetran como puñal desgarrador. Sobre la tradición se cierne una larga memoria de violencias, urdida de inenarrables atrocidades, más antiguas que los escalofríos que producen en las pieles sensibles. El choque de los sexos prorrumpe clamores jubilosos en su exuberancia secular y los pájaros lanzan al sol naciente el altivo desafío de su trinar. Reinan en ellos otras escalas de permanencia y de tránsito, otras pautas de extenuación y de esperanza. No ha escatimado por cierto América el milagro de su fecundidad. La copulación del sol y de la tierra ha sido pródiga y ningún brete ha detenido el trasvasamiento de sangre que impulsa todo acto de amor. Del fuego genésico han brotado abundantes frutos. Y también el canto del hombre, desbordado de acuciantes apetencias. Eso es América -propone Rubén Vela-, a la que hay que propiciar como a diosa esquiva, ablandarla con la promesa de comunión. Su fecundidad se reafirma en cada muerte individual, pues no se interrumpe la vida. Aunque la noche se pueble de temores y riesgos, siempre se producirá el reencuentro con el surgir vital de la aurora. América se sustrae al tiempo. Ni siquiera puede pensarse en su índole primigenia, en su etapa anterior a la historia y al nombre. Pero el poeta creará la fórmula de su conjuro, invocará sus manes cercanos, contemplará su floración inagotable, recibirá la estridencia de su policromía, paladeará el cosquilleante sabor de la fruta, se extasiará ante su fauna menuda e intimidatoria útil o feroz, ante la llama flexible y remota, como una princesa india desterrada de su forma, ante el guanaco huidizo, ante el cóndor señor despótico del espacio, ante el puma indoblegable, ante la vicuña de mirada inocente. En la poesía de Rubén Vela animales y vegetales cobrarán presencia y símbolo, se revestirán de mítica proyección, como esos toros salvajes, en el centro del mundo, imagen de la bestia arrolladora que pugna por embestir desde su cubil. O como el sol rasgando las tinieblas, o el pez volador que sucumbe en su ascensión. América no se agota en su paisaje, en sus cordilleras empenachadas de nubes o en sus ríos de colérica corriente. Y aquí aparece la preocupación social en la poesía de Vela. Al principio sólo se manifiesta en enumeración escueta, en esbozos dispersos en los que se distinguen miembros tiritantes y miserable desolación, cuya vecindad con la riqueza hace más inicua. Sin embargo, no tardará en comprender que allí imperan otras escalas axiológicas, pues se trata de gente hermética, hosca, doblegada en su perpetua cavilación. No es fácil descifrar lo que centellea en sus ojos asiáticos. No parecen transitar por el tiempo real sino por el tiempo mítico. Hay una intensa fusión entre ellos y su paisaje. De ahí su magia y su inocencia, su participación en la hoguera cósmica y la impenetrabilidad de su silencio. Seguirá una serie de homenajes: a la hospitalidad generosamente materna del continente todo, ansioso de ofrendarse,
América mujer total, alimento y alojo del hombre.
A este amor de América sólo puede responderse con la unción con que se musita su nombre y con un no regateable sentimiento que no claudique en el correr de los días. De pronto ese sentimiento de América se concretiza en mitos, en rostros, en paisajes mutuamente compenetrados, en Viracocha, el dios creador de la máquina del mundo que al concluir su obra se volvió promontorio y árbol, trueno y susurro, en la ciudad de Machu Pichu, exhumada en la paciente reconstrucción de su propio sueño. O en Tiwanaku y sus moles megalíticas, cargadas de leyendas, cuyo origen se pierde en los vagidos prehistóricos. O en el cementerio de Paracas o de Purmamarca, donde la muerte aparece tan irreparable que se anula a sí misma y se confunde con una resurrección. O en la selva titilante de pupilas que acechan desde su impenetrable verdor. O en sus leyendas de amor y muerte, de iniquidad y sortilegio, de martirio y milagro. O en la Pacha-mama, la amante del Sol, engendradora de toros indómitos que embisten y de bueyes que roturan. Los Poemas australes de 1966 prosiguen la pulsación temática iniciada en el libro anterior. En su epígrafe proclama su sinceridad y audacia:
Mi voz viene de adentro de lo interior del alma y no tengo vergüenzas.
