PARA MI MUERTE

 



LA MUERTE Y LOS DÍAS

M
ás allá de nosotros
los pájaros vuelan libremente
y estar aquí abajo
y ver las posibilidades perdidas
este ahogo
porque las palabras no son apoyo y podemos perdernos
no decir nada
decir basta
hasta la próxima vez.

Esto me quemaba la cara.

Cómo no decir estoy atado
estoy más predispuesto a volar que todas las aves del
mundo

más aire llevo en las manos que todas las turbinas a
reacción

y esto no es nada
y nos encontramos en la calle como los muertos
para decir existes
cuando el viento anuncia que está al llegar y no nos
entendemos.

¡Ah los pequeños animalitos que adoptan estas maneras
de vivir
como si los cursos del verano no quedaran librados a la
casualidad!

Hazme caso.
De cada sueldo separa tu porción de carcajadas
cuesta mucho reír
piensa que en mí no están ausentes las huellas de los
hombres
aunque no haya visto guerras todavía
y tenga cada momento para imaginar la reunión del sol
sobre los bordes de admirables abismos
que penetro cada noche.

Porque a pensar y no pensar
a decir y no decir
las palabras nos sorprenden en su original significado
y vuelven por pequeños animales que nos dejan secos.

¡Aún tienen que nacer los días que hierven en el aire!

No olvides quebrar las alas de las palabras que te azotan
para no morir tan pronto.



LA MUERTE Y EL DELIRIO

E
s de esperar que la vida reserve sus sorpresas,
su inviolado huracán,
para el instante donde todo está permitido,
camarada de último momento.
Seguiremos en la fiebre,
en el dolor de las ventanas
hasta que el puerto llegue
-mi puerto desventajado,
mi puerto con temor a hormigas-;
he orillado el mapa de la solución terrestre
para contemplar la muerte en mis manos,
la simple paga,
vendido el tiempo, camarada,
como la mercancía más vana.

A veces el día repite el último grito del barco,
el brindis violento de su triunfo.
Entonces he de arrebatar para ti el clamor de los teléfonos,
sublevar el infierno;
alguna llama, algún fuego me estará destinado.
Sólo así moriré tranquilo.

Los bolsillos apenas contienen mi corazón.
Morir es olvidar el arrepentimiento,
volver a ser hombres

(he escuchado leyendas: Lázaro mintió sobre su tumba,
su cobardía le devolvió la vida).

Quisiera un alto día para amar a los demás como te amo,
proclamar esta verdad que me está mirando,
camarada:
las campanas estallan sus soles de silencio,
algo ha estallado en mi corazón.

¡Cómo me duele la luz!



LA MUERTE Y EL SIGLO

1

A
rrastras tu miseria.
Para saber del bien o del mal
te basta tu gorda investidura de habitante,
esa camisa que te cubre
como un plumaje sucio.

¿Qué has hecho para comprender
tu manera de seguir viviendo
cuando los espacios herían palomas,
el sol una vergüenza amarilla?

Sólo te basta el convencimiento de los azotes,
tu libertad negada,

mientras el bibliotecario se come a los niños inocentes
que preguntan qué es la vida.



2

Soy un inmenso mundo de olor nuevo en la tierra mojada,
donde es posible navegar los nombres de esas variadas
acciones que nos componen.

Sobre la cara plena de esta certeza te veo como la única
criatura viable,
vidrio, el único horizonte perfecto.

Pero los jefes nos miran y establecen en su experiencia:
Nunca seremos demasiado grandes.
Nunca demasiado libres.



EL HIJO PRÓDIGO

Sumiéndome en la tierra más espesa,
en la cal olvidada que curtió mi corazón,
el deseo robándome la voz
como los óxidos que sellan su gran arrepentimiento
en la soledad de los metales.

Cualquier solución,
cualquier vegetal que resista
la siniestra solicitud de las hormigas
a cambio de lo que tengo que proclamar,
esta tierra negada a las velocidades,
línea de luz interrumpida en sus circuitos,
esta cumbre de hundirme tanto,
este desgarro animal.

Mi verdad de una mano no es mi verdad de otra.

En qué tierra conciliar este lenguaje,
qué fundación de voz para abrigar mi tesoro,
para cubrirme de los ojos vacíos del dios,
sacudir las cenizas y proclamar mi nacimiento
conmovido nuevamente,

buscando la moneda grata,
la paga justificada,
porque exijo el diezmo y la retribución,
el interés por ciento con que presto mi vida
desperdiciada hasta un colmo de aventuras,
hasta regalar el amor.

Sí,

tú estás presente, te recuerdo
inmóvil en el centro de una gran ciudad.

Nada hice por recobrar la antigua gracia,
por el destino en ti depositado,
por la justificación siquiera de tantos días perdidos.

El hombre es pródigo,
vuelvo a ti como un hijo.



DICIEMBRE SE REPITE

A
veces, amigo,
se convierte mi pena en una herida,
un cielo donde
los altos designios del amor han huido
y quedo solitario
en espacios más allá del universo.

