Ediciones Botella al Mar
INTRODUCCIÓN A LOS DÍAS
Los días tienen grises donde husmean las ratas y paredes tatuadas por la orina.
(Enteras muertes confinadas en hueco detrás del horizonte).
Allí existe el tedio, el fastidioso rumor de las almohadas y la inmensa
ciudad
girando en los silencios de las tardes de agosto, las hojas caídas y las verdes hojas.
(Ávidas manos esperan por los días para abrir las puertas de la angustia).
LOS DÍAS
Estos días que se deslizan entre mis manos y mi fuerza no basta para amarrarlos.
Días que me indican que han existido otros y que otros existirán en juego de veinticuatro horas afiladas.
Si de pronto yo dijese que todo ha pasado, que vivimos una repetición de cosas iguales, que el nacer y el morir no alcanzan a llenar un día y que un día lleno es solamente un sueño sin gestación ni fin.
Estos días de hoy
estos días del sol y de la luna, de la mañana y de la noche, no me indican nada más que un aviso positivo y cierto de mi muerte.
CANCIÓN
Cuando yo era mar, cuando mis ojos lejanos de horizonte besaban tu horizonte.
Cuando era sal. Cuando era cansado caracol que llegaba hasta la playa a exhalar su queja dolorida.
Cuando era canción
que buscaba el equilibrio entre el aire y la tierra para tornar al mar.
Cuando mis brazos verdes te abrazaban, cuando besaba húmedo tus pies.
Cuando yo era mar.
ESPERA EN EL TIEMPO
Es esta rara inmovilidad de las cosas muertas, donde un musgo azul que no recubre existe y aquieta hasta la última nerviosa fibra negada al viento, apenas sólo húmeda.
Allí es donde quedaron solos, observando el lento desmayar de alguna nube como una planta viva, sin el menor asombro detenido. Solos, en el tiempo y a la espera.
PASOS
En cualquier parte he buscado los pasos.
Es eterno este deseo mío de llevarme, arrastrarme sobre pequeños charcos; es eterno este afán de barcos olvidados, de casas con una transparente reja curva en amarillo que lo dice todo y los pelos y manos repetidas de esta inconsistente angustia que a veces encontraba en un grito apenas estridente de una rara criatura, donde yo quedaba aprisionado.
Quedaba aprisionado por lo que era mío: mis horas, el tiempo que pasé alguna vez olvidado de todo y donde acaso una extraña fotografía volaba horizontal sobre los árboles.
LA CALLE
Por el vidrio, por los marcos del vidrio; por las azoteas y las rejas de azotea, por la invención de un sol ajeno: la calle.
Este río concreto que no habitaron peces. Que no habitó en asombro de fábula, la luna y en sus aguas, ni vapor ni nube.
Estoy en la calle en una amanerada costumbre de inventar historias por zaguanes, donde solícitos amantes definen al tiempo en un abrazo.
Para la calle existe una red invisible de palomas. Existen los pasos, amaneceres raramente contemplados, existen los pasos, la metamorfosis de los gatos, los pasos, la impasibilidad de los buzones y finos tacones de mujer destilando este humor que alarga mis muslos.
Por ritmos diferentes cada paso es solitaria fuga en esta aventura de los ojos en la noche derramando el deseo, porque hay ojos que buscan y hay cuerpos que encallan, náufragos de la idea, sin quererlo.
CAOS
Que ya no alcanza el ciel o ni las infinitas variaciones del vapor. Desde arriba, acosan las simétricas ordenanzas de las leyes.
Estimamos que el orden ha de salvar al mundo y que las velocidades serán recuperadas para la vida común, que las revoluciones por minuto sucederán al latido, último grito inconsciente de angustia, último, aliento último.
Pero todo aquello que me gobierna, mis leyes que no existen, a la deriva en mis mareas, las conclusiones cambiantes, la no definición que vive en torno mío, esto, solamente esta sorpresa cotidiana.
Para mi caos he de habitar un orden distinto lejos de la física y de las reglas de oro. Para mi vida de hombre he de subestimar las velocidades.
Siento la carne y el pelo y cada pliegue de mí mismo, siento la resurrección de todo lo imposible, de todo el desnivel de la fantasía, siento
que no hay mordazas para esta locura suelta,
esta vida de poeta haciendo posible lo que fuera de los comunes horizontes existe.
FlN DEL DÍA
Inútilmente procuraba desterrar lo que en mí ya no vivía.
Llegaba la frialdad asesina del cemento y el habla gutural de los ferrocarriles.
Llegaba el encierro del día, la partición primera de las sombras y el sol como un rojo felino extendido en sus garras.
Solo contemplando el avance obligado del mar y sus mareas, en medio de estos días distantes y no comprendidos, que vienen hacia mí con la obstinada porfía de lo que ha sido ordenado.
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