En su inicial Arte poética el despojamiento verbal se acentúa hasta la penuria. Todo parece consumirse en el fuego que late en la palabra. Pero aunque este fuego se extinga, el ardor perdura, pues -como la imagen poética- se alimenta de sí mismo (según lo expresa la forma reflexiva del verbo: incendiarse) y expande libremente su inextinguible llama. Tal será su lenguaje para evocar a su América desde su antípoda -Australia, residencia del poeta a la sazón- tan remota y tan pródiga en reminiscencias, en ecos y aromas de calidez carnal. Allí su sensibilidad exacerbada detecta estímulos por doquier. Los vestigios de una estatua lo llenan de estupor. Representa una deidad inexplicable, un joven rostro maternal y una virilidad rampante. Ante su contemplación acuden imágenes de sosiego familiar y también turbadores íncubos, siempre agazapados en su intimidad. Entre ellos se perfila, en antológicos fragmentos, otra vez, la visión de América en resurrección gozosa, triunfante siempre en la muerte. América revive en las voces escondidas dentro de sus ídolos de piedra y en sus altares, en los dioses en quienes sus adoradores quisieron perdurar. Ya se presenta en un cuadro tropical de sórdida indigencia, ya en la rijosidad premiosa de sus hombres, ya en la permanencia inconmovible de sus anhelos o en soles abrasadores que trasponen las arbitrarias demarcaciones del tiempo e iluminan con su fulgor el futuro. Todo en Rubén Vela retrotrae al soplo engendrador, al gran demiurgo en cuya mente anida desde siempre el diseño de su naturaleza palpitante. A cada momento es como si los abismos alumbraran criaturas inesperadas o expelieran poderosos efluvios. Persiste en estos fragmentos la imagen de la serpiente, la gran misteriosa, el monstruo que ceñía el orbe en las antiguas cosmogonías o se enroscaba más tarde en el árbol de la tentación. América, con sus caudales pletóricos de gérmenes fecundos, sus estrepitosas armonías, sus trinos celebrantes del amanecer. América es, sobre todo, la filiación entrañable del poeta, la que lo sobrevivirá en su estirpe, la que lo iza altivo y violador frente a la hembra dócil, la que cobija en su seno los seres que lo precedieron, la que refulge su ferocidad en las tinieblas, la Gran Madre Callada, descanso y protección, regazo y consuelo, garantía de perpetuidad y cumplimiento de los vaticinios.
seremos siempre jóvenes y no habrá otra memoria que la piedra.
Una breve sección de estos “poemas australes” está dedicada a los pájaros, símbolos de lo durable en su fugacidad. Una pluralidad ornitológica revolotea en cadenciosa enumeración, despunta sugestiones regocijadas o fúnebres. El sesgo de sus alas se remonta a iluminadas alturas, inscribe un signo incandescente en el espacio. El pájaro se regodea en su nido, bate su plumaje sonoro, se confunde con la luz zigzagueante que cruza el firmamento. El susurro de presagios alentadores o siniestros, pues en él se contienen y sintetizan la serenidad y el vértigo. De pronto se expresa claramente la vinculación del tema del pájaro con América:
Pájaro sobre piedra. El nacimiento de América.
Como si el ave hubiera sido una figuración heráldica, un emblema del eterno renacer de las cenizas. Rinde luego homenaje a Ricardo Güiraldes. Lo evoca desde sus itinerarios lejanos recortándose entre eucaliptus, rebaños y tropillas, bajo un cielo que dilata el horizonte en la tarde iluminada de Areco. Pídele como a una divinidad telúrica la inspiración de su palabra monitora, impregnada de esencias crepitantes. Al pronunciar su nombre es como si de su boca brotaran llamaradas. Siente a la distancia la afinidad profunda que lo une a su memoria, las imbricaciones raigales en que se nutre su mutuo fervor. A su conjuro se cierne la pampa, dueña de la luz, a la que pide le otorgue el supremo refugio.
Déjame habitarte en tu muerte más profunda.
Por eso vibra con el gran escritor su emoción y aspira a tocar el cielo con su acento. Siguen otros homenajes: a Alfredo Martínez Howard, en versos de palabras desgranadas como las cuentas de un rosario profano, versos en los que valora su amor desinteresado a la belleza que lo colma de dicha inefable. A Alberto Hidalgo le señala su prosapia americana, fraguada en ritos y sones. A Antonio Porchia lo compara con un jardín sembrado por el tiempo, cuyas flores nacen de sí mismas y no se marchitan en su transformación. A Oliverio Girondo prefiere exhibirlo uniéndose al Coro de su corte de milagros, incorporándose a su aquelarre cósmico. Pero América no es -como ya vimos en el libro anterior- para Rubén Vela sólo un paisaje repetido en su eternidad, en un árbol totémico o un árbol tutelar. Por eso impetrará en verso con ritmo de letanía al pueblo americano -mi pueblo americano- a los hombres urgidos de su tierra, a la raza dolorida cuyos suspiros son los mismos que exhala su pecho:
Para hablar y respirar, sólo por eso, hoy por ti América, mi pueblo!...