Si quieres que te cuente mis pasos
por esta calle repetida
que me abandona ahora,
si quieres verme
de alto, de bajo, más hondo que esta tierra
donde inauguré hace años mi edad de hombre,
si quieres, todavía,
todavía
tengo para mostrarte las llagas de un sol,
estos brazos vacíos,
la sed disparada en otros labios,
el rostro que resolvió los teoremas del mundo,
mi amor donde diciembre se repite,
diciembre amor mes de la huida,
diciembre amor mes de la arena,

diciembre es un caballo caracol que avanza,
un mes de fuego,
una densa agonía.

Esto es diciembre, amigos,
los ojos del mundo
por donde estoy mirando.



LA MUERTE Y EL OLVIDO

D
eja pasar a los que aún esperan
y escriben en los vidrios
los nombres amados.

Para vivir hay que perder.

Es la voz de los estruendos
cuando dije te amo
y era una palabra fácil
lo que hoy se resiste en mi boca.

Ese rostro lo vi, fue mío,
esos vestidos se abrieron a mi paso,
la calle te cruzaba como un paisaje ciego
y allí, allí te veo,
quería tanto verte
que me encierro como un enemigo
en la gran estatura de la noche.

Cuando ella regrese
estaré lleno de olvido.



LA MUERTE Y LA CIUDAD

a Leopoldo MarechalQuiero proclamar que tu sol es largo y nadie parte del
mundo. Tu continencia es un vaso de alcohol en taciturna
espera.

Nadie parte del mundo, que yo sepa. Estructura de huesos
tu nombre, igual entre todos como una piel sobada por tantos
deseos, deshecho por tanto amor desperdiciado; ciudad de
un solo puerto, tu nombre para toda la multitud.

Yo he ganado esta locura en un gesto desesperado de correr
hacia los paredones donde debieron nacer mis hijos. Me
intiman estas palabras. Para hablaros, hijos míos, ratas mías,
necesito convertir los burdeles en casas de descanso para
tanta verdad.

Así llamado para las causas perdidas, tu rostro carbónico
configura un nuevo pecado: la poesía.

"Mi semen es un vino caliente puesto en ti por una vena primaria".

Hablo delante de la tumba de un hombre; su esqueleto
tentación de las palomas, su nombre grabado en mi ciudad
como una mirada precisa; esta historia, ciudad, verdad para
los hombres que la entiendan.



LA MUERTE Y LA SOLEDAD

E
lla me alimentaba con pequeñas patitas de mujer
enclavadas en la aguja de su sed inmensa. Entonces, mientras
yo me entretenía en los cándidos placeres, ella creaba en
torno de mi ser un silencio de alambres, una gran jaula donde
yo quedaba aprisionado.

Ella extendía sus manos hacia cada verdad y exclamaba: la
soledad es la única muerte considerable.

Y qué decir de la mutabilidad de sus estaciones, fuego para
el invierno, cristales para el verano, asombro para los
mundos.

Ella exploraba los mapas, adiestraba las tortuguitas
domésticas.

Mi soledad era el crecimiento inmóvil de las plantas.



BELLA CRIATURA
De pie sobre las cornisas de un alto edificio, rodeada por la
ciudad como un mar agitado y un gran reloj de tiempo
midiéndote, tú, bella criatura indiferente, construyes la
eternidad.



LA MUERTE Y LAS MUCHACHAS

¡Miradlas, miradlas! ¡Proscriptas de las mañanas, las
muchachas avanzan por las calles, en la casta indecencia de
la edad!



LA MUERTE Y EL AMOR

M
e han contado, pequeña, que buscabas un hombre tan
fuerte y tan sano, como para aliviar de tus espaldas la
totalidad del mundo.

Y que en un instante cualquiera, impreciso, te cubriera de amor.

LA MUERTE Y EL SER

E
n el más hermoso país,
tu tiempo transita senderos conocidos.
¡Ah, cómo quisiera encontrarte de niño
para entregarme a ti, entonces impensada!

Y ésta es la vida, laboriosa,
tan unida a mí mismo,
que cuando digo muerte
nuevas ansias de ser me agrandan en sorpresas.



LA MUERTE Y EL PAISAJE

V
erte desgarrada por los días iguales
en un sueño conforme.
No fui yo quien inventó para ti las paredes,
las manos opresoras,
sino esta enorme sensación de espacios,
este mundo de mundos
para ti, liberada.

Al fin, en el paisaje,
en la radiante claridad,
en un brote de luz,
como una campana prolongada,
como una voz abierta,
toda una tierra nueva te cubre
de un verde emergente

y cada hombre es un árbol
donde descansas, muerte.



PARA MI MUERTE

A
currucada en la última percepción del sol,
como pájaros abandonados
sin asombros,
o sonrisas desde el fondo de la angustia,
una voz roza el día y se vuelca
sobre el rostro de un hombre.

Has cobijado entonces la razón más alta de tu muerte
como una planta trepadora aferrada a los días.
Ella, tan ansiosa de vida,
tan ansiosa de días salvajes y mordiscos,
ella sentada al borde de las claridades,
ella o la realidad te contemplan
golpeando infatigables tu indiferencia.

Oh, tú, anzuelo sin par para las cosas vagas,
para los mundos lejanos y perdidos,
abre los ojos; ella, la esperada,
aguarda pasajera de trenes inútiles
tu último abandono del paisaje,
donde el espléndido tiempo infinito
es tuyo para siempre.



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