Veranos

-1956-



Editorial Losada


POEMAS EN PIE DE GUERRA


1

H
istoria de soldado de última guerra.

De sol
de luna
de cuatro estaciones.

Era yo mismo carga de la revelación,
lucha de tiempo,
rescatando mis bienes de ayer,
mis planes de aventura.

Esta costumbre no es mía.
En mí se sublevan las razas,
sufro las ardientes luchas coloniales,
por las fuerzas que reclamo vivo y me nutro.

De barro y lluvia marítima
mis calles son azules y venosas.
Mi sangre es color y he visto
crecer en surco estrías de muslo,
nudos de rodilla y mar viviente.

Mi sangre es viento de mar,
de manos;
progreso del interior invadiendo el oxígeno,
es pelo natural,
única rebelión de muerte.

Esta es mi guerra,
mi participación vital de aventura,
mi ciudad perdida,
mi asomo de carne.

Mi única posibilidad de gloria.



2

E
sta resurrección de lo aprendido,
único delirio acompañando las horas,
porque soy poeta para alimentar el sueño.

Misterio posesivo, retorno al juego de los días.
Ver en ellos una ilusión de sol:
palabra y soledad, el pacto está sellado.

Desterremos todo conocimiento inútil,
los días se cobran nuestro esfuerzo.
Amor justifica los días.


3

F
uera del presagio, del oráculo,
¿qué hay en mí sino un rezo transformado,
una conciencia vital del milagro?

He despertado mi pueblo del desierto,
desierto absurdo de tiempo,
arena de soledad.

He detenido el sol,
mi pueblo de raíces encontradas,
yo mismo habitante sin nombre de mí mismo,
fondo de derrota y cultura de júbilo,
soy mi pueblo, mi raza y mi plegaria.

¡Ah, sacerdote de lo invisible,
avanzada espacial de la mañana,
un único delirio compartido!



4

P
orque no soy de fauna más que de río,
de espacios proclamados en desnudos,
de espiga lunar rompiendo sus excusas
en el giro del sol.

De fusilamientos de auroras
por el feudo boreal,
de rubios tumores en el sueño.

Años dormidos borrarán las esquirlas,
esta manía estéril de ser adolescente,
de hombre maniatado por las multitudes.

Es el mundo de enumeración y sacrificio,
de análisis inútil y cosecha en granizo;
mi signo es de suerte y casualidad,
mis voces del arco del sur
son voces de sueño y desafío.

Los dientes de multitud cuentan sus bajas,
ajustan sus pernos y tornillos.
Sometido al engranaje de la reposición
algún otro hombre ocupará mis días.



5

L
os náufragos que invocaban el perdón,
la sabiduría a través del desastre,
la voz y los hechos y el canto del profeta.

Los náufragos éramos nosotros
colgados de un madero hasta la eternidad.
Esta es la ley escrita; ¿qué podemos hacer
sino desmayar entre parábolas?

¡Ah, esta opresión para respirar,
este bronce para llorar estatuas,
este brazo de ademanes
para el regalo y la oferta!

Inútil es desmentir el oxígeno,
su preocupación natal, su nutritiva gloria.

Pero hay una voluntad que nos señala,
persistencia del naufragio,
luto común.

Reclamo contra ella un nombramiento fijo,
una permanencia más allá del día,
un ademán total de calma.

Porque, si no, ¿qué objeto
encierra la multiplicación de las espigas?



6

C
ertifico que hemos olvidado el misterio
del día natural,
su claridad precursora de los grandes
acontecimientos;
su anticipo del fin cuando la tarde
rememora las eternas dudas:
un archivo, una enumeración de procedencias
nos contiene.

Es inútil igualar situaciones
con máquinas de escribir y fijos senderos
marginales,
con carbónicos que inician el remedo de
torpes actitudes,
porque a pesar de las recomendaciones
tan especialmente innecesarias de los
directores,
siempre existirá un escalón donde apoyar los
sueños
y donde el hombre reclame
su verdadera identidad.



7

E
n pie de pesadilla,
perdiendo posesión y territorios de paz
entre vanas memorias y reclamos.

¿Quién sella el gran poema,
quién certifica los evangelios dormidos,
quién rescata el corazón de la imagen del fuego?

En pie de guerra,
en esta ternura del horror,
del aposento de los años,
mi ambición se desplaza sin edad
porque soy una túnica, un monumento,
una memoria, un enemigo de mí mismo.

Expongo mis justificaciones,
mi diaria necesidad de apelación,
mis deseos rebeldes,
mi repulsa al anillo de misericordia
que otros regalan entre dedos;
y ésta es la oración que tientan mis labios,
esta pantomima de mi deseo,
esta soledad.

¿Qué soy sino un hábito distinto,
otro lenguaje de justificación?



LOS DÍAS, LOS DÍAS…

I

E
stás soltando todavía las amarras. La vida te cruza y te inclina hacia las bordas de tus años. Ya has recorrido los mapas azules de la infancia, las islas donde engendraste tus universos absolutos. ¡Y te preguntas para qué sirven los años que resbalan por tu piel!