Sobreviene entonces una nueva arte poética -u otra faceta de la misma arte de siempre- en que se invita a cohabitar con el pueblo, a la entrega complaciente a la avidez sensual del pueblo. Sólo de ese connubio violento cuajará el poema. Cantará pues al hombre sudoroso, cuyas axilas rezuman su esfuerzo, a los oficios -albañiles, herreros, peones- que arrastran la amarga insatisfacción de su sacrificio o el pesar de las injusticias, de las postergaciones y olvidos, de los sojuzgamientos y expoliaciones en su propia heredad. Se identifica con ese pueblo en el dolor compartido, no quiere que su inutilidad o su vano saber lo excluyan de su seno redentor. Comprende que el pueblo desmiente el sic transit que los seres individuales llevan inscripto en su destino. ¿Qué quedará -se pregunta- de la apresurada fusión de los cuerpos, de las desnudeces estremecidas, de los nombres musitados en el éxtasis amoroso, como si al pronunciarlos se quisiera impedir su disolución en el tiempo? Quedará para él sólo la abdicación de sí mismo y su oblación al pueblo, la reintegración a su crisol bullente y creador. Será como la lluvia que se vierte en la tierra para que de su unión seminal brote la vida. En sus Fragmentos de América se insiste en la imagen del pájaro. Vuelve aquí el pájaro nocturno a proferir su canto augural, porque
Es su música austral, la voz de sus pájaros de noche,
y el balbucir el nombre de América es como un fervor misional, porque al pronunciarlo la tierra se ofrenda complaciente al peregrino agotado, exhausto de recorrer caminos ajenos. De su unión con la tierra el poeta que es Rubén Vela saldrá renovado. Ya ni su nombre ha de ser el mismo. Se ha efectuado un nuevo nacimiento, envuelto en humores resplandecientes. La tierra americana lo acunará junto a su seno, lo cobijará en sus brazos protectores, lo iniciará en los primeros embates del amor, le enseñará a seguir el rumbo de sus estrellas. Además le infundirá identidad y designio, lo situará entre un pretérito inamovible y un futuro de esperanza, le dará esa forma ilusoria de inmortalidad que el continente americano transmite a sus hijos fieles, a los que se sienten atributos de América, piedra maravillosa, indicio divino, fruto epónimo, fatiga y gozo y recuerdo de América. Adquiere así esa desafiante certidumbre ante el vaticinio infausto, esa seguridad de permanecer en medio del fluir de las cosas, adherido a América y de ceñir con sus brazos y su vientre y sus ijares y sus muslos y sus pies el continente americano en un interminable y gigantesco espasmo de sublime lubricidad.
Que soy un hombre en celo, un macho sin piedad.
Siguen los relatos de leyendas vernáculas, parábolas desprendidas de teogonías americanas. Inti-Poma, guardián del templo de Tiwanaku, de acrisolada castidad, conservada con tan viril empeño que su atributo genital mutilado servirá de afrodisíaco, el juez Quispe, que no se atrevió a hacer justicia porque no pudo inclinarse hacia el sentimiento o hacia el deber, que luego salvó el Imperio de la crueldad del invasor y murió en la miseria encaramado en la cumbre nevada del Illimani. O el profeta Huanca, el viejo condenado a la hoguera por anunciar el advenimiento de un dios racional que desplazaría a las fuerzas naturales. O Chura, el enterrador necrófilo a quien los muertos transmitieron su sabiduría. O Huascar Xuma, el Pitágoras del Altiplano, que quiso reducir al Número las deidades inacabables y a unas pocas formas simples -la esfera, el triángulo- el caos abigarrado de la naturaleza. Admirable es la historia de Manolito, quien no es sino Jesús, cuya vida, pasión y muerte es objeto de una peculiar versión del Altiplano, según la cual se superponen tiempos y se funden episodios. De él emana la fe ingenua de las hagiografías primitivas, con sus seres inmersos en el milagro cotidiano.
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Identidad a través de la poesía
En 1969 Rubén Vela publica Los secretos, poemario en que se asoma al misterio elemental, cuya hondura puede pasar inadvertida entre artificiales fulgores o ser desviada de la atención común por la ruidosa mise-en-scene de la vulgaridad, representada aquí con imágenes de la burocracia. Una de las funciones de la poesía es precisamente la de restituir al hombre su verdadera identidad o al menos incitarlo a que la busque perplejo o sediento. Quien alguna vez vislumbró el destello revelador, no olvidará tan fácilmente la fórmula mágica de los salvadores conjuros. Por eso afirma:
con la memoria del deslumbrado repetiré los nombres de todas esas cosas que nos salvaban de morir.
Quizás esta inmortalidad consiste en reencarnaciones sucesivas, en imprevisibles avatares que liberan de la tiranía el tiempo. El poema “El inmortal” en prosa rítmica despliega imágenes de arrebatadora sensualidad -resplandores de pedrería, aromas exóticos, acordes inéditos-, pero una ráfaga letal corta bruscamente la fantasía seductora.
una flor madura, una lepra espléndida.
Muéstrase aquí uno de los rasgos estilísticos de Rubén Vela, el que la vieja retórica llamaba oxímoron o pareja antitética de sustantivo y adjetivo: la madurez de la flor inicia su destrucción y también la carcoma puede arrancar la admiración del refinado esteta. Estas imágenes antitéticas son distintivas del barroco, pues, como bien ha señalado Bella Jozef, el despojamiento de esta poesía no impide cierto barroquismo. Los poemas que siguen tienen un sesgo enigmático, propio de una poesía “descubridora y virginal”, según dijo Guillermo de Torre En “La inocente”, dedicado a Alejandra Pizarnik, la inocencia acosada sucumbe al asedio de la ferocidad voraz. En estos poemas se alude a personas concretas, sin duda las nombradas expresamente o indicadas con iniciales en las dedicatorias. A veces son alegorías funambulescas, como “En silencio”, en que se destaca una mano en la que se sitúan los órganos de la percepción (ojos, labios, oídos). O es una serpiente gigantesca que engulle sus víctimas y las sepulta en la desmemoriada intemporalidad de su vientre. O es el hombre despojado, que se yergue en el amanecer de la ciudad que lo amó y hoy está diezmada por la muerte, la ciudad a la que ahora sólo lo une el espanto. Una clamorosa angustia se retuerce en “2 poemas con sed”. Allí se conduele de aquellos cuyas entrañas están resecas y satisfechas de su esterilidad, sin implorar por la vivificante agua sagrada que puede resucitarlas. No hay remedio para
El hombre que no tiene sed, ¡que no tiene sed! ¡que no tiene sed!
O de aquellos que desde el apoltronamiento de su poderío manejan el tinglado del mundo, olvidados de que sus títeres son hombres. La serie “Del poema” nos remonta a una metapoesía. El poetizar se convierte en objeto y es visto como un esforzado hacerse, no como el imprevisible e inconsciente dictado de una voz ajena. Prefiere compararse a un herrero, un proletario, un labriego de manos duras y cansadas antes que a un dócil vertedero de oscuras fluencias.
Que no me digan que se hacen poemas sin sudores, sin una larga y violenta jornada de trabajo.
Para que el poema salve -como tabla en naufragio- no basta dejarse mecer, es menester luchar, no esperar su instante sino conjurarlo con toda la fuerza de su ímpetu. La palabra se muestra y se escabulle, pone velos sobre su resplandor, se sepulta en las tinieblas y resiste a renacer, aunque se sepa que está viva entre nosotros. Sabe que el poema tiene un alto precio y la libertad del poeta sólo se logra al cabo de una pasión expiatoria. No es para él un secreto que el dolor y la zozobra forman la savia nutricia del poema, que muchos desgarramientos atormentan su origen, pero
es poco precio, sin embargo, para tanta alegría. Para su amor verdadero.
Se pregunta incluso azorado por su culpa y por su sacrilegio. Pero asume finalmente -en imágenes de hondo sensualismo- que así como el sol triunfa sobre la sombra nocturna y el amor sucede a sus vanos simulacros, no habrá para él desasosiegos en su posesión de la belleza,
La belleza del mundo que me pertenece. Que hago mía cada noche.
Sólo lamenta quizás un sentimiento de soledad en su entrega, un recelo inevitable de sentirse escindido por la poesía, la que no admite copartícipes en su culto. De ahí el martirio que atormenta y depura, que enclaustra y hace vencedores en la batalla con las palabras que es menester domeñar, plegar con rigor a su designio. No le faltará ilustre compañía de poetas en su denuedo. A ellos los invocará en poemas de inspiración surrealista. Estos poetas son Delmira Agustini, la perpetradora de súbitas metamorfosis, la que aspiró a una posesión absoluta, la misma que buscó Alfonsina, cuya boda cósmica con el mar le provoca un escozor de culpa y una misteriosa comunión con los seres inesperados que lo habitan. O es Roberto Arlt para quien el tormento se había convertido en hábito. O aquel enfant diabolique y seductor, Rimbaud, que vivió una muerte diariamente postergada, vislumbrada con insaciable ansia. O Kafka, perdido entre pesadillas profundas, confundidas con su tiempo vital. O Dylan Thomas, enhiesto ante los embates y las antinomias del mundo. Sigue un Poema purificador, distribuido en series concéntricas. El joven poeta siente que el mundo es suyo. Su Patria entera es la poesía, porque de él parten y en él convergen todos los rumbos de la aventura humana. Pero la poesía está cruzada por senderos muy transitados o de incierto destino, recorridos por seres comunes o por el exquisito buscador de novedades. Difícil le será evitar los convencionales halagos de los falsos profetas consagrados. O de los que protestan con la mejor intención contra una sed de expansión (los amores indebidos, las altas horas de las madrugadas, los misterios del día) para ellos insólita. Sólo piedad le merecen estos detentadores del orden establecido. Él ha preferido subordinarlo todo a su libertad (canto a la libertad y al poema, sin preocuparme de ser condenado luego por toda la eternidad), ha optado por asumir los riesgos de la libertad, apostar por la poesía pues se siente depositario de un legado secular. A su hijo -aún entonces no nacido- dedica el “Poema inocente”. El hombre y la mujer se revelan como un eslabón en el inmenso circuito de la vida. El estremecimiento del placer compartido desafía a la muerte. Es como si un mundo brotara en cada estallido del amor. Cada nuevo ser reproduce la filogenia y la cultura, compendia la gracia y la avidez de sus progenitores.