Comienzas a sentir el rechazo de los sueños, a saberte enemigo de la inmensa vida vegetal que pesa el crecimiento de sus grandes hojas con la misma indiferencia de los días que te habitan. Y comprendes que eres ajeno al sacrificio, que nada puedes hacer contra las horas que crecen en su inutilidad interior. Y te condenas al azote del tiempo, cuando remontas tus espacios en busca de libertad.

Nada puedes hacer con tu medio corazón fuera del pecho. Te angustia un deseo de eternidad. Sólo ahora comienzas a comprender tu muerte.



II

H
emos olvidado lo más importante, no hemos dicho todavía la cantidad de amor necesaria para satisfacernos. Vivimos con las horas en descenso, rodeados de ojos como pequeñas rebeliones de insectos.

¡Las hormigas, el reino de las hormigas, donde fundé mi permanencia, entre las oxidadas estatuas de la eternidad y los frágiles instantes!

¿Por qué me has dado esta necesidad de creerme más fuerte, más alto, más poderoso que los árboles?

Tenía la fiebre de los hombres para admitir que la suerte está más lejos, y no digo mentiras: el sol me atropella. Sólo me son posibles los lugares concretos de tierra, sus raíces prolongadas al cabo de tantos años. Pero aún lamentaba mi prisión, y las hojas verdes y las secas indicaban que mi vida dependía de ciertas circunstancias.

¡El humo, algo más que el humo para entendernos!

Quiero hablar de los mundos obstinados, los cristales donde se doblegan los misterios, la imperceptible piel que hace distintos a los hombres. ¿No los oyes gritar? Es la luz que cambia su alcohol, que se hincha de soledad como el pan húmedo.

¡El humo, el humo! ¿Con qué verdad me aceptarás?



III

M
e persiguen los pájaros del día, me persigue el árbol, me persiguen las asperezas de los dedos, el porvenir y la antigüedad. En alguna parte, hacia el mar, me persiguen los cinco ríos de mi nombre.

En esas aguas de amplias chimeneas que arrojan su amor al mundo; el sol estirándose al comienzo de los hombres como un animal incesantemente herido, me persigue el primer pueblo de amor que habité en tus manos.

Cuando volabas hacia los costados de la vida, y establecías que el amor está en el aire, quieto, plegado a tus alas, como un escándalo habitual.



IV

A
quella soledad llena de primitivas heladas, abiertas solamente al pánico interior de las tardes, y donde todo lo prometido quedaba fuera de mi alcance.

A veces el viento agita los árboles como un río detrás de otro río; un pavimento verde conduce a la muerte.



V

¿Con qué follaje se nutre el día, amanecido en las blancas escarchas de la luna, en tan largos caminos? Hoy te vas, hoy regresas, hoy no eres hombre ni nada, tan poca cosa, que el mundo es inmenso en tus manos, que mueres de vida repentina.

Así como un árbol entrelaza sus ramas en otro, así aspiras esa sencillez primaria, ese comienzo del amor donde se festejan los puentes.



VI

D
isfrazado en la opulencia de mi bondad, recuerdo los buenos días, los sueños inmensos que se fueron haciendo a mi medida como mundos gastados.

Detrás estaba yo. Los sueños eran distancias más perfectas; era posible navegarlos, gritar sobre su anuncio de día fresco y recordar los nombres, grabar las iniciales.

En lo alto de la ciudad del sueño, los horizontes se agotan, las distancias desaparecen. Sobre ellos, mi mano desata los destinos.



VII

T
odo se veía a través del día. Y es justo decir que nada cambiaba, que las horas eran las mismas, sin olor, sin humedad, como hamacas tendidas en el vaivén de las tardes.

En esas jaulas del vivir cotidiano, divididas en secciones regulares por las juntas de una sed victoriosa; y así como todo está condicionado a un cierto orden, y cada ser apela al testimonio de otro para no equivocarse, y las cosas son reconocidas por la leve palpitación de sus nombres, y la muerte se encierra en sí misma para ser más fácilmente olvidada, así los días ordenaban sus cuadrantes en una idéntica armonía.

Romper unos de ellos significa, para ese vacío, reclamar con urgencia el tiempo de algún ser desconocido. Habría entonces lugar para una muerte.

Todo se veía a través del día. Aquella estrella, solitaria, vulgar, perfecta, que permanecía más allá y donde yo depositaba esta locura del conocimiento. Si no fuera así, ¿cómo construir mi casa, cómo volver a tener estas mismas manos, cómo mantener y respirar este poema?



VIII

L
os días, los días. Crecen en esta lentitud porque tal vez se confunden en su vertiginosa igualdad, hasta formar una sola cara, un solo aliento detenido.

Duermes tu fiebre de verano en un horizonte siempre a la vista, imposible de escalar otra altura, otra majestad, para escapar del país de todos los días juntos, esta academia de la muerte.



IX

¿Q conciencia me ata a una verdad no alcanzada, qué sabiduría te pedí y me negaste en sueños? Porque yo no sé si podré vivir de esta conducta ajena, desparramándome delante de todos los soles, preguntando quién eres, cada mañana, sin saber si has de llegar, oh desconocida...



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