Mi hijo tendrá de su madre la sonrisa mi hijo tendrá de su padre la sed tendrá de los dos la vida tendrá de los dos la muerte.
Y de sus enigmas sin respuesta forjará o descubrirá el Ser Supremo, que llenará lo invisible y rescatará del dolor de vivir. A ese hijo envía este libro de poemas cuya calidez le deparará indulgencia (¿Cómo me perdonarás?). A ese hijo dirige su poema “Canción al hijo que duerme”, erizado de cavilaciones responsables por haberlo traído a un mundo donde cada día es más cruenta la lucha por el hermoso pan en libertad.
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Vida y palabra
Su libro siguiente, La palabra en armas, es de 1971 y asume desde su título una actitud combativa. No parecen complacerle al poeta las armónicas delicuescencias, esa poesía enervante, infundidora de grato letargo. La prefiere maza, ariete, feroz catapulta contra los predicadores del conformismo. No se resigna a que su poema sea un inofensivo deleite, un protector refugio del azoramiento. Eso sería subestimar el poder belicoso de la palabra, no querer escuchar su clamor, desoír sus vociferaciones reivindicatorias. El poeta no puede abdicar de su instrumento cuando el espectáculo del mundo requiere su acción redentora.
¿Sumiso, manso, domesticado el Poeta?
-se pregunta retóricamente-, interrogación que ya implica su rotunda negativa. Claro que la palabra no tiene por qué manifestarse en estridencias, ni siquiera en cadenciosas sonoridades. El poeta confiesa haber forjado su tabernáculo familiar sobre el silencio y la soledad compartida en el estremecimiento amoroso.
Hemos hecho crecer ese silencio en la sed de nuestros hijos.
Sigue una serie de subtítulos reiterados, en los que se patentiza la virtud transfiguradora de la poesía. Testimonio autobiográfico de la alquimia del pecado en materia sacramental, ascenso desde el abismo infernal a la contemplación de las esencias. En su vórtice interior se arremolineaban tinieblas, bullían miasmas insondables, se agazapaban tristes concupiscencias, pero también hay un impulso salvador, un instante de mágica transformación en que escucha dentro de sí "coros de ángeles” y las cosas en torno irradian con nueva y más pura luz y los hombres empiezan a percibir su mensaje profético. Por sus obras será juzgado. No por la raigambre oscura en que se nutren. Vano será negar la misteriosa voz que dicta su conducta poética y que desde lo más secreto, desde los no nacidos espacios profundos de mi ser, ha ordenado la Palabra que determinaría su índole y su camino. A medida que el poema avanza, crece su intensidad, su violencia animadora se trasunta en imágenes de abruptas aristas, en términos denotadores de implacable rudeza. Se abjura de sentimientos suavemente tiernos, para que resurjan templados y vibrantes como de un encendido crisol. Sólo así logrará que las criaturas del amor -incluso del amor cotidiano- se ciernan como inmarcesibles deidades, no acometidas por las dentelladas del tiempo. El poema destella en alusiones de perfección, de victoria, de eternidad. Claro que no ha decidido él esa elección que por momentos lo abruma. Se sabe portavoz de una verdad trascendente, pero eso puede ser su condena. Ser elegido acarrea también su soledad. El “único” es muchas veces un desterrado de otros dones, un altivo nuncio sin recompensa.
El condenado de la Fe. El Único. El Elegido.
Entonces interroga con estremecido acento a su madre. Le pregunta por el misterio de su concepción, por las circunstancias en que fue gestado, por el trance de su alumbramiento. Su filiación personal entronca con la concepción religiosa cristiana y también con el arquetipo mítico de la madre tierra, que en América hinca sus raíces en remotas teogonías:
¿Qué Dios transformado en pájaro perfecto penetró tu nombre de virgen, se adentró en tus entrañas, puso su canto en ellas? Madre misteriosa, gozoso nombre de la tierra india, hembra de América, abierta en dos, pariéndome con entera y desconocida alegría.
De ahí brota seguramente el impulso trasmutador de la humana sustancia -la carne macerada, los sentimientos inconfesables, el dolor de las agonías- en vida perdurable, en resurrección constante, en salvación de contingencias temporales. Ya engendrado, el poeta cumple su ciclo inexorable. Su ser pleno será una culminación raigal. En el poema siguiente, “Una historia”, predomina un tono coloquial, con las palabras llanas y sugestivas de las consejas, de los apólogos que ilustran las experiencias ancestrales. Había una vez un hombre que confundió la satisfacción de sus necesidades con la libertad, sin comprender que ésta es por naturaleza fugaz y escurridiza, sin asiento fijo ni bretes que contengan su huida. Sólo podrá afirmar que
ella fue mía sólo por un instante.
No hay recinto que logre aprisionar la libertad. Siempre resulta demasiado pequeño. Y siempre hay una ventana con su tentación de evasiones infinitas. Y así ha huido de su casa en pos de su instinto trashumante, de su errabunda fecundidad que sólo libremente podía realizarse. Por eso él también decidió un día abandonar su protegido reducto y lanzarse al mundo y alternar con los demás hombres, impregnarse de su regocijo fraterno. Por cierto no todo sería placentero. Hubo estallidos de inquina, perturbadores de la dicha, enemigos de su paz, sólo satisfechos con su destrucción. Pero nada pudieron contra el amor de los hombres, inextinguible en todas las destrucciones, esos hombres más unidos que nunca después del desencuentro, más generosos después de la inminencia del fin. Codo con codo reconstruyeron la vida con denuedo y fe. Y su compartido esfuerzo, afianzó la libertad, porque ella sólo se entrega al amor plural. Sólo podía ser disfrutada al derribarse los aislamientos egoístas. Sólo se brindaba a los brazos tendidos que la reclamaban con ansia, en su tosco clamor, sin rebuscamientos ni retóricas,
en el áspero lenguaje de los pueblos.
El poema “Retrato de un desconocido” presenta sus puntas enigmáticas. ¿Quién es ese hombre cuya voz resonante no le impide percibir los susurros del silencio? Parece ser un exiliado del mundo, un pordiosero, un peregrino mancillado en todos los caminos. Pero posee también dones efectivos y desconcertantes, su libertad es sospechada de locura, está coronado de espinas y a veces lo sigue un perro que de pronto se adentra en él mismo. Pero nadie puede despojarlo de su condición de dueño del canto de la noche. Sigue un poema a su ciudad, a sus hombres itinerantes en su afanosa procura de solidaridad. No puede separarlos del amor a su ciudad, Buenos Aires, cuyo nombre es musitado al final con ternura que se concentra con elocuencia en su mera mención.
Han pasado a mi lado pronunciando tu nombre. Llevaban tu soledad en alto como una dura bandera hecha de lutos y fracasos, de desesperado amor, de invencible alegría, Buenos Aires.
Y no tarda en irrumpir otra vez América, ahora rodeada de esoterismo. La palabra poética se crispa y retuerce, términos contrarios se amalgaman para preparar su advenimiento, signado por el caos y el dolor, por el gigantismo y la ferocidad, por el pudor y la lubricidad, por el spleen y la exuberancia, tal cual se expresa, por ejemplo, en la pintura de Leónidas Gambartes, el pintor rosarino, forjador de totems con sabor a hechicería (manopiedragambartes, américagambartes, vientreglori). Son versos encendidos, que no excluyen la afrenta y la blasfemia, pues éstas son también una forma de fe. En ellos se desatan las fuerzas primitivas y todo sucumbe a su poderosa arremetida. Comprende entonces su ser verdadero de hombre y de poeta, porque
poesía es una raza,
la raza que puebla el continente americano, donde alientan sus progenitores y sus espíritus fraternos, donde brotó la palabra primordial y cuajó la fecundidad espontánea. Mundo de conjuros mágicos y de forjadores de predeterminado designio, de sabios instintivos cuya ciencia se confundía con la inspiración. Estos ancestros que parecen irracionales desde la moderna fatuidad de la razón, estos predecesores que nuestra imaginación confunde con la naturaleza pujante, hundieron nuestros cimientos en la tierra madre y marcaron los senderos posibles en la inmensidad del cosmos. El poeta ha descifrado esas demarcaciones olvidadas, ha vuelto a distribuir jurisdicciones en la nebulosa, sin perder de vista su tenebrosa asechanza. Se produjo así la consustanciación con sus raíces y pudo escuchar la voz profunda de mi raza, en lo más puro de mi corazón. Momento estremecido y grávido en que de los légamos de la raza brota la voz primigenia que es también la suya. Descubre así la poesía de la raza y la poseerá, porque no encontrará una fisura que separe ámbitos distintos en su homogénea totalidad. Toda esa confusa fuerza creadora será personificada en la mujer, la mujer escogida por misteriosa afinidad, por su resplandor y su silencio armónicamente unidos. En la descripción de la unión consumada aletean reminiscencias de El cantar de los cantares en las imágenes y el verso se pliega en trémula vibración al acto amoroso que expresa. En su lenguaje contundente y al par simbólico percibimos tierna reciedumbre e implorante predominio viril, entrega en el dominio y afirmación en la ofrenda. Sólo así la materia inerte confirmará en el canto el designio superior para el que fue creada. Pero esa materia, concreción exultante del amor, ya tenía existencia autónoma. Hasta el Ser Eterno necesitó corroborarse en una criatura de materia, sujeta a su ciclo temporal. Su hijo, su trasunto carnal, le hace sentir con sus cabriolas infantiles la relatividad de su tiempo humano, su ignorancia de los vectores que indican la dirección de su vida. Incluso se pregunta por el ámbito real en que adquiere la conciencia de su identidad.
Un silencio profundo, gozoso, me confunde. Al fin, abro los ojos. Ese único muerto, ¿soy yo?
La lágrima de su emoción nubla su pupila, surge de sus abismos a la claridad exterior y sus irisaciones cambian el criterio que determinaba su existencia. Lo que teníamos por “real y concreto” se diluye en opacidades y en su lugar asoma otra realidad más honda, ínsita en lo perdurable. La pureza de los elementos acude en su ayuda. El agua es mensajera de lo primordial. A través de sus reflejos se vislumbra lo primigenio, se patentiza la epifanía de la Revelación. Atina pues Juan José Ceselli al afirmar que se trata “de una poesía suspendida entre la materia y la antimateria, entre el espacio y la energía, con esa sensación de infinito y de voluptuosidad que hace que sus símbolos dibujen sobre la angustia del lector un recorrido de estrellas”. En la sección subtitulada Poética siente su cuerpo aprisionado en su estructura ósea. En el recinto de esa “cárcel oscura” -como dice Fray Luis de León- se acumula su lapso vital, se agolpan rememoraciones y presagios, en un eterno retorno biológico, en un incesante flujo y reflujo emocional. Sólo su amor lo redime al perfilar y salvar sus contornos personales,
mi pasaporte humano necesario
Bajo un título de aparente frivolidad -“La dama que descubre el seno”- brinda su noción de la poesía en tanto derrota del tiempo devorador. Opone el futuro a la inmovilidad intemporal de la muerte, la mirada luminosa a la cuenca vacía, la plenitud lúdica al aniquilamiento. Sigue una definición del poema. Su índole esencial supone libertad alborozada, horizontes expeditos, pero también escozor incipiente, inquietud transformadora, atisbo de infinitud, convergencia dolorosa, momento de caducidad y al par exultación total sobre nuevos pilares, jubiloso aquilatar de supervivencias, sendero penetrador de etapas olvidadas o no transcurridas, concentración de instantes, memoria de Dios, sin la cual no existiría Dios. Y pensar que toda esa potencialidad cósmica, inabarcable al entendimiento, sólo en el microcosmo, en el hombre, tiene razón y sentido.
Pero fijaos qué curioso sin el hombre el poema no Es.
Y llegamos así a la sección final, que da título a la compilación: “La palabra en armas”. Aquí su poesía adquiere llaneza y tono sentencioso, como condensación de una decantada sabiduría, propia de quien ha sopesado todo el poder acumulado en la palabra. La palabra posee impulso e insolencia, acicate y conjuro. Es capaz de rozar suavemente con su aleteo o desatar catástrofes. Pero es también instrumento liberador, si no se olvida que no es don gratuito sino galardón en la esforzada lucha.
Es el común y terrible lenguaje de los hombres que han sabido ganar su libertad. (La libertad hay que ganarla como la mujer como los hijos como la poesía como la amistad).
De ahí que en estos versos se perciba la palabra como grito rebelde, como consejo y como profecía, como mensaje fraternal, como invectiva de la violencia, como simiente justiciera. Todo eso encierra la palabra, emana de su desnudamiento brusco o sensualmente demorado. La palabra goza de vida autónoma. Es independiente de los extremos de su circuito comunicativo, del emisor y del destinatario. Precede a sus usuarios como si fuera forjada desde siempre, como perteneciente al reino de las esencias, como
sed anterior al agua como una sal como un sol anterior a la especie.
Por eso es incontenible su fuerza arrolladora, infinito su impulso hurgador de lo desconocido, mágica su virtud rescatadora de lo efímero. Rubén Vela se acercará a la palabra con veneración, con pureza de corazón, sin ánimo de utilización espuria. La palabra pronunciada con su voz contribuye a restituir al hombre la dignidad de su condición, a hacerlo merecedor del amor, tributario de ese amor que reafirma la existencia de todos y de cada uno. Tales son las armas que empuña la palabra, la palabra que nutre al poeta y transmite su sustancia que le ha otorgado existencia y seguro refugio.
Amigo por el poema soy hombre. Por la palabra tengo amor.
Ultimos poemas
El espejo (1980) es un libro enigmático, en que la escritura poética se condensa en apotegma. Una ostensible vocación de ascetismo verbal ha logrado cercenar su expresión hasta un despojo que no tardamos en percibirlo sólo aparente, pues la sequedad redunda en nueva reciedumbre y la parquedad es también filtro depurador de esencias.
Entre 1a palabra y su silencio, el espejo.
Todo gira aquí en torno de la magia del espejo, de la sugestión acechando tras su superficie pulida. El espejo es un símbolo de los armónicos que prosiguen sonando cuando la palabra se ha pronunciado y no es todavía silencio. Porque, como dice Ricardo Mosquera Eastman en el prólogo, el espejo encierra en sí la posibilidad infinita de sugestiones sucesivas. La palabra -el verbo creador- tiene poder alucinatorio que el espejo recoge o infunde, ya que es mutua la interpenetración de planos implícita en todo símbolo. Algunos versos parecen aquí suspendidos en el espacio blanco de la página, como dictamen de un oráculo remoto con su esotérico halo, no atenuado sino estimulado por la simplicidad de su formulación. Ingresar en el espejo equivale a una inmersión en un mundo de contornos temblorosos, el único que puede rescatar la realidad para el poeta. En esta realidad nueva los sentidos se truecan. La mirada y la voz confunden sus estímulos y registros:
La boca para ver, no para hablar.
El poeta es un producto de esta conflagración de percepciones. De ahí su carga de peligrosidad (El poema es un acto de alarma). El espejo devuelve las imágenes interiores del poeta, levanta los velos secretos y surgen a su conjuro las más inesperadas metamorfosis. Hasta que el calidoscopio especular se inmoviliza y nace el poema, en cuyo ámbito, gracias al poder unificador de la palabra, conviven lo divino y lo demoníaco. De pronto un verso -casi un apóstrofe- insta a la poesía a mezclarse con lo existente, a que el universo entero sea su refugio, para que brote obvia y espontánea, sin esfuerzo (hasta que ya no sea necesario encontrarte). Será menester, eso sí, preservarla de la razón mutiladora, pues ello coartaría la radiación del espejo, sembraría dudas e interrogantes sobre los límites entre contemplador y contemplado, entre el sujeto y el objeto. El espejo no responde a preguntas, las formula. Por eso en el poema la incomprensión puede ser fuente de claridad, en su ámbito los presagios son representaciones tangibles, los opuestos tienen un aire de parentesco. La luz que del poema emana se confunde con la que en el espejo refulge. Así como en el infinito se unen las paralelas, en el espejo convergen todas las antinomias. Y la poesía es un destello de esa convergencia.
Poesía, resplandor de ese espejo.
Rubén Vela se introduce en el espejo para alcanzar varias comprobaciones. Se le revela así su condición de hombre nuevo, con su pujanza virginal. No obstante, de su soledad inicial irradian virtualidades ilimitadas y cada faz del universo se reproduce en él, pues, como la superficie azogada, abriga representaciones y rumbos posibles y azarosos, los cuales serán, al expresarse en palabras, formas definidas, aunque sin abdicar del gran todo multiforme. En última instancia, el poema se confunde con el espejo (¿Es acaso el poema?) en su índole representativa y al par intemporal y trascendente. El poema como el espejo señala el lindero de la apariencia -del velo de Maya- más allá del cual se abre un mundo de esencias, el reino de lo absoluto que constituye la meta suprema de la ascensión poética.
Consideraciones finales
La lectura de la poesía total de Rubén Vela -o de los hitos descollantes que supone una selección antológica como la presente- permite el trazado de coordenadas en su ámbito, sin que ello implique forzada fragmentación ni ruptura de una abarcadora inspiración esencial.
a) Adviértese un ejemplar acendramiento formal, consistente principalmente en una progresiva búsqueda de la palabra insustituible, en una depuración paulatina y firme de términos y figuras que su austeridad irá juzgando prescindibles, aunque no siempre pueda soslayarse la seducción de su eco. Significativa de esta, obsesiva preocupación por alcanzar le mot juste, que preconizaba Flaubert, es la reiterada sucesión de sus artes poéticas, cuya meta culmina en la última:
El poeta que busca la palabra exacta. El poeta que busca la palabra justa. El poeta que busca la palabra precisa.
Este afán de ceñir su lenguaje lírico a lo escuétamente semántico es un aspecto externo de una convicción de honda raigambre. Para Rubén Vela la quinta esencia de lo poético no brota de la expansión sino del ascético despojo, gracias al que se condensan los zumos vitales y evitan las exuberancias infructuosas.
b) Esta rigurosa actitud estética resalta en la temática, la cual persiste desde la juvenil Introducción a los días a los decantados aforismos de El espejo y que los poemas inéditos aquí anticipados no hacen sino corroborar. Esta línea parte de la hurgadora introspección de su propio abismo para culminar en la serenidad de un trasmundo de arquetipos ideales.
Rubén Vela abre nuevos horizontes a una trayectoria que ha preocupado a grandes poetas americanos, horizontes singularizados por la trascendencia e intensidad de sus etapas, que lo sitúan entre las voces más auténticas y vitales de la nueva poesía continental. A la visión de su primer libro, acuciada por la gravitación de los grandes enigmas que condicionan la “posición del hombre en el cosmos”, siguió la exaltación sensual de una vitalidad que no admitía bretes y que lo condujo a su descubrimiento del continente americano, cuya realidad y magia, cuyos hombres y mitos brindaron cauce a un deslumbramiento que desde siempre estremeció su entraña. Su poesía de profunda originalidad se impregna de panteísmo y alcanza una universalidad nutrida en lo telúrico. Ya el tema americano no se apartará de la poesía de Rubén Vela, aflorará espontáneo a la superficie o latirá soterrado bajo otras incitaciones. Asumirá entonces la fuerza recóndita de la palabra y en ella afirmará su pie en los embates de su lucha o en su ascensión hacia las realidades supremas, aquellas que sólo es dado percibir o vislumbrar a los auténticos creadores a través de su reflejo en el espejo del arte.
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